Hacer una promesa a tu hijo o hija no es un asunto que debas tomar a la ligera y mucho menos lo debe ser el incumplirla. Por el contrario, ésta debe ser una decisión tomada tras pensarla no dos, sino todas las veces que sean necesarias.
Quizás desde la perspectiva del adulto, no cumplir con este compromiso pareciera “no ser para tanto”. Sin embargo, el niño o la niña puede percibirlo de una manera completamente diferente, a tal punto de convertirse en una de las heridas de la infancia más conocidas: la de la traición.
¿Cómo se llega a la traición?
Las heridas de la infancia no son necesariamente traumáticas. De hecho, antes de ser una herida, primero debe nace como un momento cumbre. O sea, explica el psicólogo, Emiliano Villavicencio, “un evento propio del desarrollo, pero que por la intensidad e importancia en el mismo desarrollo, puede generar una experiencia adversa emocionalmente”.
Cabe señalar que estos momentos se presentan a lo largo de la vida: desde el primer día de jardín de niños, el noviazgo de la adolescencia o la jubilación en los 60 años, por mencionar algunos.
Pero es en la infancia cuando estos momentos pueden convertirse en heridas si no son correctamente gestionados por los padres y madres. En el caso de la traición, el especialista lo explica con los festivales escolares organizados por el Día de las Madres o la Navidad, donde la ausencia del padre, la madre o el cuidador principal puede afectar emocionalmente al pequeño o a la pequeña.
“Es muy común que, de repente, los adultos prometan y prometan; y no cumplan”, explicó el docente a MILENIO. “Por ejemplo, los clásicos padres divorciados que nunca llegan a los festivales de la escuela, cuando hubo una promesa de por medio”.
Cómo afecta las heridas por traición a los hijos
El Centro de Psicología de Madrid explica que el niño o niña que sufrió una herida por traición puede experimentar sentimientos de envidia hacia otras personas que sí reciben lo prometido, así como de rencor con las y los cuidadores que no cumplieron su palabra.
Señala que a largo plazo esto puede provocar la necesidad de tener todo bajo control; convirtiéndolos en “personas muy posesivas, desconfiadas y con una fuerte personalidad” que, pese a priorizar la lealtad y la fidelidad, son propensos a distorsionar dicho conceptos.
Por su parte, Villavicencio explicó que también puede haber cierto nivel de incertidumbre y desconfianza “porque el adulto me promete y no me cumple”. Dos sensaciones que, sin una correcta gestión del padre y la madre, pueden arrastrar hasta la adultez, afectando en otros ámbitos como la pareja o el trabajo.
“Por lo tanto, cuando no confiamos, tendemos a aislarnos o a celar a los demás porque, justo, no depositamos confianza en el otro”, abundó Villavicencio, resaltando que esto no es una regla general. “Si hubo una herida infantil, no determina el desarrollo en la adultez. (...) Entonces si no me cumplieron las promesas, ¿va a determinar que de adulto sea celoso? No. La respuesta es no”.
ASG