M+.- En las últimas semanas, los avistamientos de tigres y monos araña en la vía pública han conmocionado al Área Metropolitana de Guadalajara. Detrás de cada animal que deambula perdido entre calles y avenidas hay una historia de tráfico ilegal, maltrato sistémico y un negocio que antepone el estatus al sufrimiento.
Ocurrió de nuevo: un tigre paseando tranquilamente por una calle residencial; un mono araña trepando cables de luz como si fueran lianas de la selva. Las cámaras de celular capturan el momento, las redes sociales explotan y el asombro dura unas horas.
Luego, el animal es capturado —si hay suerte— y la historia se diluye hasta el próximo avistamiento.
En fechas recientes, las redes sociales operan como un arma de doble filo. Por un lado, han permitido visibilizar la tragedia; por otro, se han convertido en el mercado favorito de los traficantes.
Si bien plataformas como Meta han firmado acuerdos con autoridades federales para bloquear la venta ilegal de animales, el verdadero problema se esconde en los rincones digitales más oscuros: grupos cerrados de WhatsApp y Telegram, donde la confidencialidad impide cualquier revisión.
La crueldad que no se ve
Pero lo que las imágenes en redes sociales no muestran es el cruel viaje de los animales. No muestran a la madre mono recibiendo un disparo en la sierra para arrancarle a su cría.
No muestran al cachorro de tigre separado de su entorno antes del destete, condenado a una vida de rejas y mala alimentación. No muestran al animal adulto que ya no es “bonito” porque pesa 300 kilos, porque ruge, su excremento ya no es de 200 gramos, sino dos kilos, y porque ahora representa un problema.
Y, sobre todo, las imágenes no muestran que estos animales no deberían estar ahí.
El problema no es nuevo, ahora es más visible
Luis Alberto Cayo Cervantes, director de la Universidad Copes Salud Animal Municipal de Tlajomulco, lo dice con claridad:
“Siempre ha existido, siempre ha estado. Se ve en aumento porque hay más alcance con las redes sociales. Es la misma cantidad; desafortunadamente no se puede ver un decremento en el número de reportes, al contrario, sí van aumentando”.
La visibilidad, explica, es un arma de doble filo. Por un lado, permite que la ciudadanía reporte y que los especialistas actúen; por otro, normaliza lo anormal: un tigre en un patio trasero, un mono con pañal, un humano creyendo que puede domesticar lo indomable.
Yamile Lotfe, directora de Protección Animal en Zapopan, respalda esta visión con números contundentes:
“Al día de hoy, te puedo decir que tenemos en existencia 33 monos araña con nosotros, de los que han llegado en los últimos meses, y tenemos cinco grandes felinos”, menciona.
Redes sociales: ¿aliadas o cómplices?
Las plataformas digitales han transformado el problema en ambas direcciones. Por un lado, permiten denunciar y visibilizar; por otro, se han convertido en el mercado favorito de los traficantes.
“Se firmó hace un poquito un convenio con Meta y las autoridades federales para el tema de bloquear venta de animales en redes sociales —revela Cayo Cervantes—. Pero con el caso de WhatsApp, grupos cerrados, y Telegram, que también son súper cerrados, no puede meterse nadie a revisar qué está pasando por el hecho de la confidencialidad”.
El vacío legal en las plataformas de mensajería privada es un refugio para el tráfico ilegal.
Mientras tanto, los influencers —señala Lotfe con preocupación— “tienen estos animales como mascotas en su casa y los presumen. Hace que mucha gente quiera tenerlos también, porque creen que entonces con eso van a tener millones de likes, millones de seguidores”.
Ambos expertos coinciden en algo fundamental: las leyes existen, pero la verdadera solución es cultural. No se trata solo de castigar, sino de prevenir, educar y transformar la fascinación por lo exótico en respeto por lo salvaje.
“Hacemos hincapié —señala Cayo Cervantes—: ¿quieres una mascota? Adopta un perro o un gato”.
Puede sonar simple, pero encierra una verdad profunda: ningún humano puede satisfacer las necesidades de un animal que, por naturaleza, necesita selva, manada, kilómetros para recorrer y una vida que no cabe en un patio trasero.
“Pedimos, sobre todo, a estas personas, que tomen conciencia de la influencia que tienen ante quienes los siguen; que entiendan que lo que están haciendo es ilegal y que están fomentando que cada día haya más animales en jaulas y menos en la naturaleza”, manifiesta.
“Que puedan cambiar la mentalidad de muchas personas y principalmente llegar a los niños, que son las futuras generaciones. Este niño ya sabe, debe nacer y crecer sabiendo que nunca debe tener un tigre en cautiverio”, agrega Cayo.
Cada avistamiento de un animal exótico en la ciudad es un síntoma. Una herida abierta. Un recordatorio de que, detrás de la moda de tener una “mascota diferente”, hay un sistema de sufrimiento que abarca desde el disparo en la selva hasta la jaula en un patio, desde el cachorro tierno hasta el adulto abandonado.
“Acabamos de perder una aguililla, un caracara precisamente —cuenta Cayo Cervantes—, porque le dispararon y cayó en el Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias. Tenía tres impactos en el cuerpo”.
No era un animal exótico. Era un ave silvestre, víctima de la misma indiferencia, el mismo desconocimiento y la misma violencia cotidiana que condena a miles de animales cada año.
Los tigres y monos en los videos no son celebridades fugaces. Son sobrevivientes de un sistema que los trata como objetos. Y mientras se sigan viendo como entretenimiento, en lugar de reconocerlos como víctimas, el ciclo de crueldad no terminará.
El precio de un capricho
“Un tigre, hablando de color nominal, amarillo, naranja, como lo conocemos, pues a lo mejor un cachorro se puede conseguir desde los 35 hasta los 50 mil pesos”, señala Cayo y compara: “un teléfono de gama alta cuesta más. Un perro de raza, a veces igual”.
El problema no es el precio de entrada, sino lo que viene después. Porque ese cachorro de pocos kilos y mirada tierna se convertirá, en pocos años, en un animal que puede alcanzar los 300 kilos y requiere una dieta equivalente al cuatro por ciento de su peso corporal diario. Eso significa, para un tigre adulto, entre ocho y 12 kilos de carne al día.
“El alimento va a variar mucho —explica Cayo Cervantes—. Puede ser desde uno hasta 7 por ciento de su peso corporal, dependiendo de la época del año y la actividad. Una dieta de mantenimiento puede ser de 4 por ciento de su peso corporal diario”.
Pero la mayoría de los compradores ilegales no contempla estos costos. Tampoco el espacio mínimo que requieren para vivir. Un tigre necesita al menos mil 200 metros cuadrados para mantenerse en condiciones adecuadas.
“Realmente sí puedes disfrutar un ejemplar, a lo mejor, los primeros años —admite Cayo Cervantes—. Y posterior, eso va a ser potencialmente peligroso y el animal pierde este sentido y termina siendo, pues, un accesorio”.
La transición es predecible y cruel. El animal crece. El macho empieza a marcar territorio con orina. Empieza a rugir —a “vocalizar”, en el lenguaje técnico—. El vecino se queja. El excremento deja de ser manejable: kilo y medio, dos kilos al día. El olor se vuelve insoportable.
“Ahí es donde dejan de ser bonitos —describe Cayo Cervantes con crudeza— y ya se convierten, ahora sí, en algo obsoleto, y los dejan en el olvido. Y es donde puede haber un problema, porque el animal ya no está del todo sano mentalmente y puede detonar alguna agresión”.
Yamile Lotfe confirma desde su experiencia: “Cuando nos llegan animales grandes, estoy hablando de dos o tres años, ya traen en su mayoría problemas renales y hepáticos por la mala alimentación que se les ha dado”.
No es sólo un problema de comportamiento: es un problema médico, crónico y muchas veces irreversible.
El crimen detrás del mono araña
Si la situación de los tigres es grave, la de los monos araña es devastadora. Cayo Cervantes lo explica con una honestidad dolorosa.
“Para poder adquirir un mono tienen que matar a la madre para poder sacar al cachorro, al monito. Entonces, imagínate tener que llegar a la selva de México, donde viven de manera natural, donde están muy cómodos, dispararles para que caiga y sobreviva el monito pequeñito, arrancárselo para poderlo traficar”.
No hay forma legal de tener un mono araña en México. No existe. Cada mono que llega a una casa como “mascota” es, por definición, producto de un delito federal. Y cada uno de esos monos carga con el peso de una orfandad violenta.
Pero hay más. Los monos no son adorables juguetes vivientes. Son piezas clave del ecosistema.
“El mono cumple una función de dispersor de semillas —insiste Cayo— y son los que modelan las selvas de México. Traerlos para acá no es nada padre. O sea, traerlos a la zona urbana para tener un mono como hijo, ponerle pañal y ropa, pues es un tema de maltrato”.
Lotfe añade una capa de dolor adicional: “Estos animalitos tienen la inteligencia de un niño de seis años. Entonces, lo que tú estás haciendo es un secuestro, literal. Y es transformarle la vida a un animal que necesita estar con los de su especie”.
Un niño de seis años separado de su madre por la violencia, encerrado en una casa, vestido con ropa y alimentado de forma incorrecta. Esa es la realidad detrás de cada video de “mono travieso” que se vuelve viral.
El espejismo de la legalidad
Sí existe una forma legal de tener animales exóticos, pero no es lo que la mayoría imagina.
“De manera legal se puede conseguir, por ejemplo, un león, se puede conseguir un tigre, se puede conseguir un jaguar, pitones, serpientes. Todos van a estar registrados ante Semarnat, todos van a tener una tasa de aprovechamiento”, relata Cayo.
La clave está en los pasos previos. No se compra un animal exótico como quien compra un electrodoméstico.
“Tienes que tener previo el registro autorizado ante la Semarnat de un predio con instalaciones que manejan vida silvestre, aprobado por ellos para poderlo adquirir”.
Cuando un animal exótico aparece en la calle, el peligro inmediato es evidente: puede atacar. Pero hay amenazas más silenciosas y cotidianas.
“Todos los animales que tienen dientes pueden morder —alerta Lotfe—. Los grandes felinos tienen garras, son mucho más ágiles que nosotros y su mordida te va a destrozar. Así sea un cachorro, te puede hacer lesiones muy graves, en las que incluso podrías perder un miembro de tu cuerpo”.
Pero el riesgo no es sólo físico. Cayo Cervantes explica el peligro sanitario, rara vez mencionado.
“Un cocodrilo tiene salmonella dentro de su organismo de manera natural. Entonces tú lo agarras, luego vas, le tomas a un refresco y ya te vas a infectar de salmonella y luego vas para el hospital”.
Y con los primates, la zoonosis es bidireccional.
“Todas las enfermedades que tenga el primate se las va a contagiar a las personas y todas las enfermedades que tengan las personas se las van a contagiar al mono”.
De hecho, los rescatistas han encontrado monos infestados de liendres y piojos, lo que revela que las familias que los mantenían también estaban infestadas.
Leyes que existen, pero no se aplican
La Ley General de Vida Silvestre es, en palabras de Cayo Cervantes, “muy buena, realmente es muy explícita, es muy clara”.
Sin embargo, por tráfico y tenencia ilegal se puede recibir una condena de seis a nueve años de cárcel o multas de hasta seis millones de pesos.
“El problema muchas veces es que no se sabe que el animal está ahí hasta que se escapa”, admite Cayo Cervantes.
La autoridad no puede actuar sobre lo que desconoce. Y cuando actúa, el proceso judicial puede ser eterno.
“El animal tiene que quedar como evidencia —explica Cayo—. Y es donde el animal ya no la pasa tan bien, o incluso puede morir mientras el proceso legal sigue abierto”.
Los amparos pueden prolongar el resguardo hasta por 10 años, con el animal atrapado en un limbo jurídico que nada tiene que ver con su bienestar.
JVO
