Las vacunas protegen al cuerpo de muchos más que virus y bacterias. No por nada son consideradas uno de los inventos más poderosos de la historia: además de haber salvado al menos 154 millones de personas en los últimos 50 años, estudios recientes revelan otros beneficios indirectos.
De acuerdo con las investigaciones los inmunológicos parecen brindar un blindaje para el corazón y el cerebro, ayudando así en las etapas más avanzadas de la vida.
Salud cardiovascular: vacunas como protección contra un infarto
La Sociedad Europea de Cardiología (ESC, por sus siglas en inglés) ya considera a la vacunación como el cuarto pilar de la prevención cardiovascular. De acuerdo con el consenso de la organización publicado en 2025, la vacuna contra la influenza es la que cuenta con evidencia más sólida hasta la fecha.
Un metaanálisis de finales del año pasado reveló que este este inmunológico reduce el riesgo de infarto entre un 29 y un 34%. En el caso de un accidente cerebrovascular los porcentajes van del 13 al 19%.
Además estudios de cohorte en 2024 muestran que las hospitalizaciones por descompensación cardiaca durante el invierno disminuyeron en un 18% gracias a esta vacuna.
A ello se suma el papel del inmunológico contra el herpes zóster (también conocido en México como ‘culebrilla’). De acuerdo con la ESC su aplicación se asocia con hasta 18% menos eventos cardiovasculares mayores. A la par, un estudio masivo reciente en el que participaron 174 mil adultos demostró que aquellos que habían sido vacunados tenían un 27% menos riesgo de sufrir trombosis y un 25% menos riesgo de infarto.
Algo similar ocurre con la vacuna contra el neumococo y el Covid-19. En el primer caso, hay evidencia de que, en mayores de 65 años el riesgo de cualquier evento cardiovascular se reduce entre un 10 y 15% después de la inmunización.
Una serie de estudios de 2025 demostraron que recibir al menos 3 dosis de inmunización contra el Covid-19 genera una reducción de la mortalidad protegiendo contra la miocarditis indirecta y las complicaciones vasculares derivadas de la presencia del virus en el cuerpo.
Un dato interesante al respecto es que los cardiólogos consideran necesario aprovechar el momento de la hospitalización por un evento cardíaco para administrar estas vacunas ya que es durante este periodo cuando el beneficio preventivo es mayor.
Protección cognitiva: ¿Pueden las vacunas prevenir la demencia?
En los últimos dos años los investigadores de diferentes partes del mundo han centrado su interés entre las vacunas y la protección que brindan al cerebro. Anteriormente la relación era meramente especulativa debido a la dificultad que representa comprobarla, sin embargo, los datos recientes obtenidos a gran escala brindan mayor claridad al respecto.
En abril se publicó un estudio histórico en la revista Nature. Los autores aprovecharon el cambio de los criterios de edad de vacunación en Gales para comparar y analizar los efectos de la inmunización contra herpes zóster. Fue así como notaron que el inmunológico reduce el riesgo de desarrollar demencia en un 20% durante siete años.
Ese mismo año, durante la celebración de la Alzheimer's Association International Conference se presentaron investigaciones acerca de cómo la nueva vacuna recombinante Shingrix resultó incluso más eficaz que la vieja vacuna ya que se asoció con una reducción del riesgo de demencia de entre un 17 y un 25%.
Finalmente, en diciembre de 2025 la revista Cell publicó un artículo que sugiere que este tipo de vacuna no solo podría prevenir la demencia sino también ralentizar el deterioro cognitivo en personas ya diagnosticadas.
En el caso de las vacunas contra la gripe, el beneficio parece estar en la acumulación de protección. Según un artículo de la revista Age and Ageing en el que se analizó a cerca de 10 millones de personas, a partir de 4 dosis a más se registró un riesgo del 57% menor de demencia en poblaciones de alto riesgo.
Por otro lado, ya se están impulsando investigaciones centradas en la vacuna contra la tuberculosis para averiguar si puede reducir los niveles de p-tau181 (un biomarcador clave del Alzheimer) en adultos mayores sanos.
Vacunas y Long COVID: así evitan el envejecimiento acelerado
Han pasado cerca de seis años desde la declaración de la pandemia y más de una interrogante acerca de la enfermedad permanece sin respuesta. Lo que ya es una certeza es que el el impacto del long covid o covid prolongado acelera el envejecimiento biológico, como revela un seguimiento a largo plazo.
Los efectos son aún más marcados en la población de más de 65 años, según los estudios al respecto, el long covid puede provocar “niebla mental”, desorientación episódica, pérdida de memoria a corto plazo y dificultad para realizar tareas cotidianas además de adelantar la aparición de síntomas de Alzheimer en aquellas personas con predisposición genética.
Por otro lado, la inflamación sistémica degrada las proteínas musculares, lo que incentiva la pérdida de masa muscular y esto a su vez, la fragilidad durante la vejez.
La buena noticia es que un estudio masivo publicado en Nature Communications concluyó que el riesgo de Long Covid disminuye con cada dosis adicional. A partir de la segunda aplicación el riesgo se reduce hasta en un 50%, mientras que 3 dosis o más implican una disminución del 73%, especialmente frente a variantes de la familia Omicron.
¿Por qué las vacunas parecen ayudar a mejorar el proceso de envejecimiento?
Más de un estudio advierte el riesgo de un sesgo en los resultados respecto a los beneficios secundarios de estos escudos inmunitarios, ya que existe la idea de que las personas que se vacunan suelen ser más conscientes de su salud y por ende, llevar estilos de vida que favorecen al cuidado del sistema nervioso o cardiovascular.
Sin embargo, experimentos como el de Gales fueron específicamente diseñados para evitar este sesgo lo que ha permitido dilucidar hasta qué punto las vacunas proporcionan un efecto protector que va más allá de las enfermedades para las que fueron creadas.
Los científicos consideran que los inmunológicos blindan al corazón debido a tres mecanismos principales. El primero consiste en evitar que la inflamación afecte la capa protectora de las arterias obstruidas.
En segundo lugar está la prevención de infecciones graves que aumentan la carga de trabajo para el sistema cardiovascular. Finalmente las infecciones virales suelen activar las plaquetas y el sistema de coagulación, cuando una persona ha sido inmunizada la sangre se mantiene en un estado menos propenso a formar trombos, lo que favorece su correcto funcionamiento.
En cuanto a la demencia, al prevenir la reactivación de virus latentes (como el Herpes/Zóster), las vacunas evitan que estos lleguen al cerebro y desencadenen la inflamación que conduce a las placas de amiloide, uno de los rasgos distintivos del Alzheimer y otros trastornos neurodegenerativos.
En cuanto a las infecciones graves como la neumonía, las vacunas previenen la inflamación masiva que provocan, lo que ayuda a frenar el envejecimiento cerebral. Además, los adyuvantes y las vacunas vivas "entrenan" a las propias células inmunitarias del cerebro para que se mantengan activas y sanas, permitiéndoles limpiar los desechos metabólicos y las proteínas mal plegadas con mayor eficiencia.
Vacunación para un envejecimiento saludable
Además de reducir el riesgo de complicaciones y muerte, la vacunación es un mecanismo de protección colectivo que mejora la calidad de vida a largo plazo. La evidencia reciente confirma que el esquema de inmunización actualizado es un punto clave para proteger el cuerpo en múltiples niveles, incluyendo el corazón y el cerebro.
De acuerdo con la Secretaría de Salud, para las personas mayores se recomienda un esquema con tres vacunas de forma anual: la neumocócica polisacárida, la de tétanos-difteria, así como la de influenza estacional.
LHM