El divorcio adquiere otro nivel de dificultad cuando hay hijos de por medio, pues ya no es sólo una relación de pareja lo que cambia, sino una dinámica familiar. O como lo explicó la psicóloga, Carla Rivadeneyra: aunque la pareja se separe, el concepto de familia sigue vigente, pues aún hay un padre y una madre (aunque separados), así como un hijo o hija.
Entender eso es el mayor reto de padres y madres divorciados. Sin embargo, también es la base para construir una buena convivencia post divorcio, junto a otros puntos que la especialista compartió en entrevista con MILENIO.
1. Los hijos no son espías ni mensajeros
Una separación puede derivar de un sinfín de factores: desconfianza, intereses distintos e incluso infidelidad. Pero ninguna va a justificar que se vea a la o el hijo como un medio para comunicarse con la pareja o, incluso, saber qué hace de su vida.
“Hay conversaciones de adultos y hay temas que se resuelven entre adultos. No podemos estar paternalizando ni metiendo a los niños”, insistió la también fundadora del Centro Integral de Consciencia (CIC). “El reto está en que los hijos no elijan bando”.
Esto no sólo ocurre con frases como “Dile a tu mamá que yo digo…” o “Pregúntale a tu papá cuándo me va a pasar lo que resta de la pensión”, también en preguntas tan simples como “¿Qué comiste en casa de tu papá?” o “¿Con quiénes fueron al viaje de fin de semana?” —las cuales, explicó Carla, usualmente son planteadas desde el ego y la rivalidad por “ver quién educa mejor”.
Estas prácticas hacen que el niño o la niña se sienta culpable por disfrutar el tiempo con su papá o mamá, y por el simple hecho de amarlos por igual. Así, poco a poco percibe ese cariño como un acto de “traición” o capaz de “romperle el corazón” a su madre o padre.
“Si nosotros estamos ‘pregunte y pregunte’, o diciéndole que ‘diga esto a tu papá’ o ‘dile eso a tu mamá’, el niño lo que va generando es cierta sensación de inseguridad con sus propios padres”.
Es decir, evitar referirse a la ex pareja con adjetivos como “irresponsable”, “loca”, “exagerada”, “una terrible persona” o “bueno para nada”.
El asunto es que, en un intento por cumplir esa recomendación, algunos padres y madres prefieren ni siquiera mencionar al otro cuando están con sus hijos; lo cual puede ser igual de perjudicial.
“También de lo que no se habla hay un mensaje. Y generalmente cuando dejamos de hablar de algo es porque duele, es malo o nos da miedo. (...) Entonces con esto le generamos ansiedad a los hijos”.
En su lugar, Rivadeneyra plantea dos formas de referirse a la ex pareja:
- Referirse a él o ella de una forma neutral.
- Mencionar a sus hijos alguna característica que “le recuerde algo que le gustaba de la ex pareja”.
Por supuesto, reconoce, este último punto puede ser complicado de cumplir en circunstancias como infidelidad e incluso manipulación, pero al final, remarca, “no es un piropo para el papá o la mamá, sino que es un piropo al corazón y a la salud mental” del hijo o la hija.
3. Mantener las rutinas y el estilo de vida
Si en un matrimonio no logran “remar en la misma dirección” ni estar en sintonía, esto se vuelve mucho más evidente en el divorcio. Mismo caso si, en su momento, la pareja acudió a ayuda profesional para coincidir y construir un mismo estilo de vida.
De ser el último caso, es obligación de papá y mamá preservar los valores, hábitos y permisos inculcados al menor durante el matrimonio, aunque ya no vivan bajo el mismo techo. Las disparidades en las rutinas sólo van a crear confusión en el niño o la niña, por ejemplo: que en una casa la regla sea dormir a las 7:30 pm, mientras que en la otra puede acostarse hasta las 11:00pm.
ASG