La glorieta de la Minerva ha renacido para convertirse en una plaza viva y seguir siendo símbolo ineludible de Guadalajara. Tras seis meses de obras y una inversión de 70 millones de pesos, el ícono tapatío hoy luce renovado, accesible y listo para dejar de ser solo contemplado y ahora ser vivido, recorrido y disfrutado, en vísperas del Mundial de Futbol de este año, así lo pudo comprobar MILENIO.
Desde 1957, la Minerva, en el corazón de Guadalajara, ha sido la guardiana inalcanzable: una diosa de bronce sobre un pedestal de piedra que da identidad a la ciudad y orgullo a sus habitantes, pero que solo vigilaba. Rodeada por el rugido constante del tráfico, observaba desde la altura el torbellino de una ciudad que ha crecido a sus pies; una urbe que, entre manifestaciones y vítores de victoria, había olvidado cómo acercarse a ella.
Una diosa que se acerca
Ahora, la Glorieta de la Minerva, símbolo de Guadalajara —mitad ícono de identidad, mitad caótico distribuidor vial— ha dejado de ser una rotonda más para convertirse, de nuevo, en una plaza.
Tras seis meses de una minuciosa intervención que costó 70 millones de pesos, la noche del martes 13 de enero, la diosa romana ha bajado, metafóricamente, de su pedestal. Y la ciudad ha vuelto a ganar un corazón.
El acto de inauguración, celebrado al atardecer, tuvo más de ceremonia protocolaria y emocional. Bajo la nueva iluminación arquitectónica que baña la escultura y los chorros de agua sincronizados de la fuente renovada, el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, y la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, no cortaron un listón, sino que dieron el primer paseo por el andador peatonal que ahora circunda el monumento.
Un gesto simbólico: regresarle a los ciudadanos la posesión de un espacio largamente usurpado por los automóviles.
“Que la gente pueda convivir con la propia glorieta, con este símbolo de Jalisco, porque se va a poder cruzar peatonalmente”, dijo con visible satisfacción el gobernador Lemus, quien habló orgulloso de los detalles de la obra.
“Ya ven ustedes este paso seguro, y que la gente pueda caminar alrededor de ella, que se pueda sentar a disfrutarla, a tomarse una foto, a convivir con la Minerva”.
Luego, en un tono más tapatío, añadió que hoy es un lugar hermosísimo.
“Felicidades, ingeniero, por la gran obra. Todo queda en concreto estampado alrededor de la misma. Es precioso. También el concreto estampado, nueva iluminación, los chorros de las fuentes que también son completamente novedosos. Y bueno, pues ahora sí, vamos a poder disfrutar de cerca a la Minerva”.
Por su parte, la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, encontró la metáfora perfecta para encapsular el cambio de paradigma.
“Lo que sucede el día de hoy es algo totalmente diferente. Estamos llevando la Minerva a un nivel totalmente distinto, porque de alguna manera es como si dejara de estar en el pedestal y se acercara a los tapatíos y a las tapatías. Deja de estar solo de manera contemplativa para que nosotros la podamos habitar”.
La palabra resuena como mandato y promesa. Porque durante décadas, “habitar” la Minerva era una hazaña casi suicida. Un rito que consistía en “torear los carros”, como rememoró Marcos, un visitante que acudió a la reapertura.
“Antes sí era torear los carros en la glorieta, y ahorita pues sí está más controlado y uno puede venir a ver el monumento”, explica, mientras camina con su familia por el nuevo pavimento.
Su testimonio es el de miles: el monumento era un punto de referencia visual, pero un lugar hostil para disfrutarse.
De los tapatíos y para el mundo
La prioridad de esta intervención, dirigida por la Secretaría de Infraestructura y Obra Pública (SIOP), radica en su delicada negociación entre lo bello y lo práctico, entre el patrimonio y la movilidad.
La glorieta es uno de los distribuidores viales más críticos de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Por ella confluyen las avenidas Vallarta, López Mateos, Agustín Yáñez y Golfo de Cortés, con un flujo aproximado de 6 mil vehículos por hora, por lo que intervenirla requirió cálculos minuciosos.
La solución resultó ingeniosa y respetuosa: no se suprimió ninguno de los cinco carriles existentes, pero se reorganizaron y se amplió el radio interior de la glorieta.
Este espacio ganado al asfalto —más de 24 mil metros cuadrados renovados en total— es lo que ahora conforma el nuevo espacio público: un andador peatonal perimetral, amplio y accesible, bordeado de vegetación y muros bajos que funcionan como bancas, con una capacidad estimada para 500 personas. El coche mantiene su cauce, pero el peatón ahora goza de un andador.
“Lo que se hizo fue conservar la esencia original que fue concebida en los años 50”, explicó Douglas Rodríguez Perea, director general de Arquitectura y Urbanismo de la SIOP.
“Fue un espacio que también servía como una puerta de entrada a la ciudad. A través del tiempo se fue convirtiendo en un distribuidor vial importante. Por tanto, se conservaron los cinco carriles, pero se rescató la parte del espacio público al interior de la Minerva”.
El rescate es físico, pero también sensorial y de seguridad
La obra incluye banquetas accesibles con rampas y bolardos; iluminación peatonal cálida y orientada; dos cruces seguros sobre avenida Vallarta, equipados con semáforos auditivos para personas con discapacidad visual, señalización luminosa embebida en el piso y pasos cebra iluminados; la desaparición de las paradas de transporte público del interior de la glorieta, y conectividad digital mediante la Red Jalisco, ofreciendo internet gratuito de alta velocidad.
Un legado para el futuro
El contexto del Mundial de la FIFA 2026 es ineludible. Guadalajara será ciudad sede y la Minerva, su emblema más fotografiado, necesitaba estar a la altura. Sin embargo, tanto Lemus como Delgadillo insistieron en que este proyecto trasciende el evento deportivo: es un legado permanente.
“Con el objetivo de fortalecer a uno de los íconos de identidad de los jaliscienses rumbo al Mundial 2026, así como fortalecer los espacios públicos como un legado para la ciudad”, recalcó el gobernador.
La intervención fue integral. No se trató solo de pintar y podar. Se realizó la rehabilitación e impermeabilización completa de la fuente, la renovación de todas las instalaciones hidráulicas y eléctricas subterráneas, y la reposición de la señalética horizontal y vertical.
El nuevo sistema de filtrado permite esos “chorros completamente novedosos” que admiró Lemus, creando un espectáculo de agua y luz que dialoga con la iluminación arquitectónica de la escultura.
Renace la puerta de entrada tapatía
Históricamente, la zona de Los Arcos y la Minerva marcó la entrada a Guadalajara por el occidente. Con el tiempo, esa función simbólica se perdió bajo el concreto y quedó en medio de la ciudad misma, como un corazón que late.
Este proyecto busca recuperar, precisamente, esa vocación de bienvenida. La nueva glorieta está conectada peatonalmente con los parques aledaños y con Los Arcos, integrando un corredor histórico y verde.
Al caer la noche es cuando más se disfruta. El efecto es mágico. La diosa Minerva, obra del escultor Joaquín Arias Méndez, ya no es una silueta oscura contra el cielo. La luz cálida realza los pliegues de su túnica, el escudo, la lanza.
Abajo, familias pasean, niños corren junto a los muros-banca, parejas se toman fotos. El rugido del tráfico, aunque presente, parece amortiguado. Se escuchan risas y conversaciones. Es el sonido de un espacio público que está siendo, por fin, habitado para que ciudadanos y visitantes la vivan, contemplen, fotografíen y disfruten.
“Estas acciones permiten que visitantes y habitantes puedan visitar y apropiarse nuevamente de este espacio con seguridad, retomando su esencia original como plaza pública, al construirse en 1957”, señalaron las autoridades.
La Minerva ha dejado de ser una isla de tráfico. Se ha convertido en una plaza. Y al hacerlo, le ha devuelto a Guadalajara un fragmento de su alma: un lugar donde la identidad no solo se mira, sino que se pisa, se toca y se vive.
La diosa, al fin, ha bajado a la calle. Y la ciudad se enorgullece a cada paso por ella.
Dos mujeres, dos ciudades: la historia de la Minerva y la Diana Cazadora
Guadalajara y Ciudad de México guardan en sus avenidas principales a dos mujeres de bronce que, más que monumentos, son testigos de la evolución cultural del México moderno.
Separadas por 15 años y por polémicas muy distintas, la Minerva y la Diana Cazadora narran una historia sobre arte, identidad y la relación de las ciudades con sus símbolos públicos.
La Glorieta de la Minerva en Guadalajara fue inaugurada el 15 de septiembre de 1957, por iniciativa del gobernador Agustín Yáñez. Su objetivo era claro: erigir una nueva “puerta de entrada” a la ciudad y proyectar a Guadalajara como la “Atenas de México”, un faro de sabiduría y cultura.
Los artistas Joaquín Arias Méndez y Pedro Medina Guzmán le dieron forma con un rostro deliberadamente mestizo, fusionando el ideal clásico con la identidad local.
En contraste, la Diana Cazadora —cuyo nombre oficial es La Flechadora de las Estrellas del Norte— se alzó en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México el 10 de octubre de 1942. Fue un encargo del presidente Manuel Ávila Camacho para embellecer la principal avenida de la capital.
Creada por el escultor Juan Fernando Olaguíbel y el arquitecto Vicente Mendiola, desde un principio buscó ser un símbolo de modernidad y elegancia para la metrópoli en expansión.
Belleza y controversias
Ambas esculturas nacieron en medio de la polémica, aunque por razones diametralmente opuestas, revelando los valores sociales de sus épocas.
La Diana Cazadora generó un escándalo conservador por su desnudez integral. La presión pública fue tal que, en 1944, las autoridades se vieron obligadas a colocarle un taparrabos de bronce. Esta “censura” duró 23 años, hasta que en 1967 se retiró, restaurando la obra a su estado original en un acto que muchos celebraron como un triunfo de la expresión artística sobre la moralina.
La Minerva, por su parte, fue criticada por motivos estéticos e identitarios. Su rostro, de facciones fuertes y mestizas, fue juzgado por algunos como “poco femenino” e incluso se dijo que tenía un parecido con el propio escultor, Joaquín Arias. Se pidió a su co-creador, Pedro Medina Guzmán, que la “estilizara”, pero él se negó rotundamente, defendiendo la corrección de sus proporciones y la intencionalidad de su diseño.
MC