La Semana de Román Revueltas Retes

El enemigo soñado para ponernos a trabajar

¿La respuesta mexicana al ofensivo desprecio de Trump debe ser una avalancha de patrioterismo ramplón? Me llegan mensajes al esmartófono con la propuesta de que cambie la imagen que uso en WhatsApp—una foto mía, creo— y que ponga en su lugar una bandera de México. Recibo también videoclips en los que se aparecen distintos personajes exaltando los rasgos de nuestra mexicanidad y las bondades de esta tierra: hay que ponerse a viajar por el territorio nacional, según parece, y a disfrutar de los mariachis, del tequila y de las micheladas; también será cosa de comprar artesanías, supongo; y, por ahí, de ataviarse de ropajes tradicionales muy coloridos e inconfundiblemente nacionales.

Muy bien, resulta entonces que somos más mexicanos que nunca en estos momentos, por cortesía de un demagogo narcisista apoltronado en el sillón del Despacho Oval y dedicado —entre otras cosas— a que los agravios que soltó a lo largo de su campaña presidencial se transmuten ahora en políticas públicas concretas, es decir, en acciones de gobierno. The Donald ha concitado, entonces, un espontáneo movimiento de unidad entre los mexicanos, una suerte de unión solidaria para reforzar los valores de nuestra identidad y los sentimientos de pertenencia. Casi habría que ir a darle las gracias, oigan.

Pero, justamente, ¿qué vamos a hacer, adónde nos van a llevar estos sentimientos de nacionalismo fervoroso y vagamente pendenciero? ¿Acaso comenzaremos a resolver, de una buena vez y por cuenta propia, los grandísimos problemas que tenemos en este país? ¿Acabaremos con la corrupción, lograremos tener buenos gobiernos, sacaremos de la pobreza a millones de conciudadanos, tendremos una burocracia eficiente y servicial, elevaremos los niveles educativos, conseguiremos que los agitadores de la CNTE se dediquen a enseñar a los niños de Oaxaca en lugar de dejarlos sin clases, construiremos carreteras buenas y seguras, disminuiremos los aterradores índices de inseguridad, encerraremos en la cárcel a todos los delincuentes, proveeremos de empleos y oportunidades a los mexicanos que emigran para labrarse un futuro de bienestar, contaremos con un sistema judicial humano y justo —etcétera, etcétera, etcétera— o el plan es, por el momento y como respuesta a las majaderías de un personaje tan imprudente como impulsivo, ponernos meramente a promover el alegre consumo de tequilitas, a alardear de los voladores de Papantla, a cacarear las bellezas de Acapulco y Puerto Vallarta, a deglutir chapulines y gusanos de maguey, a lloriquear con las canciones de Agustín Lara y, finalmente, a pegar un puñetazo en la mesa y bramar que “como México no hay dos”?

Si los réditos finales terminaran por ser lo debidamente sustanciosos, Trump sería el enemigo soñado del actual régimen en tanto que desvía la atención hacia fuera y logra cohesionar, en su oposición al “americano feo” (the ugly American), a una ciudadanía enfrentada y dividida. Pero, es muy improbable que esta repentina unión de mexicanos agraviados se convierta en un auténtico movimiento de restauración nacional. O, por lo menos, no hemos advertido ningún signo anunciador de que las adversidades promovidas por un vecino hostil vayan a detonar un cambio de fondo en este país. Por el contrario, pareciera ser que nos quedaremos únicamente con la parte negativa de la ecuación —a saber, la pérdida de empleos e inversiones— si es que el sujeto logra dinamitar los acuerdos comerciales celebrados con sus dos vecinos.

Trump no se ha dado cuenta pero su discurso ha quebrado, involuntaria y despreocupadamente, muchos de los paradigmas que daban sustento al pretendido orden mundial de antaño. El caso de México, en este sentido, es bastante extravagante: resulta, señoras y señores, que, gracias al Tlcan, somos nosotros quienes hemos sacado ventaja de los estadounidenses, quienes les hemos visto la cara y quienes nos beneficiamos de ellos. Si lo piensan, esto no deja de ser algo de lo cual nos podemos enorgullecer, algo así como una victoria militar: por vez primera en la historia, el imperialismo yanqui ya no avasalla a una de sus colonias sino que ahora las cosas son al revés: México es el ganador. ¿Quién lo dice? ¡El mismísimo presidente de los Estados Unidos de América! Otra cosa: las furiosas diatribas de siempre de los conservadores del Partido Republicano en contra de un papá Gobierno intervencionista y avasallador se han acallado y en su lugar tenemos… ¡a un Gobierno intervencionista y avasallador que le dice a Ford, a GM y Carrier, entre otras empresas, dónde establecerse, dónde construir sus plantas y dónde fabricar sus productos! ¿No es algo asombroso? Tercer punto: Rusia, hasta hace muy poco, era el gran enemigo de la primera potencia económica y militar de este planeta. Pues, ya no: ahora el adversario es México y Vladímir Putin es quien va a recibir un trato de favor. Cuarta cuestión: el libre comercio era uno de los ejes rectores de la economía estadounidense y ahora resulta que la gran nación promotora del comercio mundial es… ¡la República Popular China, una nación comunista!

Ha comenzado, podríamos decir, la decadencia de “America” (sin acento, porque es en inglés). Aquí, no hemos todavía alcanzado esa grandeza que le suponemos al destino de México. Trump podría ser el factor que nos llevara a ese momento cumbre en que, no habiendo otras alternativas, deberíamos de comenzar a ser auténticos patriotas mexicanos: individuos trabajadores, honrados y responsables. Ustedes dirán si ya creen avizorar las señales de esto en el horizonte…

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