M+.- Alejandro tiene 15 años y calcula que pasa unas nueve horas al día frente al celular. Lo usa desde los seis años. Cuando en su preparatoria le pidieron guardarlo durante el descanso, lo primero que pensó fue en sus videos. “La verdad sí me costó, porque dije: '¿cómo voy a grabar mis vlogs? Si no puedo sacar el celular”.
A las 10:45 de la mañana suena un timbre en la Preparatoria Regional de Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. No anuncia el inicio ni el fin de una clase. Es la señal para que los estudiantes salgan al patio a jugar ajedrez, ping-pong, futbol o trompo, o simplemente a conversar, con el teléfono guardado.
El plantel, con 3 mil 400 alumnos, es una de las 37 preparatorias que ya aplican la pausa activa de “¡Presente!”, el programa del Sistema de Educación Media Superior (SEMS) de la Universidad de Guadalajara (UdeG), que arrancó su fase piloto en agosto, con 157 escuelas inscritas, y que fomenta la desconexión digital, reduce el estrés y fortalece la convivencia.
En el patio se escuchan risas, conversaciones y gritos de quienes juegan. Unos caminan, otros se sientan a comer y algunos más se reúnen con compañeros de otros grupos y semestres. MILENIO documentó la escena durante una visita al plantel para conocer cómo funciona la estrategia en la práctica.
La pausa activa responde a una realidad que las autoridades universitarias identificaron entre los jóvenes: el uso cada vez más frecuente de dispositivos digitales y redes sociales, así como sus posibles efectos en la atención, la convivencia y los hábitos cotidianos.
En Tlajomulco, sin embargo, la propuesta no comenzó con la simple indicación de guardar el teléfono. Antes de llegar al patio, hubo conversaciones con estudiantes y padres de familia para explicarles las razones del programa.
“Nosotros, desde la prepa tuvimos una campaña, primero, de concientización con los jóvenes, en donde les explicábamos todas las afectaciones que se tienen por el uso del celular, hablando de las físicas y todos los trastornos por el uso de las redes sociales”, explicó Octavio Raziel Ramírez Osorio, director del plantel.
La intención, dijo, no era solo pedirles que dejaran el dispositivo, sino ofrecerles alternativas. “Se platicó con los padres de familia y después pasamos ya a pausas activas, que se tratan de ponerte opciones, o sea, que tú tengas una alternativa para que cuando bajes el celular, lo que veas valga la pena, que sea más atractivo que estar clavado en el celular”.
Por eso, en el patio se ofrecen juegos y actividades que no necesariamente son deportivas. La apuesta es que los estudiantes encuentren distintas maneras de ocupar ese tiempo, desde una partida de ajedrez o un juego de trompo hasta una caminata, la lectura o una conversación.
“Que sea más atractivo que estar clavado en el celular y que veas, ah, bueno, ahí hay un trompo. A ver, ¿Cómo se juega el trompo? ¿Cómo se juega el yoyo?”.
Hora de desconexión
En esta preparatoria, la pausa activa tiene una particularidad. El plantel pidió adaptar el esquema original de la UdeG para dividir la hora de desconexión en dos periodos: media hora de receso y media hora de actividades. El timbre marca el inicio. Los estudiantes salen y eligen qué hacer.
No es una actividad obligatoria ni una clase adicional. La participación es voluntaria y el espacio se construye a partir de las opciones que ofrece la escuela.
La puesta en marcha ha sido gradual. Primero participaron los alumnos de quinto y sexto semestres y después se sumaron otros grupos, hasta llegar a los primeros semestres.
El director reconoce que uno de los retos ha sido el espacio físico, sobre todo cuando coinciden muchos estudiantes en el patio. Con el paso de las semanas, sin embargo, los alumnos se han apropiado de la dinámica de manera más natural.
Para la dirección, uno de los cambios más visibles no es solo que los alumnos jueguen futbol o ping-pong, sino lo que empezaron a hacer con el tiempo que antes dedicaban al teléfono.
“Te voy a decir una que me sorprendió, que es que hay chicos que lo han usado para avanzar en su tarea. O sea, que tienen trabajos en equipo, entonces, de repente se juntan, empezaron a hacer una obra de teatro”.
Ramírez Osorio también ha notado un cambio en la forma en que los estudiantes usan el teléfono cuando lo necesitan. “Hemos visto que cada vez dura menos tiempo el chico que saca el celular, que toma la foto, graba lo que quería grabar y luego se vuelve a conectar a donde estamos”.
La percepción se extiende a los docentes. De acuerdo con el director, usar menos el teléfono en clase facilita recuperar la atención de los grupos.
“En nuestros propios profesores también hemos visto un avance en las clases. Es más fácil para un profesor cuando trabajamos sin celulares, es más fácil recuperar la atención del grupo o no perderla”.
Entre las estudiantes que participan en la pausa activa está Tadeo, de 15 años y alumna de primer semestre. Para ella, el cambio significa dedicar ese tiempo a algo que considera cada vez menos frecuente: convivir cara a cara.
“Ahorita como lo de la pausa activa sí lo he dejado de usar para, pues, convivir más con mis compañeros y jugar más como deportes”.
Cuenta que no le costó aceptar la propuesta. Al contrario, la vio como una oportunidad para conocer a otros estudiantes.
“Para mí fue muy alegre porque dije que estaba muy bien para así convivir más, conocer a más personas y, pues, estar más cerca de las personas en vez de estar cerca del celular”.
También recuerda cómo era el recreo antes. “Normalmente la gente, en vez de convivir, salía con el celular y todo, y, pues, no convivía casi, pues, no estaba tan chido. Ajá. Pero ahorita con la pausa activa sí sale mucha gente a convivir”.
Para ella, la diferencia puede trasladarse fuera de la escuela. Aunque reconoce que usa el celular en casa, asegura que ha empezado a buscar otras actividades.
Alejandro, también de primer semestre, lo vive de otra manera. Antes de la pausa activa, durante los descansos solía grabar videos, subir contenido a Instagram, escuchar música o usar TikTok.
Calcula que por las tardes, en casa, dedica alrededor de cinco horas a distintas aplicaciones y que, al sumar otros momentos del día, llega a unas nueve. “La verdad, sí está mal. Nueve horas siento que es bastante excesivo y es como una forma mala de utilizar el teléfono. Y yo digo que hay que mejorar eso”.
Sus padres le pusieron algunas reglas durante la infancia, como no usarlo de noche ni mientras comía, pero con el tiempo el dispositivo se volvió parte de su vida diaria.
Propuesta integral
La UdeG considera que el problema es de alcance global. Rafael Serrano González, coordinador del programa “¡Presente!”, explicó que la propuesta surgió al analizar las tendencias que podrían orientar el proyecto de la administración universitaria iniciada en 2025.
“Encontramos que era una problemática que ya universidades y escuelas en el mundo estaban cuidando. Así que, pues, nos decidimos a cruzar los datos con los que nos encontramos y surgió el programa”, dijo en entrevista con este medio.
De acuerdo con Serrano, el programa contempla a toda la comunidad de las preparatorias de la UdeG. Antes de arrancar, la universidad organizó grupos de trabajo con directivos, estudiantes y profesores para conocer cómo se relacionan los jóvenes con el celular.
La propuesta, explicó, no se limita a retirar el teléfono de las aulas o los patios.
“¡Presente!” tiene cuatro componentes: escuela interactiva, escuela enfocada, escuela segura y escuela saludable.
La pausa activa pertenece al componente de escuela interactiva y, más adelante, se prevé un pilotaje para el resguardo de los celulares. El objetivo es que el programa también evalúe sus posibles efectos académicos, en la convivencia y en el bienestar.
“La literatura mundial habla de daños cognitivos, daños a la socialización y de, realmente, un problema de salud social que implica adicción, adicción al algoritmo y adicción al consumo desmedido”, afirmó Serrano.
Para el coordinador, la escena del patio lleno de estudiantes, donde no todos hacen lo mismo, resume uno de los objetivos centrales del programa.
“Algo tan simple como verlos repartirse cartas, como verlos jugar al tronco, como verlos echar una cascarita, despierta emociones que a nosotros nos ilusiona ver en ellos, porque, la verdad, esto no se los habíamos permitido”.
El programa prevé que los estudiantes atraviesen un proceso de adaptación. La UdeG reporta que en los planteles visitados no ha encontrado un rechazo generalizado y que, en algunos casos, los alumnos han requerido acompañamiento para manejar la ansiedad de separarse del teléfono.
La intención, explicó Serrano, es que el espacio no se entienda como una sanción, sino como una oportunidad para convivir.
“Los chicos se han dado cuenta que este espacio es precisamente para bajar la guardia, para convivir y para no medirse con otros en un nivel aspiracional o competitivo, sino, a final de cuentas, conocerse a sí mismos, conocer a los otros y relajarse, ponerse a jugar, aburrirse, incluso, porque del aburrimiento nace la creatividad”.
El siguiente paso será avanzar en las fases del programa y evaluar los resultados. La UdeG plantea que los cuatro componentes se desarrollen de manera articulada y que, en dos calendarios, estén listos para desplegarse en las preparatorias.
En Tlajomulco, mientras tanto, la estrategia ya tiene una escena concreta: un timbre a las 10:45, estudiantes que dejan las aulas, teléfonos guardados y un patio donde, durante media hora, reaparecen juegos, conversaciones y actividades que no necesitan pantalla.
Para el director, el reto es que esa desconexión no termine cuando vuelve a sonar el timbre. “A mí me parece que es un programa valiente. La verdad es que puede sonar impopular pedirle a un chico que guarde su celular, puede sonar impopular decirle a un chico que no esté pegado a esos aparatos”.
Y agregó: “Entonces, todo tiene que ser un proceso que no les cause ansiedad, que sea voluntario y que sea progresivo”.
La apuesta, en última instancia, no es que los jóvenes abandonen la tecnología, sino que aprendan a apartarla por momentos para recuperar otras formas de relacionarse.
“Ha habido un avance desde el primer día que lo hicimos hasta hoy. Hemos visto cómo muchos, muchos, muchos menos están pegados a ese aparato. Y te digo, si alguien ya en su vida cotidiana se acostumbra a sacar el celular para lo que sea, es mucho menos el tiempo que dura, y ya no hablo nomás de la pausa activa, en volverlo a guardar e irse a lo que sigue, y lo que sigue es nuestra vida”, concluyó el director.
