Hablar de Catherine O’Hara es hablar de una artista que nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar, por ello fue tan querida por la propia industria y el público.
Ahora en la ceremonia de los Oscar es que la recordaron con gran cariño y palabras emotivas; Rachel McAdams estuvo a cargo de éste especial momento y la catalogó como una de las estrellas más admiradas en el mundo del entretenimiento.
Catherine Ohara y la huella que dejó
A lo largo de cinco décadas, se convirtió en una presencia magnética, capaz de habitar la excentricidad más absoluta con una elegancia desconcertante y una presencia que era inevitable de observar, lo cual combinaba con un gran sentido del humor.
Desde sus inicios en el mundo de la actuación, quedó claro que poseía una habilidad increíble para la metamorfosis: podía ser la mujer más absurda de la sala o la única cuerda en medio de la locura, a menudo siendo ambas cosas al mismo tiempo.
Así fue como McAdams la recordó, una mujer que hizo reír a tantas personas, incluyendo compañeros pero también como una de las mentes más creativas y brillantes que ha conocido el mundo del séptimo arte.
Su talento residía en su capacidad para encontrar el "detalle humano" en personajes que, en manos de cualquier otro, habrían sido meras caricaturas.
Cuando se dio a conocer su deceso, el mundo recordó con ternura su desesperación histérica como la madre olvidadiza en 'Mi pobre angelito', pero también su audacia para interpretar a la surrealista Delia Deetz en 'Beetlejuice', donde transformó la pretensión artística en una forma de arte en sí misma.
O'Hara y su legado en el cine
Sin embargo, fue en su etapa de madurez donde O’Hara alcanzó su punto absoluto con 'Schitt's Creek'. Como Moira Rose, nos regaló una interpretación magistral; sus inflexiones vocales imposibles y su vocabulario inventado no eran solo comedia, eran una especie de armadura.
O’Hara entendía mejor que nadie que la comedia es, en el fondo, una forma muy sofisticada de vulnerabilidad, pero también una forma de 'sanar' con risas la vida misma. Así es como su ausencia no pasó desapercibida en la ceremonia de los Premios Oscar.
Y es que ella no se limitó a hacernos reír; nos enseñó que la excentricidad también es una forma válida de valentía. Se fue dejando tras de sí un legado donde lo extraño siempre fue bienvenido y donde la risa, incluso en los momentos más tensos de la vida, siempre fue el mejor refugio.
Catherine O’Hara no solo actuaba: ella coloreaba el mundo con un tono único que sencillamente nadie más podrá replicar y la audiencia, así como la Academia de los Oscar no pudo estar más que de acuerdo con esto.
KVS