DOMINGA.– El rugido de los camiones, el chillido de los cláxones y el pavimento ardiente dominan el cruce de las avenidas Paseo de la Reforma y Manuel González. Pero a unos pasos hacia el interior de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco, tercera sección, el paisaje experimenta un giro. Polinizadores, abejas domésticas, especies nativas y mariposas revolotean entre los brotes violetas de la lavanda, el verdor de la chaya y los ramos floridos del hinojo. Aquí en este perímetro, se impone un fuerte aroma a tierra húmeda, composta de hojas secas y aceites esenciales.
En medio de torres construidas a mediados del siglo pasado, un rectángulo vegetal de mil 460 metros cuadrados ejerce una resistencia silenciosa. Es Huerto Tlatelolco, un espacio de agricultura regenerativa urbana, que opera como un microclima vivo en una de las zonas con mayor densidad poblacional y carga histórica de la Ciudad de México.
La superficie sobre la que hoy crecen zanahorias, lechugas y árboles frutales resguarda bajo sus capas de composta una de las cicatrices más profundas de la ciudad. Este mismo punto albergó a la Torre Oaxaca, un edificio residencial de trece pisos que formaba parte del trazo original concebido por el arquitecto Mario Pani a finales de los años cincuenta.
Esta historia trata sobre el camino que ha tomado una iniciativa fundada en 2012. Sobre cómo ha logrado erigirse como testimonio de resiliencia ecológica en un terreno marcado por los traumas sísmicos de la capital. Sobre el catálogo de biodiversidad y las bioconstrucciones que alberga su diseño circular. Y los dilemas económicos que enfrenta, buscando dar el salto de un proyecto con financiamientos comunitarios esporádicos a un modelo de estabilidad financiera de largo plazo.
“Cuando cruzas la cerca del huerto, la temperatura ambiental baja entre dos y tres grados en relación con la calle”, explica Estíbaliz López, de 46 años, directora operativa y coordinadora de contenidos pedagógicos de Huerto Tlatelolco.
“No es un milagro, es la naturaleza cuando le devuelves la permeabilidad al suelo y permites que la materia orgánica vuelva a atrapar humedad. En un entorno de cemento como lo es Tlatelolco, cada metro cuadrado de tierra viva funciona como una esponja climática que beneficia la salud de los vecinos”, agrega.
El huerto desafía la lógica del desarrollo urbano tradicional, donde cada predio desocupado tiende a convertirse en estacionamiento, plaza comercial o unidad habitacional de alta densidad. En contraste, este enclave resguarda una red viva de la naturaleza, un punto de descanso y alimento en plena zona central de la metrópoli.
A lo largo de doce años la iniciativa se ha consolidado como un catalizador social para una comunidad diversa donde conviven adultos mayores con décadas de arraigo en el barrio, familias jóvenes de reciente llegada y habitantes de colonias colindantes, como la Guerrero, Peralvillo, Tepito y la Morelos.
No obstante, mantener un ecosistema dentro de la mancha urbana demanda insumos, trabajo técnico especializado y recursos económicos para garantizar la seguridad hídrica y la estructura operativa. “A veces la gente asume que un proyecto de agricultura urbana se sostiene sólo porque las plantas crecen con la lluvia y el sol”, dice Estíbaliz. “Pero mantener la infraestructura, los insumos biológicos y un equipo de trabajo cuesta. El huerto es hoy un adolescente que necesita inversión para convertirse en un adulto autónomo, con la estabilidad técnica y económica que requiere un equipamiento comunitario de esta escala”.
Recientemente, el proyecto logró acceder a un fondo internacional impulsado por la plataforma suiza Ma Earth gracias al respaldo de 121 microdonantes. Un respiro económico que reactiva el debate de fondo: la urgente necesidad de consolidar alianzas que aseguren la permanencia a largo plazo de proyectos agroecológicos frente a los desafíos climáticos, sociales y la seguridad alimentaria.
De la cicatriz del ‘85 al urbanismo agrario
El terreno que ocupa el Huerto Tlatelolco no siempre fue un oasis de vegetación: décadas atrás aquí se levantó la Torre Oaxaca, un edificio residencial de trece pisos.
El terremoto del 19 de septiembre de 1985 transformó para siempre la fisonomía de la unidad y la vida de sus habitantes. Aquel jueves a las 7:19 de la mañana, el suelo crujió con una furia desconocida que sumió a Tlatelolco en el horror: nubes de polvo ahogaron los andadores, los gritos de auxilio emergían desde concreto y las familias vieron desplomarse de golpe la certeza de sus hogares en medio de la desolación y el luto colectivo. Aunque la Torre Oaxaca no colapsó durante el sismo –a diferencia del Edificio Nuevo León, a unos cuantos metros– las graves fallas estructurales que provocó el movimiento telúrico obligaron a su desalojo definitivo.
Tras años de litigios, desocupación e incertidumbre vecinal, la estructura fue finalmente demolida a principios de la década de los noventa. Y durante casi veinte años, el predio quedó sepultado bajo el abandono institucional. Lo que alguna vez fue un espacio habitacional se convirtió en un terreno baldío, rodeado por rejas perimetrales, que funcionó temporalmente como depósito de cascajo, almacén de maquinaria de obras públicas para la alcaldía Cuauhtémoc y un punto focal de inseguridad para los vecinos que transitaban diariamente entre la avenida Manuel González y los andadores interiores de la tercera sección.
“Este lugar cargaba con una memoria doliente y una densidad histórica muy fuerte”, dice Estíbaliz López. “Tlatelolco es un territorio cruzado por momentos trágicos del país, desde el México prehispánico y la matanza de 1968 hasta el trauma colectivo de 1985. Cuando el edificio fue demolido, la tierra quedó literalmente muerta, compactada por toneladas de escombros de concreto y varilla. No había vida en el suelo. Era un vacío urbano en el centro de la ciudad”.
La transformación del predio comenzó a gestarse en 2012 por iniciativa de la especialista en agricultura urbana y diseño sustentable Gabriela Vargas, fundadora de la organización Cultiva Ciudad. Tras identificar el potencial socioambiental del área vacía, inició un proceso de gestión ante la administración de la alcaldía Cuauhtémoc y las representaciones vecinales de Tlatelolco para obtener el comodato del terreno y emprender su rehabilitación agroecológica.
El propósito central del proyecto nunca fue la comercialización masiva de alimentos a precios accesibles ni el abastecimiento exclusivo de autoconsumo para el vecindario –una extensión de mil 460 metros cuadrados resulta insuficiente para sostener la demanda alimentaria de una unidad habitacional–. En su lugar, el huerto se concibió como un centro pedagógico de conservación y demostración de urbanismo agrario, donde lo cosechado se utiliza en talleres educativos, catas sensoriales y actividades con voluntarios. Se enseña a los ciudadanos que es posible cultivar alimentos en balcones, huacales o pequeños rincones urbanos.
El primer reto técnico fue monumental: regenerar un suelo inerte. Para hacer posible la siembra fue necesario retirar manualmente y con ayuda de maquinaria ligera cerca de 125 camiones de volteo cargados de cascajo, residuos de construcción y basura acumulada durante dos décadas.
Bajo el cascajo no había tierra fértil. Era un subsuelo altamente compactado e impenetrable para las raíces de las plantas.
“No se trató simplemente de traer macetas o poner tierra comprada por encima”, puntualiza Estíbaliz. “El trabajo de sanación de este espacio implicó una labor de orfebrería ecológica. Tuvimos que inocular microorganismos, ingresar toneladas de materia orgánica compostada y aplicar técnicas de aireación constante para devolverle la porosidad al terreno. Sembrar en Tlatelolco fue un acto de justicia restaurativa para la tierra y para la propia comunidad, que vio cómo un punto de dolor y escombros se convertía paulatinamente en un pulmón comunitario”.
A lo largo de doce años, el Huerto Tlatelolco ha atestiguado y acompañado las metamorfosis sociales de su entorno inmediato. El espacio no sólo sobrevivió a la desconfianza inicial de algunos vecinos –quienes al principio recelaban de la intervención–, sino que logró integrarse de forma orgánica al tejido cotidiano del barrio.
El ejemplo más claro es el programa de composta comunitaria: más de un centenar de familias acuden cada semana con sus cubetas de residuos orgánicos para transformarlos en suelo vivo, o la imagen diaria de residentes que cruzan la reja abierta para leer a la sombra de los árboles o participar en las faenas agrícolas.
La reja que antes aislaba un basurero hoy permanece abierta durante las actividades comunitarias. Así, la memoria del antiguo Edificio Oaxaca convive hoy de manera pacífica con el florecimiento de una nueva infraestructura verde.
La red comunitaria del suelo en el Huerto Tlatelolco
Al cruzar la reja de entrada al Huerto Tlatelolco, el espacio al aire libre recibe a los visitantes con una zona de bienvenida y talleres, el punto donde se atienden a estudiantes, vecinos y grupos que llegan a conocer el lugar.
Más adelante, en la parte más alta del terreno, las plantas se organizan en un diseño circular de 36 camas de cultivo en forma de mandala. Esta distribución responde a principios de permacultura y eficiencia agroecológica: optimiza la circulación del agua de riego, facilita el paso de los educadores y visitantes sin pisotear la tierra fértil y crea microclimas diferenciados que favorecen la interacción simbiótica entre especies vegetales. Hasta el fondo se ubican unas pequeñas construcciones de madera que sirven para guardar las herramientas, los insumos de trabajo y los materiales educativos.
El cultivo se organiza según la altura de las plantas para aprovechar mejor el espacio y cuidar la tierra. En la parte más alta, donde están los árboles de mayor tamaño, crece un joven bosque comestible con olivos, macadamia, duraznos y cítricos que dan sombra y refugio. Debajo de los árboles coexisten hortalizas como distintas variedades de kale, lechugas, acelgas, papas moradas, betabeles y zanahorias, combinadas con plantas aromáticas y medicinales como la chaya, el hinojo, la lavanda y el romero.
Esta variedad de flora ha hecho del huerto en un oasis insular para la fauna local y migratoria. Los monitoreos en el lugar reportan la presencia de al menos diecinueve especies de aves –que incluyen colibríes, pinzones y rapaces menores–, 36 especies de insectos benéficos y cinco especies de abejas, entre apis melíferas y polinizadores nativos sin aguijón que encuentran aquí un refugio libre de pesticidas sintéticos.
Con la rotación de sus cosechas, el Huerto Tlatelolco se ha consolidado como un oasis de biodiversidad en el corazón de la Ciudad de México al albergar de manera permanente más de 120 variedades de plantas. Su producción se distribuye entre hortalizas comestibles, árboles frutales –como manzanos y duraznos– y plantas aromáticas que funcionan como barreras ecológicas contra plagas. Para blindar el futuro de este pulmón urbano y de la agricultura local, el proyecto respalda su riqueza botánica con un banco que resguarda más de 300 tipos de semillas distintas. Esto asegura la continuidad del ciclo de vida del huerto año con año.
Las estructuras operativas y las aulas al aire libre están construidas con técnicas tradicionales de bahareque: una mezcla de arcilla, paja y madera. El saneamiento se resuelve mediante un sistema de baños secos composteros que evita el gasto de miles de litros de agua potable al año y transforma los efluentes en materia orgánica segura para procesos forestales.
“El motor de este ecosistema no está únicamente en la superficie, sino en lo que ocurre debajo de nuestros pies”, señala Estíbaliz. “A través de nuestro programa de Guardianes del Suelo, los vecinos aprenden que la basura orgánica no existe; existen recursos que pueden volver a la tierra para cerrar el ciclo de la vida”.
Cada semana acuden decenas de familias de Tlatelolco, Peralvillo, Tepito, Morelos y Guerrero cargando sus cubetas con restos de frutas, verduras, posos de café y cascarones de huevo. Estíbaliz explica que, en el huerto, estos residuos reciben un tratamiento técnico controlado mediante aireación y volteo manual. Se procesa la materia orgánica que, de otro modo, terminarían en los saturados tiraderos periféricos del Valle de México y, por consecuencia, emitirían gas metano.
Para la comunidad, el huerto funciona como una suerte de “medicina urbana”. Las sesiones de trabajo voluntario y los talleres de siembra ofrecen a los residentes de la zona –muchos de los cuales habitan en departamentos reducidos sin acceso a áreas verdes privadas– un espacio de desconexión del estrés citadino, sanación comunitaria y reconexión pedagógica con el origen real de sus alimentos.
El reto de la permanencia del Huerto Tlatelolco
Antes de asumir la dirección operativa y la coordinación de contenidos pedagógicos en 2023, Estíbaliz López construyó una sólida formación en la educación ambiental trabajando en comunidades rurales y costeras del Pacífico mexicano. Esa experiencia en el campo le permitió trasladar a la cuenca urbana herramientas de mediación social, saberes comunitarios y un entendimiento del suelo como un aula abierta. Bajo esta visión se consolidó uno de los proyectos sociales más significativos del recinto: la iniciativa “Abuelo Semilla”.
Diseñada para atender a la realidad demográfica de Tlatelolco –donde habita un alto porcentaje de adultos mayores, muchos de ellos jubilados o en situación de aislamiento– esta propuesta busca resignificar el papel de los adultos mayores en el barrio. Con talleres, los participantes no sólo comparten sus saberes de botánica, cocina tradicional y la memoria histórica de la unidad habitacional, sino que encuentran en el trabajo agrícola un espacio de activación física, acompañamiento emocional y sentido de pertenencia.
Sin embargo, el impacto social y pedagógico del Huerto Tlatelolco contrasta con la fragilidad financiera que caracteriza a los espacios independientes de agricultura urbana en América Latina. Durante más de una década, Huerto Tlatelolco ha operado mediante una combinación compleja de fondos semilla, proyectos de cooperación internacional esporádicos, ingresos propios generados por la venta de hortalizas o talleres, y el trabajo voluntario de la comunidad.
Un enorme logro reciente ocurrió a través de la plataforma internacional Ma Earth, con sede en Suiza, que combina la filantropía y el fondeo colectivo para impulsar proyectos comunitarios de regeneración ambiental y conservación de la naturaleza. De los proyectos elegidos alrededor del mundo, Huerto Tlatelolco fue el único beneficiado de la Ciudad de México.
Mediante una campaña que movilizó a 121 microdonantes, el huerto logró acceder al fondo destinado a reforzar la infraestructura hídrica, adquirir insumos biológicos y sostener las actividades comunitarias de mantenimiento.
Las 121 personas aportaron 79 mil pesos con donaciones desde los 20 y 50 pesos. La iniciativa alcanzó un fondo total de 220 mil pesos, que permitirán adquirir libros para enriquecer las actividades de mediación lectora y agroecología en el proyecto que llaman El huerto que cuenta. Aunque este logro representó un alivio operativo y un respaldo al valor ecológico del espacio, los recursos resultan insuficientes a largo plazo.
“El huerto ya superó su etapa de infancia, donde todo se construye a partir de la intuición, la emergencia y el trabajo comunitario voluntario”, concluye Estíbaliz López. “Hoy tenemos doce años de conocimientos acumulados, un suelo sano, un catálogo de biodiversidad probado y una comunidad que abraza el espacio. Pero para que este oasis continúe existiendo, necesitamos trascender la lógica del apoyo esporádico. Es el momento de consolidar alianzas, patrocinios fijos y esquemas de inversión pública o privada que reconozcan el valor ambiental que aportamos a la Ciudad de México”.
El huerto es hoy un adolescente maduro que se convertirá en un adulto autónomo sustentable.
GSC