Muchas personas conocen esa sensación: una apatía que ni el scroll infinito en Instagram o Tik Tok puede saciar, pero aún así buscamos evitar a toda costa. Ya sea cambiando de app —para ver cuál tiene “algo bueno” —o sólo paseando por nuestro hogar buscando “con qué distraernos”.
Sin embargo, desde la psicología se ha demostrado que el aburrimiento (aquel al que le rehuímos, a veces, saturándonos de compromisos, trabajos o salidas) puede ser una fuente de beneficios. Esto, advierte en un artículo la doctora Trudy Meehan, de la Psychological Society of Ireland, toda vez que se aproveche de manera favorable.
1. Trae un cambio positivo
Según Meehan, usualmente una persona se aburre porque el entorno o la actividad que realiza no le proporciona el nivel de desafío, estimulación o significado suficiente para mantenerla activa. Incluso, en algunos casos, esta falta de “emoción” o de productividad puede provocar inquietud o ansiedad.
“Nuestra mente está acostumbrada a vivir así. Entonces cuando estamos en calma, puede llegar a activar la ansiedad”, explicó la psicóloga, Alejandra Ortigosa, a MILENIO.
Y contrario a lo que se pensaría, la solución no está en evitar el aburrimiento, sino en apropiarse de él. Es decir, permitirnos vivirlo para descubrir lo que realmente nos mueve, disfrutamos o nos fortalece. O sea, ese “algo” significativo: “El cambio positivo no surge de preguntarse ‘¿cómo dejo de sentirme así?’, sino de preguntarse ‘¿qué necesito hacer ahora para lograr algo significativo?’”, escribe Meehan en su artículo publicado en The Conversation.
Pero esa actividad significativa no es ver el celular o las redes sociales, acostarse en el piso o ir a “picar” comida para saciar el antojo. Más bien, es aquella que aunque requiera un esfuerzo de la persona, son factibles de realizar y le hacen sentir que forma parte de “algo más grande que nosotros mismos”; por ejemplo: correr en las mañanas, practicar manualidades o ir de excursión.
2. Mejorar la resolución de problemas y la creatividad
La divagación —aquella por la cual “ves a la nada” mientras comes o escuchas a otra persona, y, cuando vuelves en tí, dices “perdón, me fui”— permite a los pensamientos (sean espontáneos o relacionados con el presente inmediato) fluir libremente; mucho más que cuando intentamos concentrarnos en algo.
El beneficio es que esos pensamientos a menudo se vuelven productivos y nos mueven a, por ejemplo, generar nuevas ideas, conectar dos sucesos del pasado para darles más sentido, consolidar metas, impulsar la creatividad y resolver problemas o identificar una nueva manera de abordarlos. Por supuesto, todo esto mientras no se convierta en una rumiación, es decir, y en palabras de Ortigosa, “pensamientos pasivos y que no nos ayudan a resolver”.
Para ello, Meehan propone hacer una preparación mental. Es decir, si la persona sabe que es propensa a aburrirse en el día, mantener ocupada su mente con un problema analítico o un proyecto creativo. De tal forma que, cuando comience a divagar o a aburrirse, se enfoque en dichos objetivos que fijó anticipadamente.
3. Mejorar la memoria y aprendizaje
El término “descanso consciente” se refiere a la capacidad de parar intencionalmente el cerebro de la hiperactividad, el estrés o la rutina diaria.
Esta pausa permite apreciar el momento presente (el llamado mindfulness) y, con ello, reorganizar la mente, fortalecer los recuerdos e integrar nueva información. De ahí la recomendación de tomar este descanso cuando atravesamos una experiencia novedosa o adquirimos un nuevo conocimiento. La recomendación es dedicar de 5 a 10 minutos al día para este ejercicio.
Por supuesto, la cultura de la hiperactividad y la inmediatez pueden influir para perder esta habilidad. Sin embargo, los efectos son reversibles y, con la práctica, es posible re-aprender a descansar conscientemente. Algunas maneras de hacerlo son:
- Asignar espacios para acostumbrarnos a estar en silencio y calma.
- Identificar y ser consciente de nuestra respiración.
- Poner atención a los objetos que nos rodean.
ASG