DOMINGA.– Quién hubiera dicho que algún día estaría aquí en las pacas del tianguis de Las Torres, en Iztapalapa, escogiendo ropa. Hago lo mismo que los demás: levanto una prenda de un montón, la miro; si no me gusta, la suelto y vuelvo a hurgar entre la pila hasta encontrar algo que me guste y apartarlo. Para mi sorpresa, ya llevo dos o tres camisas y una chamarra tomadas de distintas pilas: la de la ropa a cuadros, la de la ropa hawaiana, la de la ropa gris y negra. Un acomodo que al inicio no se entiende pero, una vez que le agarras gusto, hasta lo encuentras divertido.
Es la una de la tarde. Los que sí saben han venido a escoger la ropa desde temprano para dejarnos a los novicios, como yo, las sobras. Aun así, la vista se pierde entre las montañas y montañas de prendas extendidas sobre tablones de madera que descansan sobre cubetas de colores. Por encima se levanta una espesura de postes que sostienen el dosel rojo de los toldos, como un bosque improvisado.
Del techo cuelgan unos cartones con mensajes que parecen anunciar frutas extrañas: “Sólo hoy 2 x 15”, “Escójale a 60” o “150 la pieza, no hay cambio”.
Gabriel me acompaña esa mañana. Hay que decir que el primero en animarse es él y por eso pasamos de la observación a la participación. De repente tiene en la mano un atado de ropa: una chamarra de cuadros, una camisa de rayas y otra con botones en el cuello, además de unas cinco prendas más bajo el brazo que no alcanzo a identificar. Yo me pierdo en otro montón. Me topo con marcas de ropa gringa que no pensaba encontrar aquí en el corazón de Iztapalapa.
Un suéter azul de J.Crew, la marca estadounidense fresa, clásica y casual, inspirada en la ropa universitaria de la Costa Este. Ese me lo llevo. Una camisa de los emblemáticos almacenes Macy’s. También se va conmigo. Una camisa de Nike Golf, de una tela de alta tecnología contra el sudor y, al mismo tiempo, de apariencia limpia y contemporánea. Esta también viene por cincuenta pesos, aunque sé que nunca se va a presentar la oportunidad deportiva de estrenarla.
Debo decir que la única experiencia parecida la tuve en los lejanos años noventa, antes del Tratado de Libre Comercio, cuando íbamos a los tianguis –o al “bazar”, para usar la palabra del grupo Flans que popularizó esta experiencia– a comprar fayuca. Luego se abrieron las fronteras: entraron las grandes marcas de ropa al país, las nacionales como Manchester, Robert’s y Yale casi desaparecieron, y comenzamos a comprar prendas baratas en Zara, que se instaló en la ciudad en esa década y, años más tarde, en H&M, que abrió su primera tienda en 2012. Eso en cuanto a ropa barata; en cuanto a la de segunda mano, todo lo que había visto estaba pasado por el agua de la moda vintage de las colonias Roma y Condesa, prendas de ayer con precios de mañana.
Pero esto es una economía entera de otro nivel. Hubo un tiempo en que se iba al tianguis de ropa usada porque no alcanzaba para otra cosa. Ahora es una práctica que abarca muchos actores y representa una alternativa frente a una de las industrias más contaminantes del planeta. Comencemos con esto último.
Esta es una nueva entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales sobre lo que hacemos los chilangos del siglo XXI cada fin de semana, un homenaje a la escritora Elena Poniatowska y al artista Alberto Beltrán, quienes trabajaron juntos en una crónica dominical que publicaba el periódico Novedades.
Uno de los grandes centros de distribución de paca
En el mundo se produce más ropa de la que se puede consumir. Hace poco leía en un texto en The New York Times, “Fashion’s Most Disgusting Product”, de Dana Thomas, publicado el 10 de septiembre de 2026, que la moda es una industria global de 1.9 billones de dólares que produce aproximadamente 100 mil millones de prendas y accesorios al año. Según algunas estimaciones, apenas unos 80 mil millones llegan realmente a venderse. Parte de esa ropa termina en vertederos como los del desierto de Atacama, Chile, donde montañas de ropa nueva contaminan el paisaje o acaban incendiadas. Así que estos mercados, por lo menos, prolongan la vida de las prendas.
La cadena de la ropa de paca comienza principalmente en Estados Unidos, con prendas procedentes de donaciones, excedentes comerciales y ropa descartada por los consumidores. Empresas y organizaciones recolectan y seleccionan estos textiles antes de enviarlos al mercado internacional. Una parte cruza hacia México por ciudades fronterizas, mediante redes de transportistas, intermediarios y comerciantes.
Una vez en México, las pacas se almacenan en bodegas y se clasifican según su calidad antes de distribuirse hacia distintos estados. Tepito funciona como uno de los grandes centros de distribución hacia los mercados y tianguis de la capital.
El trabajo del tianguista comienza mucho antes de que llegue el primer marchante. Hay que transportar la mercancía, levantar la estructura del puesto, extender los toldos, colocar los tablones sobre cubetas y descargar decenas o cientos de kilos de ropa, además de colocar los letreros que cuelgan del techo. Después viene una de las tareas fundamentales: abrir las pacas y separar. El comerciante revisa cada prenda, calcula su calidad y decide cómo va a acomodar la ropa para hacerla más atractiva. Esa mañana, hay vendedores que usan una táctica extrema: contratan chacales que se quitan la camisa y se pasean por los pasillos.
La paca llegó a las cuentas de las redes sociales
Luego están los compradores con sus cuentas de Facebook, Instagram y TikTok, que se vuelven curadores e intermediarios. Cuentas como @santapacaa representan una nueva etapa en la ruta de la ropa usada. Estos “curadores de las pacas” madrugan para recorrer tianguis, revuelven montañas de ropa y seleccionan unas cuantas piezas entre cientos.
Pero nada va a sustituir este baño de ropa que significa venir al tianguis de Las Torres, sobre el Eje 6 Sur: las líneas de alta tensión que cruzan el cielo; los puentes peatonales que cosen las dos orillas de la avenida; el mercado paralelo de comida que se instala junto a la ropa, donde venden jicaletas en forma de corazón bañadas en polvos de colores que le sacan una sonrisa a la niña que su madre arrastró hasta acá; el mercado de segunda mano adonde también han venido a parar objetos insólitos: muebles, porcelanas, cámaras, juguetes, libros, piezas rotas y cosas recuperadas de quién sabe dónde; los edificios circundantes que levantaron con sus propias manos los pepenadores que llegaron a poblar esta parte de la ciudad.
Todo ocurre sobre un piso de tierra que se pega a los zapatos. Aquí la ropa que alguien desechó a miles de kilómetros de distancia vuelve a encontrar dueño y comienza otra vida. Gabriel y yo salimos con una voluminosa bolsa de plástico llena de cosas que pertenecieron a alguien más. Una experiencia de compra que Amancio Ortega, el creador de Zara, difícilmente habría podido imaginar.
GSC