Entre dietas restrictivas, comentarios familiares y cuerpos aparentemente perfectos, la obsesión por cambiar la apariencia puede convertirse en un problema de salud mental. La nutrióloga clínica Sara Marcos Helfon explica en entrevista con MILENIO cómo identificar las señales de alerta, acompañar a los adolescentes y dejar de confundir la delgadez con el bienestar.
Hay fotografías que nunca se toman, fiestas a las que alguien prefiere no asistir y viajes que terminan cancelándose frente al espejo. No siempre es falta de ganas, timidez o desinterés. A veces, detrás de esas decisiones hay una preocupación por el cuerpo que ha crecido hasta ocupar todos los espacios de la vida.
Una blusa que no queda como se esperaba, unos brazos que alguien intenta esconder incluso en los días más calurosos o una fotografía que se evita porque el rostro no luce suficientemente delgado. Lo que podría parecer una inseguridad pasajera puede convertirse en una fuente constante de angustia, especialmente durante la adolescencia, cuando el cuerpo cambia y la necesidad de pertenecer al grupo adquiere un peso enorme.
Y es que en una sociedad que premia la delgadez, celebra los músculos marcados y presenta imágenes retocadas como si fueran una realidad cotidiana, la idea del cuerpo perfecto se ha convertido en un estándar difícil de cumplir, y que compromete la salud, las relaciones personales o la posibilidad de disfrutar plenamente la vida.
Para Sara Marcos Helfon, nutrióloga clínica especializada en la relación entre alimentación, emociones y salud metabólica, es necesario tirar una de las creencias más arraigadas: tener un cuerpo delgado no garantiza estar sano, así como desarrollar una musculatura definida tampoco significa, por sí mismo, gozar de bienestar.
La especialista, licenciada en Nutrición y Ciencia de los Alimentos por la Universidad Iberoamericana y certificada en educación sobre obesidad infantil y adolescente, advierte que detrás de la insatisfacción corporal pueden esconderse problemas que requieren atención profesional.
Cuando el espejo comienza a controlar la vida
No todas las personas que se sienten incómodas con alguna parte de su cuerpo tienen un trastorno. Hay días en los que una prenda no gusta, una fotografía genera inseguridad o los cambios físicos propios de la adolescencia provocan dudas. La diferencia está en lo que ocurre después.
El trastorno dismórfico corporal, explica Marcos Helfon, implica una preocupación intensa y persistente por defectos percibidos en la apariencia que pueden parecer mínimos o incluso no ser evidentes para otras personas. Para quien los experimenta, sin embargo, adquieren dimensiones difíciles de manejar.
Ir por un ideal puede desplazar la salud
“Cuando ese pensamiento ocupa gran parte de tus pensamientos y te va paralizando y no te deja funcionar”, explica la especialista, comienzan a aparecer señales que no deben confundirse con una simple falta de autoestima.
Una persona puede pasar horas frente al espejo, cambiarse de ropa repetidamente, pedir confirmación una y otra vez sobre cómo se ve o evitar reuniones porque siente que su cuerpo no es suficientemente atractivo. También puede dejar de comprar ropa, rechazar fotografías familiares o abandonar actividades que antes disfrutaba.
En estos casos, el sufrimiento no desaparece necesariamente después de modificar la apariencia. Alguien puede someterse a un procedimiento estético y, poco tiempo después, encontrar otra parte de su cuerpo que considera inaceptable.
Para la nutrióloga, cuando nada parece suficiente y la insatisfacción cambia de una zona del cuerpo a otra, es importante buscar una valoración de salud mental.
La presión empieza mucho antes de abrir TikTok
Cuando se habla de los ideales de belleza, las redes sociales suelen aparecer como las principales detonantes. Sin embargo, la especialista señala que el problema puede construirse desde distintos frentes, y uno de ellos está mucho más cerca de lo que imaginamos: la familia.
Un comentario aparentemente inofensivo puede quedarse en la memoria de un niño durante años. Frases como “si no te cuidas, te vas a poner como tu tía”, “ya estás creciendo demasiado” o “mejor deja de comer” pueden transmitir la idea de que los cambios naturales del cuerpo son algo que debe corregirse.
A eso se suman las burlas escolares, las comparaciones con compañeros y las imágenes de influencers que muestran cuerpos impecables.
Durante la adolescencia, esta combinación puede resultar difícil de procesar. El cuerpo atraviesa transformaciones importantes, mientras que la comparación con los demás se vuelve lo cotidiano. Si un adolescente escucha críticas en casa, recibe burlas en la escuela y encuentra en internet un modelo físico que considera indispensable para ser aceptado, puede comenzar a mirar su propia apariencia como el gran problema.
También hay un elemento menos evidente, pero crucial: las tallas de ropa. La especialista señala que no existe una equivalencia universal entre las tallas de todas las tiendas. Una persona puede usar una talla en un establecimiento y otra distinta en la competencia, sin que eso signifique que su cuerpo haya cambiado.
Sin embargo, entrar a una tienda y descubrir que una prenda no queda como se esperaba puede convertirse en un nuevo motivo de comparación. Y una simple etiqueta termina funcionando como una medida del valor personal.
Del miedo a engordar a la obsesión por tener músculos
La presión estética no afecta únicamente a las mujeres ni se manifiesta siempre como el deseo de ser más delgado.
En algunos hombres, especialmente adolescentes, la preocupación se concentra en desarrollar una musculatura cada vez más grande y definida. Marcos Helfon identifica la vigorexia como una manifestación que merece atención cuando el ejercicio y la búsqueda de músculo se convierten en una obsesión que afecta la vida cotidiana.
La especialista ha observado este tipo de preocupaciones desde edades escolares, cuando algunos niños quieren parecerse a futbolistas de élite o a su influencer favorito. El problema surge cuando intentan reproducir cuerpos que responden a condiciones individuales o entrenamientos específicos que no corresponden a su edad o realidad.
Pasar horas en el gimnasio, recurrir a suplementos sin supervisión y medir constantemente los avances físicos puede desplazar otras actividades importantes, como convivir con amigos, descansar o disfrutar del deporte.
La delgadez extrema y la musculatura exageradamente definida parecen objetivos opuestos, pero pueden compartir una misma raíz: la creencia de que el cuerpo actual nunca es suficiente.
Por eso, la especialista insiste en cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos "¿alguien tiene el cuerpo ideal?", habría que observar si las decisiones que toma para conseguirlo están poniendo en riesgo su bienestar.
Dietas restrictivas y suplementos: cuando cuidarse se convierte en castigo
La promesa de transformar el cuerpo rápidamente también ha encontrado un espacio en la industria de los suplementos y en las recomendaciones que circulan por internet.
Proteínas, productos para controlar el apetito, preparados para reducir la inflamación y distintas fórmulas para modificar la apariencia se promocionan como soluciones sencillas. Para un adolescente que desea parecerse al influencer de moda, la tentación de probarlos es latente.
Marcos Helfon advierte que consumir suplementos sin una valoración profesional puede implicar riesgos. Algunos productos pueden ser innecesarios, interactuar con otras sustancias o resultar inadecuados para las necesidades de quien los consume. Por eso, no deben utilizarse únicamente porque alguien asegura que funcionan.
La especialista aclara que los suplementos pueden tener utilidad en situaciones específicas cuando existe una indicación profesional. El problema no es su existencia, sino convertirlos en herramientas de automedicación para perseguir una apariencia.
Algo similar ocurre con la alimentación. Algunas personas comienzan eliminando azúcares o carbohidratos y después restringen otros grupos de alimentos, reducen cada vez más las porciones o consideran que comer únicamente verduras y tomar jugos verdes es sinónimo de salud.
“La alimentación debería ser una herramienta de cuidado, no otro mecanismo de castigo para el cuerpo”, sostiene.
Cuando comer produce culpa, el peso se convierte en una preocupación constante y las reglas alimentarias comienzan a controlar la vida, es necesario revisar qué está ocurriendo. Una alimentación saludable no debería estar basada en el miedo ni en la necesidad de corregir constantemente la apariencia.
Los focos rojos que las familias no deberían ignorar
Para madres, padres y cuidadores, identificar un problema de imagen corporal puede ser complicado. A veces, el aislamiento se toma como una etapa de rebeldía; otras, las negativas a salir se atribuyen a la falta de ropa o al deseo de pasar más tiempo en casa.
Sin embargo, existen cambios que conviene observar: un adolescente que deja de reunirse con sus amigos, evita sistemáticamente las fotografías, tarda horas en arreglarse, se cambia de ropa repetidamente o comienza a esconder ciertas partes de su cuerpo puede estar experimentando un sufrimiento que no sabe cómo expresar.
También es importante prestar atención cuando abandona actividades que antes disfrutaba, se angustia demasiado al asistir a un evento social o modifica su alimentación de manera tajante.
La especialista subraya que no se trata de diagnosticar a partir de una conducta aislada, sino de reconocer cuándo varias señales se repiten y empiezan a limitar la vida cotidiana.
La depresión, las conductas alimentarias de riesgo, el uso de laxantes y las prácticas destinadas a modificar el cuerpo a cualquier costo son motivos para buscar ayuda. Si existen autolesiones o pensamientos suicidas, la atención debe ser inmediata.
El acompañamiento puede requerir un trabajo interdisciplinario con profesionales de psicología, psiquiatría y nutrición, de acuerdo con las necesidades de cada persona.
Educar sin convertir el cuerpo en tema de conversación
En casa, el cambio puede comenzar con algo aparentemente sencillo: dejar de comentar los cuerpos ajenos.
“De los cuerpos no se habla”, recuerda Marcos Helfon al referirse a una frase que invita a reconsiderar las conversaciones familiares sobre el peso y la apariencia.
Decirle a un hijo que está engordando, comparar su cuerpo con el de un familiar o señalar que necesita adelgazar, “no necesariamente lo ayudará a cuidar su salud”. Por el contrario, esos mensajes pueden aumentar la vergüenza y reforzar la idea de que necesita cambiar para ser aceptado.
Esto no significa que las familias deban desentenderse de la alimentación o la actividad física. Su responsabilidad consiste en ofrecer alimentos variados, facilitar hábitos saludables y promover el movimiento como una oportunidad para convivir, jugar, desarrollar habilidades y disfrutar, no como un castigo por haber comido.
También conviene evitar que los alimentos se conviertan en premios o prohibiciones absolutas. La especialista advierte que una restricción excesiva puede aumentar la ansiedad alrededor de ciertos productos y favorecer una relación conflictiva con la comida.
Escuchar es igual de importante. Si un adolescente dice que no quiere salir porque se siente mal con su apariencia, responder que se ve perfecto o que está exagerando puede cerrar la conversación. Es preferible preguntarle qué está sintiendo, desde cuándo le ocurre y cuánto de esto está afectando sus actividades.
No hace falta tener todas las respuestas. A veces, el primer paso consiste en reconocer el sufrimiento sin burlas ni juicios y proponer ayuda profesional desde el primer instante.
La salud no tiene una sola talla
La promesa del cuerpo perfecto vende dietas, suplementos, procedimientos estéticos y rutinas interminables. Pero no ofrece una garantía de felicidad y tampoco permite determinar, a simple vista, el estado de salud de una persona.
Marcos Helfon recuerda que existen personas de talla grande con indicadores bioquímicos saludables y personas delgadas que presentan alteraciones metabólicas que requieren atención. La apariencia, por sí sola, no cuenta toda la historia.
El objetivo tampoco debería ser renunciar al cuidado personal, sino distinguir entre una decisión que contribuye al bienestar y otra impulsada por el miedo, la culpa o la necesidad de alcanzar lo inalcanzable.
Para las familias, esta diferencia es especialmente importante. Los adolescentes necesitan aprender que su valor no depende de una talla, del tamaño de sus brazos, de la definición de sus músculos ni delos likes que reciben en redes sociales.
Porque un cuerpo no tiene que ser perfecto para merecer respeto, cuidado y una vida plena. Y cuando la preocupación por cambiarlo comienza a impedir que alguien salga, conviva, coma sin miedo o disfrute de su propia vida, no es vanidad: es una señal de que necesita apoyo.
Por lo que siempre es recomendble acercarse a un expero, en este caso la nutrióloga Sara Marcos Helfon puede encontrarse en Instagram como @nutriciónsari, para quienes deseen conocer más sobre su trabajo y sus servicios de consulta.
CHZ