Con los ojos llorosos, voz titubeante y todavía con temor de hablar de lo que vivió, Vianey Martínez López, quien se dedicaba a realizar excursiones de manera anual a diferentes playas, dice aún con miedo: “Vi la muerte frente a mis ojos”.
Ella fue quien organizó la excursión en la que viajaron 95 personas de Jaral del Progreso, con destino a Manzanillo, y que fueron interceptados por integrantes del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Tras obligarlos a bajar de los dos autobuses, las unidades fueron incendiadas en cuestión de segundos.
MILENIO recogió el testimonio de Vianey, una de las afectadas por el llamado “domingo negro”, cuyos alcances y consecuencias aún no terminan de dimensionarse.
En el mes de diciembre, como cada año, inició el plan de viaje. Al no conocer las playas de Manzanillo, Colima, eligieron este destino. El itinerario incluía viajar la madrugada del sábado 21 de febrero; la estadía sería de cuatro días y regresarían a casa el miércoles 25.
Los días se cumplieron fuera de casa, pero no conocieron ni la playa ni, mucho menos, Manzanillo.
Hombres armados les cerraron el paso en Jalisco
En su cruce por Jalisco, apenas llevaban cinco horas de viaje y aún les faltaban tres para llegar a la playa, cuando varias camionetas les cerraron el paso a los dos autobuses. De ellas descendieron varios hombres con armas largas, quienes subieron a las unidades y, entre gritos, obligaron a los pasajeros a bajar.
Vianey Martínez recuerda que los hombres vestían de negro, estaban encapuchados y cada uno portaba un arma de alto poder.
“Bájense, hijos de la chingada, si no se los va a llevar…”, es la frase que Vianey repite, como si lo estuviera viviendo nuevamente. Ni siquiera puede terminar la frase con solo recordarlo.
En el incendio del autobús les quemaron todo
“Nada más nos bajaron y quemaron los autobuses, nuestras maletas, el dinero, todo. Nos bajamos así, así como me ven. Bueno, con otra ropa, pues”, recuerda Vianey, mientras se frota las manos.
En su autobús viajaban tres mujeres embarazadas y dos con bebés recién nacidos, además de 18 menores de edad. Dice que mientras los hombres armados gritaban, ella pensaba en ellos:
“Pensaba en los niños, en las embarazadas… que no les fueran a hacer nada”.
Aclara con insistencia que no hubo golpes ni secuestro, aunque en redes sociales circularan versiones distintas:
“¡No, no, no! No, nada de eso ha pasado. No, no nos golpearon, no nos amenazaron. Por ahí una señora dijo que nos secuestraron; no nos secuestraron. Nada más nos bajaron y quemaron los autobuses”.
Recuerda que el fuego comenzó casi de inmediato. El sonido del metal y el olor a gasolina se mezclaron con los llantos. No pudieron rescatar nada. Todo quedó dentro.
Después de ver cómo se consumieron las dos unidades, no tuvieron opciones de traslado, por lo que las 95 personas tuvieron que caminar hasta encontrar apoyo y así trasladarse a Ciudad Guzmán.
Llegaron a la central camionera todavía en shock. Algunos niños lloraban en silencio; otros preguntaban qué había pasado con sus maletas. Los adultos mayores apenas hablaban.
“Estamos bien todos y creo que Dios nos ayudó a llegar acá y pues no necesitamos nada. Todos estamos bien, nos dieron comida, los autobuses, todo este… estamos bien”, dice.
Los días de playa se convirtieron en encierro
En la central camionera permanecieron las primeras horas. No sabían si podrían regresar de inmediato. Afuera, la información hablaba de más incidentes en distintos puntos. La decisión fue resguardarlos.
A través de contactos de su comunidad, lograron que un sacerdote en Ciudad Guzmán los auxiliara y los trasladara a un templo, donde pasaron los primeros dos días.
Les dieron comida y cobijas, pero dormían en el suelo. Las bancas no eran suficientes. Los niños se recostaban sobre chamarras; los adultos mayores buscaban una pared para apoyarse.
El miedo no desapareció cuando dejaron la carretera. Se instaló en el silencio de la noche dentro del templo, en el murmullo de quienes intentaban llamar a sus familias, en la preocupación por no saber cuándo podrían volver.
De un templo a la Casa del Migrante
Después de los primeros días resguardados entre bancas y cobijas extendidas sobre el piso, el grupo fue trasladado a una Casa del Migrante en Ciudad Guzmán.
No había lujo ni comodidad plena, pero sí un poco más de orden para casi cien personas que habían salido de casa con traje de baño en la maleta y ahora no tenían ni una muda extra.
Durmieron en colchonetas delgadas, con cobijas prestadas y ropa donada por personas que se enteraron de lo ocurrido. Voluntarios llevaban comida caliente, bebidas y artículos de higiene básica.
Vianey recuerda que dormían poco. Algunos niños despertaban por la noche. Los adultos mayores hablaban en voz baja. Las mujeres con bebés trataban de mantener rutinas. La incertidumbre persistía: cuándo y cómo regresarían.
Pidieron volver a casa con la luz del día
La decisión de volver se tomó cuando las autoridades garantizaron que el trayecto sería seguro y que viajarían de día.
“Por seguridad de todos”, dijo Vianey con firmeza.
Desde la Casa del Migrante partieron escoltados por un convoy de la Guardia Nacional, Policía Estatal y corporaciones municipales.
“Ya veníamos más tranquilos… ya veníamos acompañados”, recuerda.
Dentro del autobús, el ambiente era distinto. Nadie hablaba de playas ni de hoteles. Las conversaciones eran cortas. Algunos miraban por la ventana contando los kilómetros de regreso.
El regreso a casa: globos, flores y abrazos
Cuando finalmente entraron a la comunidad de Victoria, en Jaral del Progreso, la escena cambió. Aplausos, globos de colores, flores en manos de madres que no habían dormido bien en días.
Nadie descendió con maletas ni hieleras. Solo personas que regresaban con la misma ropa con la que habían salido.
“Estamos bien todos y creo que Dios nos ayudó a llegar acá”, repitió Vianey.
Los abrazos fueron largos. Algunos lloraban en silencio. Otros repetían “gracias a Dios”.
El miedo que cerró una etapa
También estaba la otra parte: el dinero perdido, las pertenencias reducidas a cenizas, los documentos quemados. Sin embargo, nadie reclamó.
“Lo material como quiera… lo importante es que nosotros ya estamos bien, sanos y salvos”, dice.
Durante más de cinco años organizó excursiones para su comunidad. Hoy esa etapa se cierra.
“Yo, por seguridad más que nada, yo estoy muy asustada y todo… y si me van a disculpar, pero yo no puedo”, afirma cuando se le pregunta si volverá a organizar viajes. “Por seguridad de mi familia y de todos los que fuimos”.
Lo ocurrido en una carretera de Jalisco impactó a una comunidad completa en Guanajuato. Noventa y cinco personas vieron cómo sus vacaciones se convirtieron en humo, pero regresaron con vida. En Victoria, entre globos y flores, quedó claro que la pérdida material no pesa más que la vida.
AH
