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  • El mar se está comiendo El Paraíso: la playa de Colima que desaparece con cada huracán

En El Paraíso, Colima, el mar avanza sobre las casas y los negocios. Sus habitantes reconstruyen lo que las olas se llevan | Especial

¿Cuánto tiempo le queda a El Paraíso? En esta playa de Colima, el mar ya se llevó calles, casas, palapas. Polo y Rachel volvieron a golpear una comunidad que lleva décadas reconstruyéndose frente al océano.

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DOMINGA.– Sólo quedan restos de calle. Serpiente, la de su domicilio, ya no existe. Y del restaurante de playa La Capacha sobreviven apenas las ruinas. De la casa turquesa donde vacacionaba la familia Vizcarra queda poco: el mar ya se tragó la terraza. El Hotel Puesta del Sol estaba casi listo para ser inaugurado cuando se partió por la mitad. Ahora permanece como símbolo de un sueño truncado: medio en pie, medio borrado por las olas. Es playa El Paraíso, en Armería, Colima. En menos de una semana los huracanes Polo y Rachel la golpearon dos veces.

El mar se traga la costa de El Paraíso, donde los huracanes aceleran una pérdida que comenzó hace décadas | Cortesía
El mar se traga la costa de El Paraíso, donde los huracanes aceleran una pérdida que comenzó hace décadas | Cortesía


Pero lo que ocurre aquí no comenzó con estos ciclones. Desde hace años el mar le gana terreno a la costa. La ciencia lo llama erosión costera pero, para las 120 personas que viven aquí –y otras setenta que vienen a trabajar en restaurantes y turismo– significa algo mucho más: “perder” metros de playa, negocios, calles y casas.

A principios de los años setenta, recuerda Juvenal Martínez, periodista de la región, había que caminar unos cincuenta metros sobre la arena para llegar a las cálidas aguas del Pacífico. Entonces conoció el mar en esta playa. Ahora señala mirando hacia el atardecer: “[ya] no hay que caminar”. El agua llega cada vez más hacia el interior de la comunidad del Paraíso.

Pero el mar no es el villano. “El mar, más temprano que tarde, regresará a su cauce original”, advierte Miguel Chávez Michel, cronista vitalicio de Armería.

Para explicarlo hay que retroceder más de seis décadas, hasta la formación de este balneario. Según recuerda, el ciclón de octubre de 1959 –el más devastador que ha tocado tierra en Manzanillo y que arrasó por completo lo que hoy es el poblado de Minatitlán– causó el desbordamiento del río Armería y con ello el arrastre de grandes cantidades de arena hasta esta parte de la costa. Ahí se formó una extensa playa que el entonces director de Turismo del Gobierno del Estado bautizó como El Paraíso.


La historia de aquella franja de arena tampoco ha sido estable. En la parte oriental del balneario, los cimientos del restaurante y alberca del Hotel Paraíso permanecen como vestigio de otra época. La actual calle principal se prolongaba entonces rumbo a Pascuales y, durante las décadas de los sesenta y setenta, había a sus costados casas de descanso que fueron desapareciendo poco a poco por el oleaje.

Hoy este hotel ya ni siquiera tiene playa frente al restaurante, desapareció porque se la tragó el mar con su avance imparable de los últimos años.

El oleaje parece venir de regreso. Y ahora, con Polo y Rachel, recuperó el terreno afectando treinta restaurantes de playa, dos hoteles y diez casas. “[Éstas] eran de personas que viven en Guadalajara y sólo las utilizaban para vacacionar, pero hay una que sí estaba habitada y las personas tuvieron que cambiarse a la cabecera del municipio”, dice Efrén Pacheco Valdovinos, comisario de la comunidad. Es la primera familia desplazada de El Paraíso y probablemente no será la última.
Los huracanes Polo y Rachel afectaron 30 restaurantes de playa, dos hoteles y diez casas en El Paraíso, Colima | Cortesía
Los huracanes Polo y Rachel afectaron 30 restaurantes de playa, dos hoteles y diez casas en El Paraíso, Colima | Alejandra Regla


A más de mil kilómetros de distancia, en El Bosque, Tabasco, otra comunidad costera ya recorrió ese camino. Desde 2019 el avance del mar comenzó a derribar viviendas hasta llevarse cerca de setenta, además de la escuela, la iglesia, postes eléctricos y buena parte del territorio donde sus habitantes habían construido su vida. De las más de doscientas personas que alguna vez vivieron ahí, para junio de 2024 apenas quedaban doce familias.

“Somos lo que ustedes llaman desplazados climáticos”, dijo una de sus habitantes ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Meses después, 51 familias recibieron nuevas viviendas construidas por el gobierno federal y se convirtieron en las primeras personas desplazadas por causas climáticas en México reubicadas por el Estado. El Bosque puede estar mostrando el futuro que El Paraíso todavía intenta evitar en la costa de Colima.

Las promesas incumplidas en El Paraíso


El 23 de octubre de 2015, este mismo mar, ya había dado una advertencia. Se llamaba Patricia y, mientras avanzaba hacia las costas del Pacífico, fue anunciado como el huracán más intenso jamás registrado. En apenas unas horas alcanzó la categoría 5 y las noticias sobre su potencia sembraron miedo en Colima, Jalisco, Michoacán y Nayarit. En El Paraíso, el temor se convirtió pronto en destrucción: arrasó 35 ramadas, dañó viviendas y vialidades. La playa de ese entonces casi desapareció.


Un día después, cuando los habitantes apenas comenzaban a dimensionar lo que habían perdido, otro acontecimiento alteró la vida de esta pequeña comunidad, la visita del presidente de México. Hasta hoy es una de las anécdotas más recordadas entre los habitantes del pueblo: llegaron Enrique Peña Nieto y buena parte de su gabinete, sin formalismos ni protocolo, a un pequeño lugar costero perdido en el Pacífico. Los habitantes esperaron durante cerca de tres horas. Cuando finalmente el presidente apareció, entre los restos de restaurantes y viviendas, la devastación quedó en segundo plano. “Quiero estar con la gente”, pidió Peña. Y la gente se le entregó.

Hubo abrazos, fotografías, apretones de manos y mujeres que gritaban para llamar su atención. Damnificados que unas horas antes sacaban cuentas de lo perdido ahora buscaban acercarse al mandatario para abrazarlo, olerlo y tomarse una selfie.

En una comunidad de unos doscientos habitantes, la presencia del presidente parecía traer consigo algo más importante que la fotografía: la esperanza de que El Paraíso volvería a levantarse. Peña Nieto prometió reconstruirlo. “Hasta nos dijo que La Gaviota vendría a inaugurarlo, que sería como Cancún, como un nuevo Cancún”, recuerdan. La promesa tomó forma pocos días después.

Tras el huracán Patricia, Peña prometió convertir El Paraíso en un nuevo Cancún. Once años después, las obras anunciadas siguen pendientes | Especial
Tras el huracán Patricia, Peña prometió convertir El Paraíso en un nuevo Cancún. Once años después, las obras anunciadas siguen pendientes | Especial


El Gobierno Federal anunció recursos por 105 millones de pesos para reconstruir infraestructura y vialidades y levantar un muro rompeolas
, que evitaría el embate directo de la fuerza del mar para futuros huracanes, también se habló de un malecón y una nueva zona comercial. Funcionarios federales aseguraron que la obra permitiría proteger a la población frente a próximos fenómenos meteorológicos.

El Paraíso sería reconstruido y embellecido. Pero las obras prometidas nunca se concretaron como fueron anunciadas. Apenas un mes después, prestadores de servicios denunciaban que no habían comenzado los trabajos y que ni siquiera conocían el proyecto del rompeolas. En junio de 2016, ocho meses después de Patricia, el Congreso del Estado de Colima tuvo que hacer un llamado al presidente Peña Nieto y a distintas dependencias federales para que pusieran en marcha el proyecto de reconstrucción comprometido durante aquella visita.

Once años después, Polo y Rachel encontraron al Paraíso otra vez frente al mar y el muro rompeolas que debía protegerlos de otro huracán seguía sin convertirse en la barrera prometida.

El cambio climático golpea El Paraíso, Colima


El rompeolas prometido nunca llegó.
Pero antes de las barreras de concreto están las que la propia costa construye. Las playas, las dunas y los manglares forman sistemas que ayudan a disipar la energía del oleaje y funcionan como defensas naturales frente a tormentas y otros fenómenos hidrometeorológicos.

En las costas del Pacífico mexicano, el nivel medio del mar aumenta a una tasa de 1.8 milímetros por año, según datos del INECC | Arnoldo Delgadillo
En las costas del Pacífico mexicano, el nivel medio del mar aumenta a una tasa de 1.8 milímetros por año, según datos del INECC | Arnoldo Delgadillo


Investigadores de la Universidad de Colima han documentado que estas defensas enfrentan distintas presiones en el litoral. La ocupación humana, el turismo y la construcción de infraestructura pueden interrumpir el movimiento natural de los sedimentos entre la playa y las dunas, modificar su equilibrio y favorecer la erosión y el retroceso de la línea de costa. En los casos más severos, advierten, el proceso puede terminar en la pérdida de la playa. Pero hay otro factor que está modificando lentamente las costas: el cambio climático.

“Existe evidencia científica de que el cambio climático está provocando el aumento del nivel medio del mar”, explica Angélica Jiménez, directora del Instituto para el Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable de Colima (Imades). El fenómeno ocurre principalmente por dos razones: al calentarse, el agua de los océanos se expande y ocupa un mayor volumen; al mismo tiempo, el deshielo de glaciares y mantos de hielo incorpora más agua al océano.

Los datos contenidos en la Estrategia Estatal de Cambio Climático, con información del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, señalan una tasa de incremento del nivel medio del mar de 1.8 milímetros por año en las costas del Pacífico mexicano. Las proyecciones para Colima, agrega Jiménez, plantean un incremento de unos treinta centímetros durante los próximos veinticinco años.

Aunque El Paraíso es el caso más crítico, hay otras playas que ya también experimentan los efectos: en Tecuanillo, en el municipio de Tecomán, a treinta kilómetros del Paraíso, seis inmuebles quedan de pie y todos presentan daños, incluso la Escuela Primaria María Guadalupe de la Rosa, que también se va quedando sin alumnos. “Vemos ya desplazamientos, familias que se han tenido que mover de la comunidad a partir de que pierden su patrimonio o su fuente de empleo”, revela Luis Enrique Martínez, docente de la pequeña escuela donde la arena se acumula.

Treinta centímetros pueden parecer poco frente a un océano. En una costa donde las olas ya alcanzan calles, viviendas y restaurantes, adquieren otra dimensión.

Sin embargo, la erosión costera no depende nomás del cambio climático. Angélica Jiménez, directora del Imades, explica que también intervienen el oleaje, las marejadas, las corrientes y las modificaciones humanas de la costa. Aunque los habitantes hablan de una pérdida de hasta sesenta metros de playa, no existen estudios específicos que permitan confirmar esa cifra.

Treinta centímetros más de nivel del mar pueden agravar los daños en costas donde las olas ya alcanzan calles y viviendas | Naomi E. Regla
Treinta centímetros más de nivel del mar pueden agravar los daños en costas donde las olas ya alcanzan calles y viviendas | Naomi E. Regla
“No sería responsable anticipar una reubicación sin estudios específicos de riesgo y vulnerabilidad”, advierte Jiménez. Por ahora, considera urgente identificar las zonas más expuestas, restaurar las defensas naturales de la costa y evitar nuevas construcciones en áreas de riesgo.

Pero para Erik González Sánchez, director de la Unidad Estatal de Protección Civil, la amenaza es inmediata. “La exposición y la vulnerabilidad de estos negocios y casas es bastante elevada ante los huracanes”, advierte, sin descartar que otro ciclón pueda afectar la zona antes de que termine la temporada. De hecho, al momento de terminar de escribir este texto, ya se espera la llegada de Simon a las costas del estado.

Y el mismo titular de Protección Civil explica por qué la devastación es mayor en El Paraíso que en otras playas de la franja costera colimense: “tienen una exposición más alta, en otras playas las construcciones están a unos metros de altura, El Paraíso está a la altura del nivel del mar, por eso lo está afectando más el oleaje”.
La ubicación de El Paraíso, a la altura del nivel del mar, aumenta su exposición al oleaje y los efectos de los huracanes | Arnoldo Delgadillo
La ubicación de El Paraíso, a la altura del nivel del mar, aumenta su exposición al oleaje y los efectos de los huracanes | Arnoldo Delgadillo


Sobre una posible reubicación, reconoce que ya debería valorarse junto con otras autoridades, debido a la exposición de las viviendas, la ubicación de la playa al nivel del mar y su condición de zona federal. Mientras las instituciones estudian qué medidas tomar, en El Paraíso una familia ya tuvo que abandonar su casa. Las demás todavía viven frente al mar.

Lo que queda del paraíso


En El Paraíso hay objetos que parecen haber perdido su sentido porque el paisaje para el que fueron construidos ya no existe. Alejandra Regla, fotógrafa que durante años ha retratado la vida de esta costa, recuerda unas escaleras del viejo Hotel Paraíso. Cuando era adolescente iba con sus amigos de secundaria a nadar en la alberca y buscaba una mesa junto al barandal de madera para mirar el Pacífico. Para entonces, el hotel ya no tenía playa enfrente, solamente piedras contra las que reventaban las olas. “Era como si el mar y el hotel tuvieran un pacto”, recuerda.

Pero había algo que nunca entendió. Desde el hotel, unas escaleras descendían hacia el mar sin conducir aparentemente a ningún sitio. No había arena a la cual bajar. Muchos años después, al conocer la historia de esta costa, encontró una explicación: aquellas escaleras habían sido construidas cuando entre el hotel y el océano había playa. Ahora son un vestigio de un paisaje desaparecido.

Con las viviendas y restaurantes frente al mar, El Paraíso sigue vulnerable mientras las autoridades definen cómo reducir los riesgos | Naomi E. Regla
Con las viviendas y restaurantes frente al mar, El Paraíso sigue vulnerable mientras las autoridades definen cómo reducir los riesgos | Naomi E. Regla


Hay otros símbolos que cuentan una historia parecida. Héctor Leto Ramírez Pelayo, presidente de la Asociación de Prestadores de Servicios Turísticos de El Paraíso, recuerda que, ante la falta de un parador turístico, él y otros vecinos decidieron construir el suyo. Con cemento fabricaron, una por una, grandes letras con el nombre de EL PARAÍSO para que los visitantes pudieran tomarse una foto y llevarse un recuerdo del lugar. Las letras eran hechizas, desiguales, construidas con lo que había. Fueron criticadas porque algunos pensaron que se trataba de una obra mal hecha por el gobierno. No lo era. Eran resultado del trabajo de los propios habitantes por mantener vivo y atraer visitantes a su balneario. Las letras sobrevivieron a Rachel. Polo terminó por derribarlas.

Alaín Granados, habitante de Armería, conserva otro recuerdo. Cuando era niño, llegar al agua era una carrera. Tenía que atravesar tantos metros de arena que corría para evitar quemarse los pies antes de alcanzar el mar. Hoy, aquella carrera sería imposible: buena parte de esa arena ya no existe.

Después de ver durante años a los habitantes reconstruir lo que los ciclones y el oleaje destruyen, Granados escribió que nadie recuerda con exactitud cuándo comenzó en El Paraíso la costumbre de volver a empezar. Caen techos y ramadas, el agua cubre los cimientos y, cuando pasa la tormenta, los comerciantes regresan a recoger las tablas mojadas y levantar otra vez sus negocios.

En El Paraíso, los habitantes llevan años levantando techos y ramadas después de que los ciclones y el oleaje destruyen sus negocios | Cortesía
En El Paraíso, los habitantes llevan años levantando techos y ramadas después de que los ciclones y el oleaje destruyen sus negocios | Cortesía


“No hay héroes entre ellos, sólo costumbre”, escribió. Quizá por eso El Paraíso ha sobrevivido durante tanto tiempo. No solamente por la arena sobre la que fue construido, sino por quienes regresan después de cada tormenta. Granados lo resume de otra manera: “El Paraíso existe porque ellos existen”.

Las escaleras del viejo hotel siguen descendiendo hacia una playa que ya no está. A las letras de cemento se las llevaron las olas. Y aquellos cincuenta o sesenta metros de arena que obligaban a los niños a correr para no quemarse los pies sobreviven apenas en la memoria. Después de Polo y Rachel, los habitantes han comenzado otra vez a levantar lo que el mar se llevó. Como siempre. La diferencia es que ahora una familia ya no regresó. ¿Cuántas veces más podrán reconstruir El Paraíso antes de que el mar ya no se los permita?

GSC / MMM


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Arnoldo Delgadillo
  • Arnoldo Delgadillo
  • Investigador social, periodista y escritor. Corresponsal de Milenio en Colima. Ha publicado en medios nacionales e internacionales.
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