M+.- Alejandro Bolaños Canto llegó de raite a León después de cuatro horas de viaje, con 70 aciertos en el examen anterior y la esperanza de que la UNAM le permitiera conservar el lugar que ya había ganado.
Pero cuando terminó la nueva prueba, alrededor de las 20:00 horas, tuvo que enfrentar otro problema: cómo regresar a Morelia junto con su madre, porque entre los dos no tenían los mil 200 pesos que costaba el autobús.
MILENIO conversó con él y con otros aspirantes que compartieron su testimonio. Alejandro, junto a otros jóvenes, tenía la esperanza de asegurar su lugar en la UNAM y empezar su carrera universitaria.
El examen de control comenzó el miércoles 12 de agosto en León y continuará hoy jueves 13 de agosto en tres turnos, como parte de la nueva evaluación presencial que la Universidad Nacional Autónoma de México determinó aplicar después de detectar irregularidades en el proceso de admisión 2026.
La primera prueba se realizó completamente en línea y, tras analizar sus resultados, una comisión técnica de la Universidad encontró anomalías e indicios de conductas prohibidas, entre ellas uso de teléfonos, apoyo externo y suplantación de identidad; además, la distribución de los puntajes más altos presentó variaciones significativas respecto de años anteriores.
Ante la necesidad de dar certeza y garantizar que los lugares fueran asignados a quienes realmente demostraran los conocimientos requeridos, la UNAM convocó a un examen de control a aspirantes seleccionados y a otros cuyos puntajes alcanzaron los mínimos históricos de ingreso de sus respectivas carreras.
La evaluación presencial se realiza desde ayer y hasta el 19 de agosto en León, Oaxaca, Tijuana y Ciudad de México.
Con la mente en otra cosa
Alejandro llegó este miércoles a la sede del examen con el cansancio del viaje, los nervios de volver a responder una prueba que ya había presentado y una preocupación que nada tenía que ver con los 120 reactivos que debía contestar: el dinero se había terminado en el camino.
Un vecino que tenía asuntos de trabajo en León se ofreció a llevarlos. Salieron de casa a las 6:30 horas y a la hora y media emprendieron el viaje. Llegaron al hotel sede alrededor del mediodía, tres horas antes de que Alejandro entrara a responder el examen para la licenciatura en Literatura Intercultural.
“No me es fácil hacer los exámenes, me cuesta mucho trabajo… me causa mucha ansiedad”, había dicho antes de ingresar.
Su madre permaneció a su lado. Ambos sabían que todavía faltaba la prueba, pero también que, cuando terminara, tendrían que encontrar la manera de volver.
“Está la opción del autobús, pero sí se sale un poco de nuestro presupuesto, ya que serían como mil 200 pesos por los dos”, contó Alejandro mientras miraba a su mamá.
La escena resumió el costo que la repetición del examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México tuvo para cientos de aspirantes: viajes de varias horas, hospedajes, gasolina, casetas, alimentos, cambios de planes familiares y, para algunos, la incertidumbre de volver a jugarse un lugar que creían haber conseguido.
No todos llegaron en las mismas condiciones ni con el mismo presupuesto, pero todos tuvieron que volver a presentarse.
Y esta vez la UNAM blindó el examen: tres filtros antes de entrar, identificación oficial, teléfonos celulares apagados, computadoras sin acceso a internet, 32 trabajadores vigilando una sala y hasta un arco detector de metales para los estudiantes que necesitaban ir al baño.
Todo ello después de que la primera aplicación del examen generara dudas sobre la validez de los resultados, lo que llevó a la Universidad a realizar una nueva evaluación presencial para comprobar los conocimientos de los aspirantes.
Tres filtros antes de sentarse frente a la computadora
Las medidas de seguridad estuvieron presentes desde el primer momento.
Antes de ingresar a la sala, los aspirantes debieron pasar por tres filtros. El primero consistió en corroborar que llevaran impresa la orden de la cita; en el segundo se confirmó la identidad mediante una identificación oficial y, en el tercero, se les pidió apagar sus teléfonos celulares.
Alley Bastida Loaiza, aspirante a la carrera de Geociencias, relató que los controles incluso se extendieron a las visitas al baño.
“Para ir al baño también hay un filtro de metales para evitar esto, de que vayan a sacar el celular en el baño o algún otro dispositivo electrónico”, explicó.
El joven, de 18 años, terminó su examen en aproximadamente una hora y media y aseguró que permaneció concentrado en la prueba, aunque alcanzó a observar a por lo menos dos estudiantes que solicitaron ir al baño y tuvieron que cruzar por el arco detector de metales. En ninguno de los casos el dispositivo emitió una alerta.
Desde el inicio, los aspirantes recibieron la indicación de mantener apagados sus teléfonos. Si alguno sonaba o emitía algún ruido durante la aplicación, el examen podía quedar anulado.
Pero los controles no terminaban ahí.
Las computadoras utilizadas para resolver la prueba estaban bloqueadas y no permitían acceder a navegadores de internet.
“La computadora estaba totalmente bloqueada y no permitía navegar en Google”, señaló Alley.
La sala estuvo vigilada por 32 trabajadores de la Universidad, quienes supervisaron de manera permanente a los estudiantes.
Más de 500 aspirantes volvieron a presentar la prueba
Este miércoles, estudiantes provenientes principalmente de Morelia, Querétaro, Colima, Guanajuato y otros estados acudieron a León para presentar el examen de control de la UNAM.
De los 736 aspirantes que se esperaba que acudieran, finalmente llegaron 501.
Los estudiantes fueron colocados en una sala grande, donde se instalaron mesas con 50 computadoras cada una.
La prueba tuvo una duración máxima de tres horas y cada aspirante debió responder 120 reactivos.
El primer estudiante terminó alrededor de las seis de la tarde y, detrás de él, poco a poco comenzaron a salir los demás.
Este jueves, la aplicación continuará en tres turnos: el primero iniciaría a las 9 de la mañana y el último a las 5 de la tarde.
Para muchos de los jóvenes, sin embargo, la nueva prueba no representó simplemente volver a contestar un examen. Significó volver a poner en juego un proyecto académico y familiar que, después de la primera evaluación, ya consideraban encaminado.
Aprobó el primer examen y su familia se cambió de Guadalajara a Ecatepec
Caín Gabriel Estrada Jiménez terminó su examen preocupado. No sabía si volvería a aprobarlo y la incertidumbre no solo afectaba sus planes personales, sino los de toda su familia.
Después de que aprobó el examen virtual que inicialmente aplicó la UNAM, su familia tomó la decisión de dejar Guadalajara y comenzar una nueva vida en Ecatepec, Estado de México.
Caín aspiraba a ingresar a Historia y, tras el resultado de la primera prueba, ya no tenía contemplada otra opción universitaria.
Ahora tuvo que volver a empezar.
El traslado a León le tomó alrededor de ocho horas y representó un gasto de aproximadamente 4 mil pesos que su familia no había contemplado.
Aun así, consideró que el sacrificio valía la pena.
“Personalmente yo pienso que hice todo lo que pude hacer para mejorar mis posibilidades”, comentó con incertidumbre y temor por el resultado.
“Yo pensé que sería un examen tradicional en hoja”
Ximena Andrade Pantoja, de 18 años, aspirante a Diseño y Arte, encontró pocas dificultades para resolver la nueva prueba porque, según explicó, fue muy similar a la anterior.
La joven tardó casi dos horas en concluirla y dijo que lo que más le sorprendió fue la forma en que se distribuyeron los aspirantes, pues en el lugar que ocupó había estudiantes de distintas carreras.
También esperaba que el examen fuera aplicado de manera tradicional, en papel.
“Yo pensé que sería un examen tradicional”, dijo.
A pesar de la sorpresa, Ximena logró concentrarse y terminó la prueba sin mayores complicaciones.
Un examen que volvió a poner a prueba a quienes ya habían aprobado
Emiliano López Vega, aspirante a la carrera de Tecnologías de la Información y Comunicaciones (TIC), respondió el examen en aproximadamente una hora y media.
Aseguró que, aunque estuvo vigilado durante toda la aplicación, no se sintió nervioso y consideró que las medidas de seguridad eran necesarias.
El joven, originario de Morelia y de 20 años, mostró su inconformidad hacia quienes hicieron trampa durante el examen anterior, pues consideró injusto que los aspirantes que cumplieron con las reglas tuvieran que viajar nuevamente para repetir una prueba que ya habían presentado.
Él tuvo que desplazarse alrededor de tres horas para volver a realizar el examen que, afirmó, ya había aprobado.
“Creo que la mejor manera de comprobar las calificaciones de una persona es presencialmente, porque tristemente en México no somos personas muy honestas, y desde que me dijeron que iban a hacer el examen en línea sabía que iba a haber trampa”.
Para Emiliano, recurrir a herramientas indebidas en una prueba de admisión también refleja la ética de quien aspira a convertirse en profesionista.
María Fernanda: “Yo no hice nada”
María Fernanda Silva Cardona, una joven moreliana de 18 años, aseguró que aprobó el primer examen sin ayuda de inteligencia artificial y sin recurrir a ningún tipo de trampa.
Por ello, llegó a la segunda aplicación con la confianza de poder repetir el resultado.
“Al final de cuentas, yo no hice nada, y solo es volver a repetir un examen que ya había pasado”.
Reconoció que tenía cierto temor por la nueva evaluación, pero también dijo que se quedaría con la satisfacción de haber hecho todo lo que estuvo en sus manos.
Había estudiado durante seis meses y confiaba en su preparación.
Estudió Física mientras esperaba su turno
Emiliano Serna Guerrero, de 19 años, sostenía un libro de Física mientras intentaba estudiar a pesar del ruido del exterior.
Su madre permanecía a su lado para apoyarlo.
Ambos habían viajado desde Querétaro con la esperanza de que Emiliano fuera nuevamente admitido en la carrera de Ciencias de la Tierra.
“He estudiado mucho, me he esforzado, y al final de cuentas tengo que hacer mi mayor esfuerzo para entrar, cueste lo que cueste”, afirmó con una mirada segura y aguerrida.
Ya había sido admitida y no buscó otra universidad
Kelly Dariana Solórzano Cabrera llegó a León con los nervios a flor de piel. Ya había sido admitida en Diseño y Arte y ahora temía que el resultado de la segunda prueba fuera diferente.
La joven de 18 años explicó que, al considerar que ya tenía asegurado un lugar en la UNAM, decidió no pagar la inscripción de otra universidad.
“Ya me habían dicho que ya tenía un lugar aquí (en la UNAM), así que no pagué la inscripción de otra universidad, y ahora me dicen que lo tenemos que volver a hacer”, dijo desconcertada.
Kelly también viajó aproximadamente tres horas desde Morelia hasta León para presentar por segunda ocasión la prueba.
La posibilidad de perder el lugar que ya consideraba suyo aumentó sus nervios y la llevó a mantenerse reservada después de terminar el examen.
Más de 10 mil pesos para volver a intentarlo
Desde Colima viajó Gabriela Bisuet Ramírez, tía de Sofía, una aspirante de 17 años.
La familia había invertido más de 10 mil pesos entre gasolina, casetas, hospedaje y comidas.
A esos gastos se sumaron los anticipos que ya habían entregado para rentar un cuarto en Ciudad de México, donde Sofía tenía previsto vivir para comenzar sus estudios.
La joven había presentado y aprobado el primer examen para ingresar a la carrera de Astrofísica.
“Son 10 mil pesos que no se tenían contemplados, más los anticipos que se dieron (de la renta) allá en Ciudad de México para que ella pudiera irse a estudiar allá”, explicó Gabriela.
Ahora, como ocurrió con cientos de aspirantes, el proyecto familiar quedó nuevamente en suspenso hasta conocer el resultado de la segunda evaluación.
Tres amigos viajaron juntos para ahorrar
Otros estudiantes decidieron organizarse para reducir los gastos del traslado.
Daniel Estrada Miranda y dos amigos viajaron juntos en un automóvil para ahorrar el costo de los boletos de autobús. Los tres fueron citados en la misma fecha, aunque cada uno presentó el examen para una carrera distinta.
Daniel aspiraba a Historia del Arte y confiaba en obtener nuevamente un resultado favorable.
Sin embargo, consideró injusto que los estudiantes que sí cumplieron las reglas tuvieran que asumir los costos derivados de las irregularidades registradas en la primera aplicación.
“Me parece un poco injusto tener que pagar por cosas que no fueron problema mío o de estudiantes que no hicieron el examen de una manera correcta. Me pareció frustrante que tuviera que hacer otra vez el examen por algo que no tuvo que haber pasado”.
Mientras esperaban su turno, los tres amigos aprovecharon el tiempo para estudiar. Sentados en el suelo, repasaron contenidos y se ayudaron mutuamente con la intención de obtener la mejor calificación posible.
Una segunda prueba con un costo que no todos podían asumir
La jornada terminó con cientos de jóvenes abandonando poco a poco la sede, después de pasar hasta tres horas frente a una computadora y responder 120 reactivos bajo una vigilancia reforzada.
Para llegar, algunos viajaron durante horas desde otros estados; otros pagaron gasolina, casetas, hospedaje y comida. Hubo quienes se trasladaron en el automóvil de un vecino, quienes compartieron vehículo con amigos y quienes llegaron acompañados de sus padres o familiares.
También estuvieron los que ya habían comenzado a organizar su vida alrededor de un resultado favorable: familias que cambiaron de ciudad, estudiantes que dejaron de buscar otras universidades y jóvenes que incluso habían apartado habitaciones en Ciudad de México.
La UNAM reforzó la seguridad con filtros de identidad, revisión de teléfonos, computadoras sin acceso a internet, vigilancia permanente y detectores de metales incluso para acudir al baño.
El objetivo fue que esta vez el resultado dependiera únicamente de lo que cada aspirante supiera responder.
Ante las dificultades y la incertidumbre, todos tuvieron que volver a demostrar sus conocimientos.
AH
