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  • Los adolescentes sin celular. Se están perdiendo de los memes pero no de sus amigos

Restringir el celular de niños y jóvenes implica lidiar con la presión social | Especial

Manuel, Inés y Jimena forman parte de una minoría que crece sin acceso a las redes sociales en el celular. Aquí cuentan cómo han vivido la decisión de sus padres de retrasar su entrada al mundo digital.

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DOMINGA.– A Manuel no le dieron un celular propio. Cuando entró a sexto de primaria, casi todos sus compañeros ya tenían uno. Él no. El problema no era que no pudiera jugar o ver videos sino perderse de los planes fuera de la escuela que se organizaban por WhatsApp. Hubo varios lunes en los que se enteró que sus amigos se habían reunido sin él. “¿Por qué no fuiste el viernes?”. En casa empezó entonces una negociación. 

Hace un año le dieron acceso a uno, entrando justo a segundo de secundaria. No lo lleva a la escuela, lo utiliza una hora al día y por las noches se queda cargando en el cuarto de sus padres. Es parte del acuerdo familiar.

A Inés le pasa seguido que está hablando con alguna amiga y, de pronto, ésta baja la mirada para revisar sus redes sociales y se pierde un buen rato en la pantalla. “Yo me quedo como de ¿qué onda?”. Esa experiencia, dice, la ha empujado a desarrollar cierta habilidad para “pensar qué hacer”, socializar o distraerse en algo más mientras ocurre esa incomodidad. En casa, sus papás también le dosifican el tiempo: entre semana puede usarlo una hora al día; los viernes y los fines de semana, hora y media.

A Jimena hace poco le dieron el celular y abrió su WhatsApp. Pero no tiene Instagram, Snapchat ni TikTok. A veces no sabe lo que hablan sus amigas cuando platican de algún video que se hizo viral. “Comentan de videos famosos en TikTok”. Cuando empiezan a mirar sus redes sociales durante una reunión, a veces termina asomándose al teléfono de alguna. Pero otras veces intenta mover al grupo hacia otra actividad: juegos de mesa, cocinar, ver una película o simplemente platicar.


Manuel, Jimena e Inés tuvieron una infancia sin smartphones hasta que cumplieron los catorce años, y ahora tienen acceso restringido a las redes sociales. No fue un castigo sino la decisión de sus familias de esperar un poco más. La espera, desde luego, ha tenido sus costos: ha implicado incomodidad, planes que a veces se pierden y una negociación que parece no terminar.

Por lo pronto en México, a nivel federal, a partir del 3 de noviembre, las escuelas de nivel preescolar, primaria y secundaria de todo el país deberán limitar el uso de celulares durante la jornada escolar. Una implementación oficial en busca de fortalecer el aprendizaje y evitar el uso indiscriminado de las pantallas entre niños y adolescentes. En una consulta (Consulta Nacional sobre el Uso y Regulación de Dispositivos Digitales en Educación Básica) a más de 500 mil maestros, cuatro de cada diez dijo que los celulares dificultan mantener la atención de los estudiantes.

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México se unió a la conversación impulsada por Australia en 2025: la restricción del uso de redes sociales y celulares en niños y niñas | Especial

¿Qué pasa cuando no tienes celular?

En Monterrey, en un principio sus padres seguían sin querer darle un smartphone pero Manuel insistía en que necesitaba alguna forma de comunicarse. Hacia el final de sexto grado, con doce años, le permitieron usar WhatsApp pero en un teléfono que se quedaría en casa. Manuel podía revisar mensajes, responder y ponerse de acuerdo con sus amigos en ciertos momentos del día. Pero nada más.

Pilar, su mamá, le preguntaba: “¿Cuánto tiempo necesitas?”. “Diez minutos”, decía él. Revisaba los mensajes y lo devolvía.

Al empezar secundaria buscaron soluciones intermedias para tener cómo comunicarse cuando salía con sus amigos. Durante un tiempo le dieron un Nokia “de los viejitos”. Pero la experiencia no siempre fue cómoda: “Cada vez que alguien me marcaba sonaba un ringtone supermalo y sólo tenía tres opciones diferentes”.

Manuel prefería pedir el celular a sus amigos cuando tenía que llamar a su mamá. Y en la escuela, pedía el teléfono de la oficina para avisar cuando se quedaba después de clases. “Luego se me olvidaba algo en mi casa y le tenía que llamar. A veces ya no me querían prestar el de la oficina”. Esas experiencias, dice, lo acostumbraron a tener que pensar en otras alternativas

La decisión no era un no autoritario ni simplemente prohibirle tener un smartphone: Pilar y su esposo le mostraban artículos, documentales y conferencias sobre el uso temprano de dispositivos. “El adolescente tiene que entender el porqué”, dice. “No es decir: ‘porque yo así lo ordeno y se acabó’”.

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Diversos especialistas y estudios han advertido las repercusiones del uso temprano de pantallas, como celulares y iPads | Ariel Ojeda


Las estadísticas nos dicen que, en México, 80.7% de los niños y adolescentes de seis a diecisiete años (es decir, unos 21.1 millones) usaron el celular en los tres meses previos, según la encuesta Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2025 del Inegi.

Pilar se unió al Movimiento No es Momento en 2024, una iniciativa de madres y padres que propone comprometerse a retrasar el uso del smartphone hasta los catorce años, las redes sociales hasta los dieciséis y mantener las escuelas libres de celulares durante la jornada. Esta organización surgió en Monterrey cuando un grupo de madres empezaron a reunirse con una preocupación en común: ninguna quería darles un celular a sus hijos, pero todas sentían la presión de ir en contra de todo. Y que retrasar el uso no depende solamente de la voluntad de una familia. Ahora la expectativa es que conforme crece el movimiento, los niños que sí tengan acceso a un celular antes de los once o doce años sean minoría.

El problema no es sólo cuántas horas pasan frente al celular, sino qué deja de ocurrir mientras lo usan. Especialistas han asociado el uso intensivo en niños y adolescentes con problemas de atención, sueño, regulación emocional, abandono del juego, del ejercicio y de la convivencia cara a cara. En la adolescencia, esas funciones siguen madurando, dice Analía Domínguez, psicóloga de niños y adolescentes. “No puedes pedirle a tu hijo que deje el teléfono si aún no se aprende a autorregular”.

Con el tiempo, las reglas fueron cambiando. Al cumplir catorce, Manuel ya cuenta con un teléfono inteligente, puede sacarlo de casa y tener más autonomía, aunque el acceso a redes sociales sigue pendiente.

El reto está cuando los niños y adolescentes salen de la escuela


Según un estudio publicado en The Lancet Regional Health-Europe entre mil 227 adolescentes de 30 escuelas británicas, que asistían a planteles que prohibían el uso del teléfono móvil, lograron reducir su uso sólo 30 minutos al día. Sin embargo, no encontraron diferencias significativas al promedio total. La restricción se aplicaba dentro del plantel, pero se compensaba en el resto del día en casa.

Inés vive en Querétaro, donde desde 2025 se restringió el uso de celulares en las escuelas a nivel estatal, junto con otros dieciséis estados en el país. A sus catorce años cuenta con uno propio, pero sus posibilidades son limitadas: sólo tiene WhatsApp, Google y la cámara, no redes sociales. “Por las noches el teléfono se lo queda mi mamá”, antes de las nueve de la noche.

El mayor reto, sin embargo, aparece justo fuera de la escuela, cuando convive con amigos que sí tienen acceso a ellas y se pierden en la pantalla dejándola sola.

No resolver de inmediato esa incomodidad con una pantalla obliga a buscar otra respuesta y ampliar la tolerancia a la frustración. “Cuando sienten alguna emoción incómoda, buscan regularse con una pantalla porque quieren evitar sentirse así”, explica la psicóloga Analía Domínguez. Atravesar esos momentos sin recurrir automáticamente al teléfono les beneficia en su madurez neurológica.

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Las y los niños desarrollan menos tolerancia a la frustración cuando el uso de celulares es excesivo | Especial


Inés también empieza a reconocer cuándo el teléfono la distrae. A veces deja prendidas las notificaciones de WhatsApp y, cuando escucha que llega una, siente el impulso de ir a revisar. “Lo que hago es apagarlas porque me doy cuenta de que todo el tiempo estoy pendiente de ellas”. En casa, los papás de Inés le dosifican el tiempo en pantalla: entre semana puede usarlo una hora al día, los viernes y fines de semana, una hora y media. Como no lo lleva a la escuela, empieza a repartir ese tiempo por la tarde. “La verdad es que sí me rinde bastante bien”, cuenta Inés.

Buena parte de sus tardes, además, las ocupa en clases de baile: dos horas de lunes a jueves, cuatro los viernes y dos los sábados. Ella misma dice que esa rutina también le ayuda a no estar en el celular.

Ángeles, su mamá, utiliza una aplicación de control parental (Qustodio) que permite fijar horarios, limitar la navegación y bloquear el uso cuando se cumple el tiempo establecido. En Querétaro, cuenta, cuando las escuelas empezaron a restringir su uso, “los papás bajamos la guardia, al fin que ya no lo tienen en la escuela”. Pero, en su opinión, “el reto mayor está al salir de la escuela”, para mantener la supervisión.

Esperar, admite Ángeles, no siempre le ha gustado a su hija. A veces significa perderse una conversación que ocurre en redes. Pero si varios papás toman la decisión de retrasar el acceso al celular y a las redes sociales, tienen la ventaja de que la decisión no tiene que sostenerse en solitario. Por ahora, Inés tiene un par de amigas que tampoco tienen celular. Alexandra Fernández, una de las cofundadoras del Movimiento no es Momento, insiste en que si varios padres deciden retrasar el uso del celular al mismo tiempo ayudan a repartir la presión social que, de otro modo, recae sobre un solo adolescente. “Es un problema colectivo y la única manera de resolver un problema colectivo es con una solución colectiva”, dice.

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Las regulaciones al uso del internet deben aplicarse en escuelas y dentro de los hogares | Ariana Pérez

Pertenecer sin estar conectados


Muchos padres terminan permitiendo el celular y el acceso a las redes sociales antes de lo que quisieran por la presión social de los compañeritos que ya lo tienen, dice Analía Dominguez. En consulta suele escuchar a mamás y papás decir: “Yo no le quería dar el teléfono, se lo tuve que dar porque no quería que lo excluyeran”.

En las historias de Manuel, Jimena e Inés ese temor no llegó a cumplirse en su forma más extrema: ninguno ha perdido a amigos por tener acceso limitado al celular. Pero tampoco ha sido sencillo.

Jimena tiene celular pero no Instagram, Snapchat ni TikTok. Cuando sus amigas platican de algún video viral, a veces no sabe de qué hablan. Y cuando varias empiezan a mirar sus redes en una reunión, a veces termina asomándose al teléfono de alguna. Pero otras veces intenta mover al grupo hacia otra actividad. Propone jugar juegos de mesa, cocinar, ver una película o simplemente platicar. Pero no ha dejado de tener vida social. Karla, su mamá, cuenta que Jimena sigue teniendo amigas, reuniones, partidos y fiestas. “Sí la invitan, sí la consideran”, dice. Puede haberse quedado fuera de algún plan más amplio, admite, pero no del grupo.

Para Manuel su primer gran reto en la escuela llegó con Fantasy Football, un juego de estrategia donde sus amigos arman equipos virtuales con jugadores reales de la NFL. Para participar y no elegir un equipo perdedor, se requería estar al tanto principalmente en TikTok o Instagram. Pero él se mantenía al margen al no tener acceso a ese entorno digital. “Sin las redes sociales no me enteraba mucho de los jugadores ni nada”. A pesar de eso, Manuel conservó a sus amigos: con el tiempo y el puro roce social, aprendió a descifrar el idioma del juego para integrarse, mientras que sus amigos también encontraron cómo incluirlo en las conversaciones.

Inés también ha vivido la incomodidad de no compartir ciertas referencias. A veces no reconoce un meme o un video y puede ser que le dé pena admitirlo. “Me hago la que sí sé”. Y sí, confiesa, que le gustaría tener Instagram para ver lo que suben los demás y estar enterada, más que para subir sus propias historias. “Me da FOMO no tener [celular y acceso a las redes sociales]”, dice.

Pero tampoco eso le ha impedido estar o convivir con sus grupos de amigas. “La verdad es que ellas nunca se han alejado de mí por eso”.

Para la psicóloga Domínguez, hay una diferencia entre FOMO –el acrónimo por sus siglas en inglés de “miedo a perderse de algo”– y exclusión social real. La primera es sentir que uno se está perdiendo lo que los demás hacen y la exclusión es “que no lo inviten, que ya no lo traten igual, que ya no lo consideren”. Las experiencias de los tres jóvenes se mueven entre esos extremos: hubo momentos incómodos, pero no una ruptura de sus vínculos cercanos.

Aunque el uso restringido del celular limita las referencias de memes, no significa perder la vida social e interacciones
Aunque el uso restringido del celular limita las referencias de memes, no significa perder la vida social e interacciones | Araceli López

Así es como los padres acompañan la espera


Para los padres, esperar tampoco es una decisión fácil. Cuando Karla le dio el celular a Jimena, sus amigas ya tenían redes sociales. Y hoy esa es su campaña y no desiste en convencer a su mamá para que ya le deje usarlas y no esperar hasta los dieciséis. Pero su mamá está firme, considera que, por ahora, los riesgos siguen pesando más.

“Si hago una lista de pros y contras, siguen pesando más los contras”, dice Karla. Estar en el movimiento con otras mamás en su situación le da fuerza, pero lo que le permite mantenerse en su decisión es toda la información que ha investigado. “Si yo me guiara por lo que hacen otros papás ya se lo hubiera dado, pero se dejan llevar por una herida de aceptación que ellos traen. Yo escucho lo que dicen los doctores, los psicólogos, los estudios y me baso en eso”.

Karla asume que para que la restricción digital no se traduzca en menos vida debe ser flexible en otros permisos. “La dejo ir a todas las fiestas, a todos los planes, a todo lo que se haga la dejo ir”. Jimena practica deporte, tiene reuniones y conserva un grupo amplio de amigas, dice. Además, ya está aprendiendo a manejar. Poner límites al teléfono implica explicar por qué, facilitar otras formas de convivencia y revisar los propios hábitos. El acompañamiento, entonces, no termina con establecer una edad para entregar el dispositivo o abrir una red social, continúa en el día a día.

Durante varios meses Ángeles, la mamá de Inés, cerró sus redes sociales porque, dice, quería “predicar con el ejemplo”. Cuando volvió a abrirlas por cuestiones de trabajo, mantuvo restricciones de tiempo. “Esta parte a mí también me ha hecho poner los ojos en mí y generar cambios para que también mis hijos vean este ejemplo”. En su casa, además, pone reglas cuando con los amigos de visita. Si llevan teléfono les pide que lo aparten. “Yo sí soy muy clara con los papás”, cuenta.

Poco a poco, esos límites empiezan a dejar de venir sólo de los padres. Manuel ya no es el adolescente que tenía que preguntarle a sus amigos qué plan habría el viernes o el fin de semana. Ahora tiene su propio teléfono, usa WhatsApp y puede llevarlo consigo. Las redes sociales siguen esperando. Pero ahora cuando se reúne con sus amigos, a veces es él quien propone poner distancia. “Oigan, celulares a la mesa”, les dice. Entonces apilan los teléfonos, uno sobre otro, y siguen hablando.

La apuesta de familias como la de Manuel, Inés y Jimena es llegar más despacio a un entorno digital que tarde o temprano será parte de sus vidas. La escuela puede decidir cuándo guardar el teléfono durante unas horas pero, fuera del plantel, el reto es que aprendan cuándo usarlo y cuándo no.

GSC/ASG

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Verónica García de León
  • Verónica García de León
  • Periodista independiente y divulgadora de la economía. Colabora con medios de referencia en medio ambiente, ciencia, tecnología, economía y brecha de género. Como hobby conduce un podcast.
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