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  • “La tragedia terminó, el dolor no”: así viven las familias de las víctimas del derrumbe de la iglesia de la Santa Cruz tres años después

  • Doce personas murieron tras el colapso del techo durante unos bautizos; algunas familias aún enfrentan secuelas económicas y emocionales.
Tres años después del derrumbe de la Santa Cruz, el recuerdo sigue entre las familias. | Archivo Milenio
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M+.- Tres años después, algunas familias ya no quieren hablar de lo ocurrido en la parroquia de la Santa Cruz. No quieren volver a los escombros, a las llamadas sin respuesta ni a las horas de búsqueda en hospitales.

Prefieren una misa.

“Ya solamente le hacemos su misa, pero de ahí en fuera ya no queremos saber nada”, dice Carlos Ruiz, cuya madre, maestra de primaria, murió bajo el techo de la iglesia aquella tarde del 1 de octubre de 2023.

Otros, en cambio, todavía necesitan hablar porque hay imágenes que no han conseguido borrar.

Ese día, durante una ceremonia de bautizos en la parroquia de la Santa Cruz, ubicada en la colonia Unidad Nacional de Ciudad Madero, en el sur de Tamaulipas, una parte del techo colapsó sobre decenas de feligreses.

El derrumbe dejó 12 personas muertas, entre ellas menores de edad, y decenas de lesionados.

Durante horas, familiares, vecinos, voluntarios y cuerpos de emergencia participaron en la búsqueda y rescate de quienes quedaron atrapados entre los escombros.

La tragedia marcó a la ciudad y abrió investigaciones sobre las condiciones estructurales de un templo con más de 50 años de antigüedad.

Roberto Ramírez Padilla recuerda una camilla, una sábana y el movimiento de cabeza de un hombre que participaba en el rescate.

Había llegado a la parroquia buscando a sus amigos. Terminó encontrando muerta a una niña que conocía desde bebé y a quien consideraba su sobrina.

“Son cosas que no me puedo quitar de la cabeza. Yo creo que hasta el día que Dios me lleve de este mundo no se me va a olvidar cómo la encontré”.
Iglesia de la Santa Cruz antes del derrumbe. | Facebook
Iglesia de la Santa Cruz antes del derrumbe. | Facebook

Ese es uno de los saldos que no aparece en los expedientes del derrumbe de la Santa Cruz.

Porque el techo cayó una sola vez, pero sus consecuencias siguen repartidas entre las familias: muertos, lesiones, cirugías, deudas, insomnio, recuerdos y una sensación compartida de que, después de la tragedia, las promesas de ayuda terminaron antes que sus problemas.

Hoy se cumplen tres años.

En la parroquia de la colonia Unidad Nacional de Ciudad Madero no habrá grandes actos. Se contempla una misa a las 07:00 horas para pedir por el eterno descanso de quienes murieron.

Sobre lo demás, hay silencio. Para muchas de las familias es suficiente.

El bautizo al que Roberto no llegó

Roberto Ramírez Padilla debía estar dentro de la Santa Cruz aquella tarde.

Él y su familia habían sido invitados a uno de los bautizos que se celebraban en la parroquia, pero una sospecha de covid hizo que decidieran quedarse en casa.

Horas después recibió una llamada.

Un familiar le preguntó si ya sabía que el techo de la iglesia se había desplomado.

No sabía nada.

Colgó, abrió Facebook y comenzaron a aparecer los videos: personas atrapadas, familiares pidiendo auxilio, ciudadanos solicitando médicos, enfermeras, herramientas, agua.

Roberto sabía que algunos de sus amigos más cercanos estaban ahí. Comenzó a llamarles. Nadie contestó.

Tomó equipo de protección y salió hacia la parroquia acompañado de su esposa. Dejó el vehículo sobre la avenida Madero y avanzó a pie porque los accesos estaban saturados.

No iba solamente a ayudar. Iba a buscar a los suyos.

Entre ellos estaba una niña, hija de una amiga, a la que conocía desde pequeña. Para él era su sobrina.

Le habían enviado una fotografía y sabía cómo iba vestida.

Preguntó en los hospitales. Preguntó entre los rescatistas. Preguntó si alguien la había visto salir.

“Recuerdo la desesperación de no encontrar a mi sobrina”.

En los alrededores se habían improvisado registros con cartulinas donde aparecían nombres de personas hospitalizadas, identificadas y fallecidas.

Roberto recorría las listas esperando encontrar una respuesta distinta.

Hasta que sacaron a una niña. La llevaban sobre una camilla, cubierta.

Roberto observó a uno de los hombres que participaban en las labores y le preguntó.

El hombre negó con la cabeza.

—Es mi sobrina —le dijo.

Pidió verla. Necesitaba comprobar que era ella antes de continuar buscando a los demás. Levantaron ligeramente la sábana.

Era la niña.

La había ido a buscar con vida.

Del rescate a las secuelas: lo que dejó el derrumbe de la Santa Cruz en Ciudad Madero. | Foto: Gobierno de Tamaulipas
Del rescate a las secuelas: lo que dejó el derrumbe de la Santa Cruz en Ciudad Madero. | Foto: Gobierno de Tamaulipas

Ana Victoria tenía siete años

Diana Castillo tampoco necesita que llegue cada primero de octubre para recordar la Santa Cruz.

Treinta y ocho personas de su círculo familiar y de amistades se encontraban aquel domingo en la ceremonia.

Diez murieron.

Entre ellas estaba Ana Victoria, su hija de siete años.

Diana recuerda dos sonidos.

“Solo se escucharon dos estruendos muy cortos: cuando se rompe el techo y cuando cae”.

Eran alrededor de las 14:40 horas.

Lo que debía ser una celebración familiar por varios bautizos terminó convertido en una de las mayores tragedias ocurridas en Ciudad Madero.

La losa de la parroquia se desplomó sobre los asistentes. Decenas de personas quedaron atrapadas y ciudadanos que se encontraban en la zona comenzaron a retirar escombros antes de que el sitio se llenara de bomberos, paramédicos, militares, integrantes de Protección Civil y otras corporaciones.

Doce personas terminaron perdiendo la vida y decenas resultaron heridas.

Para Diana, sin embargo, los números nunca alcanzarán para explicar lo ocurrido.

Ana Victoria tenía siete años. “Era una niña muy inteligente, muy amada por mucha gente”.

Tres años después, Diana dice que la vida continuó porque no había otra opción.

“Uno tiene que avanzar, pero el dolor ahí va a estar. Claro que la vida avanza. Tú ves cómo la vida sigue avanzando, la gente sigue avanzando, pero cada año se conmemora ese día que para nosotros realmente todavía nos sigue doliendo. Mi hija de siete años, toda una vida por delante”.

La ciudad entró a los escombros

Roberto recuerda que, cuando llegó, buena parte del rescate estaba en manos de ciudadanos.

Había personas cargando agua, otras consiguiendo herramientas y algunas entrando entre los restos de la estructura.

Carpinteros improvisaban soportes. Médicos y enfermeras atendían a heridos.

Una psicóloga auxiliaba a familiares que acababan de recibir la noticia de una muerte.

Recuerda incluso a médicos vestidos de gala que, aparentemente procedentes de otro evento, se colocaron sus batas y comenzaron a ayudar.


Ciudad Madero se convirtió durante aquellas primeras horas en una enorme cadena improvisada de auxilio.

Después llegaron las corporaciones de emergencia, elementos del Ejército y de la Guardia Nacional, y el rescate quedó bajo control de las autoridades.

La escena dejó a Roberto una pregunta que todavía considera vigente: ¿qué puede hacer una sociedad mientras llegan quienes están capacitados para enfrentar una emergencia?

Con el tiempo, arquitectos e ingenieros que asesoraron a algunas víctimas les explicaron que incluso la ayuda de buena fe puede convertirse en un riesgo en una estructura colapsada.

Subir sobre una losa, retirar determinadas piezas o modificar el peso puede provocar nuevos movimientos.

“La ciudadanía debe tener los conocimientos necesarios”, sostiene.

Por eso, tres años después, una de sus principales exigencias no es solamente mirar hacia atrás, sino evitar que una tragedia semejante vuelva a encontrar a la población sin preparación.

“Esto puede volver a pasar en algún otro momento”.

Las cuentas que quedaron en las familias

Cuando todavía se removían los escombros, autoridades estatales y municipales anunciaron apoyos para gastos hospitalarios y funerarios.

Diana Castillo asegura que, al menos en su familia, el respaldo prometido nunca se convirtió en una indemnización.

“Realmente no hubo absolutamente nada”.

Su pareja sobrevivió al derrumbe, pero sufrió varias fracturas y permaneció durante aproximadamente dos años sin poder trabajar normalmente.

La familia tuvo que absorber los gastos.

Tan solo dos cirugías, afirma, rebasaron los 200 mil pesos. Calculan que entre atención médica y recuperación desembolsaron entre 300 mil y 500 mil pesos.

“Nadie pagó esos recursos”.

Diana reconoce que recibieron algunos apoyos en especie —una silla de ruedas, muletas, una faja y una despensa— y que el municipio de Altamira colaboró con determinados gastos funerarios.

Pero después, afirma, las familias quedaron solas frente a las secuelas.

“No nos vinieron a buscar, no dieron nada, sabiendo que iba a haber secuelas a lo largo, y hubo mucha gente con secuelas, independientemente de las que murieron”.

Carlos Ruiz cuenta una historia semejante. Su madre murió en el derrumbe.

El municipio de Altamira ayudó con los gastos del funeral, recuerda, pero no existió posteriormente una indemnización.

“No nos indemnizaron, no nos dieron nada, no llegamos a nada”.

Su familia decidió no continuar peleando. Tres años después, intenta no regresar a aquella tarde.

“Ya queremos olvidar eso”.

La Fiscalía cerró el caso, las familias todavía viven con las secuelas. | Archivo Milenio
La Fiscalía cerró el caso, las familias todavía viven con las secuelas. | Archivo Milenio

Buscar justicia también costaba dinero

Diana intentó llevar el caso a los tribunales. Promovió acciones contra la Iglesia y el municipio, pero el camino terminó cerrándose.

Relata que para avanzar por la vía civil necesitaba estudios especializados sobre la estructura de la parroquia y encontrar un perito dispuesto a revisar técnicamente el inmueble.

No fue sencillo.

Un especialista de Ciudad de México le habría solicitado alrededor de 180 mil pesos por los trabajos necesarios.

“Realmente cuando yo investigué con un ingeniero en la Ciudad de México nos iban a cobrar más de ciento ochenta mil”.

El procedimiento no prosperó. También hubo una investigación penal.

La Fiscalía General de Justicia de Tamaulipas determinó finalmente el no ejercicio de la acción penal al concluir que no había delito que perseguir.

La explicación técnica atribuyó el colapso al deterioro acumulado por el paso del tiempo y a factores ambientales como humedad y salinidad.

Un juez respaldó esa determinación.

Para las instituciones, jurídicamente, el caso encontró así un punto final.

Para Roberto, ahí comienza otra diferencia.

“Las grandes tragedias se van olvidando. Lamentablemente, para la autoridad es un expediente más o un caso más”.

Roberto, abogado de profesión, asesoró posteriormente a 15 sobrevivientes.

Asegura que, conforme a la información que conoció durante el proceso, la parroquia tenía más de medio siglo de antigüedad y no existían antecedentes de una inspección de Protección Civil durante ese periodo.

Por eso le preocupa que el derrumbe quede reducido a una ceremonia cada primero de octubre.

“Ya han pasado tres años y hasta la fecha no se ha hecho absolutamente nada”, lamenta.

Lo que queda

Afuera de los expedientes hay otra contabilidad.

Es la de Diana, que recuerda a una niña de siete años.

La de Carlos, que cada aniversario manda hacer una misa por su madre y después prefiere guardar silencio.

Y la de Roberto, que todavía padece insomnio y conserva escenas que regresan cuando cierra los ojos.

Tres años después, el expediente de la Santa Cruz terminó, pero las familias no. | Archivo Milenio
Tres años después, el expediente de la Santa Cruz terminó, pero las familias no. | Archivo Milenio

Recuerda también a un adulto mayor localizado junto a un niño de apenas uno o dos años. De acuerdo con la información que posteriormente conoció en la carpeta de investigación, el hombre habría intentado proteger al pequeño abrazándolo con su cuerpo.

Recuerda los nombres escritos en cartulinas.

Los familiares preguntando en hospitales.

Los cuerpos llevados temporalmente a un área de la parroquia.

Y aquella camilla.

Tres años han pasado desde que el techo de la Santa Cruz cayó sobre quienes habían acudido a celebrar un bautizo.

El concreto fue retirado hace mucho. Los expedientes encontraron una conclusión.

La ciudad continuó.

Pero algunas familias todavía pagan las consecuencias y otras decidieron que la única manera de seguir adelante era dejar de preguntar qué pasó.

Por eso, este primero de octubre, mientras en la parroquia se celebre una misa por quienes murieron, habrá quienes vuelvan a aquella tarde aunque no quieran hacerlo.

Roberto será uno de ellos.

Porque para él la tragedia de la Santa Cruz no terminó cuando encontró a su sobrina.

Tampoco cuando salió la última persona de entre los escombros.

Ni cuando la Fiscalía cerró la investigación.

Terminó el rescate. Terminó el proceso penal.

Lo que no ha terminado es el recuerdo.

“Va a quedar grabado en la historia de mi ciudad, en la historia de Madero. En cuestión legal quedó un carpetazo, pero en la cuestión emocional es algo que no se va a olvidar”.

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Cristina Gómez
  • Cristina Gómez
  • Con más de tres décadas en el periodismo, escribir es mi pasión. Buscadora de verdades ocultas, de convertir cifras en relatos y de tejer reportajes que dejen huella en la memoria colectiva, porque todo dato encierra un rostro, una vida, una historia. Orgullosamente panuquense y tampiqueña por adopción.
Sergio Sánchez
  • Sergio Sánchez
  • Periodista de información general y deportes. Escribe historias de personajes de la ciudad y crónicas deportivas. Maderense de nacimiento, pero tampiqueño de corazón.
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