DOMINGA.– En la comunidad menonita de La Honda, Zacatecas, la salud pública no llegó como suele hacerlo: no hubo campañas masivas ni filas interminables, no hubo altavoces. Hubo conversaciones breves en patios de tierra y parcelas. Hubo pausas. Hubo regresos. Y también algo inusual: personal médico subido en las camionetas de los jefes de campo para poder vacunar o difundir la importancia de la vacuna contra el sarampión.
En esta historia ocurrió lo impensable. Los menonitas, una comunidad religiosa conocida por su distancia con el mundo exterior y por su histórica desconfianza hacia las vacunas o la medicina o la ciencia, se vacunaron. No pocos: siete de cada diez. Lo hicieron luego del nuevo brote de sarampión. Su transmisión endémica había sido declarada como eliminada, pero reapareció en México en febrero de 2025. Desde entonces, se han acumulado 13 mil 408 casos confirmados, de acuerdo con el Informe Diario de la Secretaría de Salud.
Es 20 de febrero de 2025. La Honda está asentada en el municipio de Miguel Auza, al norte de Zacatecas. Aquí viven unas cinco mil personas, en su mayoría dedicadas a la agricultura, la ganadería y la producción artesanal de lácteos. Los hombres visten overoles y camisas a cuadros. Las mujeres llevan vestidos largos, confeccionados por ellas mismas, y pañoletas que cubren su cabello. El lugar parece suspendido en el tiempo. Pero el silencio se rompe con el paso de tractores y el murmullo del viento sobre los sembradíos.
La cifra –siete de cada de diez vacunados– podría parecer técnica, pero tiene un peso simbólico enorme. Durante años, en varias colonias menonitas del norte de México, las tasas de vacunación apenas alcanzaban el 30%. La resistencia no nacía necesariamente de una ideología antivacunas. Nacía de algo más profundo: autonomía, tradición y desconfianza hacia las autoridades externas. Por eso, lo que ocurrió en La Honda fue distinto. Las puertas, que rara vez se abren a extraños, se abrieron. Incluso cuando los que llegaban, lo hacían con jeringas y venían de la salud pública.
En las comunidades menonitas no se toca la puerta: se toca el claxon. La Honda se extiende en unas 17 mil hectáreas. Cerca de mil 300 familias viven dispersas entre parcelas de maíz, caminos de tierra y establos lecheros. Entre una casa y otra hay minutos de distancia, perros que no distinguen visitantes de amenazas y una regla tácita: no acercarse demasiado si no se le ha convocado.
Por eso, cuando las brigadas de vacunación llegaron en la primavera de 2025, no tocaron timbres. Esperaron dentro de las camionetas de los propios líderes, que se convirtieron en traductores, guías y choferes del personal médico. Sabían que las bajas tasas de vacunación eran una combinación explosiva frente a un virus tan contagioso como el sarampión. Un jefe de campo hacía sonar el claxon. Segundos después, alguien salía. Así comenzaba la conversación.
El médico Abraham Ramírez Cuéllar, director del Centro de Salud del Campo 15, del programa IMSS-Bienestar, entendió algo desde el principio. No se trataba de convencerlos desde afuera. Se trataba de adaptarse. “Ellos no se iban a adaptar a nosotros. Nosotros teníamos que hacerlo con ellos. Si nos rechazaban una vacuna, regresábamos. Y luego volvíamos a regresar. Poco a poco, las cartillas comenzaron a llenarse ”.
El día que apareció el sarampión en La Honda
El virus llegó en silencio a La Honda. Era el 19 de abril de 2025. Era sábado de Gloria. Ese día se detectó el primer caso sospechoso en el turno de fin de semana, en el Centro de Salud del Campo 15, dentro de la propia comunidad. Horas después, la alerta ya estaba activada. “Ese mismo día iniciamos el protocolo”, recuerda la doctora Maday Carolina Yáñez, supervisora médica regional. “Avisamos a las autoridades estatales y comenzamos el rastreo”.
Sabían lo que podía pasar. En una comunidad con baja cobertura de vacunación, el sarampión no avanza: se multiplica. También sabían que tenían poco tiempo. Y que sus únicos aliados reales eran los jefes de campo. Ellos eran la llave. La única capaz de abrir las puertas de mil 300 casas. Por eso fueron primero con ellos, porque en La Honda todos saben quién manda en cada campo. Les explicaron la urgencia. El riesgo.
El brote duró dos meses. El último caso se detectó el 16 de junio. En total hubo once contagios en la colonia. Pero el virus no se desbordó.
Entre esos casos estuvo el de Sara Dyck. Tenía 35 años cuando el sarampión llegó a casa y estaba embarazada de cuatro meses. Primero aparecieron unas manchas rojas en la cara. No picaban. No dolían. Fue su esposo quien lo notó.
—Oye, ¿por qué estás tan roja? —preguntó.
Sara acudió al centro de salud para descartar una alergia. A las 48 horas, el diagnóstico se confirmó: sarampión. El miedo fue inmediato. Dos años antes había perdido un embarazo. No quería perder a este también. Durante dos semanas Sara permaneció en aislamiento. Los médicos activaron un seguimiento especial, la visitaban en casa para revisar el latido del bebé. Cada visita traía un pequeño alivio para Sara y su familia. El corazón seguía latiendo. Meses después nació Susy. Sana. Se convirtió en la quinta hermana de la familia Dyck.
La contención tenía que ser inmediata. El sarampión no tiene tratamiento específico. La única barrera real es una cobertura de vacunación cercana al 95%. El virus había seguido una ruta conocida. Primero apareció en el oeste de Texas, en enero de 2025. Después cruzó a Cuauhtémoc, Chihuahua –la comunidad menonita más grande de México, con unos 50 mil habitantes– y, desde ahí, avanzó por redes de comercio y vínculos familiares hasta Zacatecas.
En febrero de ese mismo año, las autoridades de Chihuahua confirmaron un caso importado: un niño no vacunado que había viajado con su familia a Estados Unidos. Para entonces, la alerta ya estaba encendida.
Fue en 2016 cuando el continente americano había sido declarado libre de sarampión. Fue la primera región del mundo en lograrlo. Pero el virus había vuelto. Y es uno de los más contagiosos: una persona infectada puede contagiar a nueve de cada diez no vacunadas, de acuerdo con el los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EUA. Además, puede causar complicaciones graves, como ceguera, neumonía o encefalitis (inflamación del cerebro) e incluso volverse mortal, especialmente en niños menores de cinco años.
Frente a ese escenario el doctor Ramírez Cuéllar cambió la estrategia: no ir casa por casa como en las campañas tradicionales de vacunación, sino hablar con quienes realmente tienen autoridad. La reunión con los líderes de los campos Peter Thiessen Wiebe y Johan Wiens Enns ocurrió pocos días después del primer caso. Escucharon. Entendieron. Y aceptaron ayudar.
Ellos convocaron al resto: Juan Penner Braun, Johan Penner Neufeld, Jakob Wiebe, entre otros. La respuesta no fue unánime pero sí suficiente.
—Cada jefe llevó a los vacunadores a las casas de su campo —recuerda Wiens—. En tres días hicimos el primer recorrido.
El mensaje era claro: si el líder confiaba, la comunidad escuchaba. Esa decisión cambió el curso del brote. En Zacatecas, el 2025 cerró con apenas 22 casos confirmados de sarampión. En Chihuahua, donde comenzó, la cifra superó los 4 mil 400 contagios. Si garantizas que tu población esté vacunada, reduces muchísimo la posibilidad de propagación.
“Sí puedes, dale fuerza a otras mujeres”
Cuando Ramírez Cuéllar llegó a la comunidad menonita, hace cinco años, el Centro de Salud del Campo 15 apenas atendía cinco consultas al día. El personal médico era recibido con recelo. Muchos consideraban que la medicina privada era mejor y preferían pagar por atención fuera del sistema público. Otros optaban por atenderse dentro de su propia comunidad. La desconfianza era la norma. Hoy el centro atiende unos treinta pacientes diarios. La diferencia no la hicieron los discursos. Fue la presencia. Las visitas a domicilio para atender a los adultos mayores. Las consultas sin prisa. Las enfermeras que dejan el papeleo para el final del turno con tal de no hacer esperar a los pacientes. La confianza no llegó de golpe.
Las jornadas agrícolas de la comunidad son largas y exigentes. Los tiempos para comer son muy breves y son los mismos que ocupan para las consultas. El personal médico aprendió rápido que la burocracia podía esperar. La salud, no.
También aprendieron a comunicarse. Nayeli Fraire Peña, jefa de enfermeras, comenzó a pronunciar frases básicas en plautdietsch, el dialecto menonita conocido como alemán bajo: un saludo, una pregunta por el nombre o la edad, un “¿cómo se siente?”. Ese pequeño esfuerzo abrió puertas.
María Boldt encarna ese cambio. Tiene 35 años y es una de las pocas mujeres menonitas que habla español. En La Honda, la mayoría de las hijas, madres, esposas o hermanas no lo hace y depende de sus esposos para traducir sus padecimientos. Hoy es tesorera del programa La Clínica es Nuestra, que ayudó a equipar el centro de salud. Ahora hay un ultrasonido. Antes, las mujeres tenían que hacer viajes hasta de una hora y media a Juan Aldama o Fresnillo para sus controles prenatales.
Cuando le ofrecieron el cargo, dudó.
—Mi esposo me dijo: “sí puedes, dale fuerza a otras mujeres”.
Ahora ella tiene otro sueño.
—Algún día quiero dar conferencias para animar a las mujeres a aprender español y no quedarse calladas cuando están enfermas.
María lo sabe bien. Padece endometriosis profunda infiltrante. Ha pasado por más de veinte cirugías. Durante años, muchos dudaron de su intenso dolor. Pero el idioma le permitió buscar ayuda, entender diagnósticos y defender su tratamiento. Hoy también es un puente.
En La Honda, los médicos aprendieron algo esencial. La salud pública no siempre entra por la puerta principal. A veces llega por caminos de tierra. En camionetas prestadas. Acompañada por líderes comunitarios. La confianza, como una cobertura de vacunación, se construye dosis por dosis. Y hay una señal sencilla de que algo está cambiando. “Cuando nos traen galletitas, pan casero y queso”, dice la jefa de enfermeras, Nayeli, “sabemos que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Es su manera de decir gracias”.
*Los padres de los niños menonitas retratados autorizan la reproducción de las fotos.
GSC/LHM