Llevo un tiempo escribiendo. Recuerdo las noches sin dormir antes de entregar un ensayo para mi clase de Filosofía en la prepa. Recuerdo pensar durante semanas en el título perfecto y, un segundo ante de entregarlo, tacharlo con pluma para escribir algo distinto encima. En momentos desesperados, recurro a mi libreta de “citas de libros” para buscar alguna frase que me inspirara. Recuerdo estar a media calle, sacar una libreta y anotar algo que tenía que pasar a la computadora después.
Recuerdo, sobre todo, tener que pensar. Hoy, si una tarea da mucha flojera o se tiene poco tiempo para elaborarse, los estudiantes ya no se estresan. Entran a un sitio web, escriben un prompt y esperan. La Inteligencia Artificial llegó a nuestra vida prometiendo hacerla más sencilla y, en muchos sentidos, lo consiguió. Resume un libro en segundos, traduce idiomas, organiza ideas, encuentra patrones y puede convertirse en una herramienta extraordinaria para aprender, crear o trabajar.
También nos está quitando algo que durante mucho tiempo dimos por sentado: el esfuerzo de llegar a una respuesta por nosotros mismos. Y los jóvenes son uno de los lugares donde mejor puede observarse ese cambio.
En Estados Unidos, por ejemplo, 64 por ciento de los adolescentes de entre 13 y 17 años dice haber utilizado algún chatbot de Inteligencia Artificial (IA); 57 por ciento lo utiliza para buscar información y 54 por ciento para recibir ayuda con tareas escolares. Además, sigue un análisis del think tank Pew Research Center, 42 por ciento lo usa para resumir artículos, libros o videos. Uno de cada diez adolescentes dice que hace todo o la mayor parte de su trabajo escolar con ayuda de estas herramientas.
El debate sobre hasta dónde debería llegar la Inteligencia Artificial ya no es hipotético. En una nota publicada en DOMINGA, Témoris Grecko puso a Claude, ChatGPT, Gemini y Grok a responder sobre los límites éticos de la IA en la guerra, la vigilancia y el poder de las grandes empresas tecnológicas. El ejercicio arrojó que incluso los propios modelos reconocen que una misma tecnología puede servir para resolver problemas o amplificar daños, dependiendo de quién la use y con qué límites.
La IA ya no es una tecnología que los jóvenes están aprendiendo a utilizar. Ya es parte del ecosistema en el que están estudiando, trabajando, informándose y relacionándose.
Una respuesta para todo
Pablo tiene 20 años y estudia Administración. Recuerda haber utilizado ChatGPT prácticamente desde que apareció. Al principio lo hacía por curiosidad, le preguntaba cosas específicas que no encontraba fácilmente en Google. Después descubrió que podía utilizarlo para proyectos, tareas y prácticamente cualquier cosa que necesitara resolver rápido. Hoy calcula que entre el 80 por ciento y el 90 por ciento de sus trabajos escolares tienen algún tipo de ayuda de IA.
“Yo creo que diría que es más rápido”, explica. También reconoce que a veces la utiliza simplemente por flojera. Antes, dice, buscaba información en Google, copiaba y pegaba. Ahora puede obtener algo parecido en tres segundos.
Durante años nos acostumbramos a que internet hiciera más fácil encontrar información. Sabíamos que, si teníamos una duda, podíamos buscarla. Pero todavía teníamos que abrir páginas, comparar resultados, leer y decidir. Con un chatbot, hacemos una pregunta y recibimos una respuesta.
Uno de los problemas más conocidos de la IA es que puede producir información falsa con una apariencia completamente convincente. Puede inventar datos, referencias, nombres o explicaciones y presentarlos con la seguridad de quien parece saber exactamente de qué está hablando. La máquina no necesariamente sabe que está mintiendo. Nosotros tampoco sabemos que está equivocada. Estamos aprendiendo a consumir información sin aprender a cuestionarla.
Y mientras más natural se vuelve la conversación con una máquina, más fácil resulta olvidar que detrás de la respuesta no hay una persona que haya investigado, vivido o comprobado aquello que nos está contando.
El músculo que no usamos
Pablo lo explica con una analogía; dice que escribir sin recurrir a la IA le resulta parecido a manejar un automóvil estándar después de mucho tiempo de haber manejado uno automático.
“Obviamente ahorita también podría”, dice sobre escribir un ensayo sin IA, “pero me quedo así pensando un buen rato”.
Y eso coincide con una investigación realizada por Microsoft y Carnegie Mellon en 2025. Los investigadores encuestaron a 319 trabajadores del conocimiento y analizaron 936 ejemplos de uso de IA. Encontraron que una mayor confianza en la IA estaba asociada con un menor esfuerzo de pensamiento crítico. El uso de estas herramientas no elimina forzosamente el pensamiento crítico, pero lo desplaza hacia tareas como verificar respuestas, integrar información y supervisar lo que produce la máquina. La diferencia importa porque pensar no consiste únicamente en comprobar si una respuesta está bien. Pensar también es construirla.
Escribir es quedarse frente a una página en blanco sin saber cómo empezar. Es escribir una primera frase horrible y borrarla. Es leer tres artículos que no sirven. Es equivocarse de argumento. Es cambiar de opinión. Es descubrir una idea mientras intentábamos explicar otra. Es, precisamente, perder tiempo. Y la IA fue diseñada para ahorrarnos tiempo.
Ya no sólo pensamos con ella, también acudimos a ella.
Pew encontró que 16 por ciento de los adolescentes estadunidenses ha utilizado chatbots para tener conversaciones casuales y 12 por ciento para recibir apoyo emocional o consejos. Entre los adultos menores de 30 años, la proporción que dice recurrir a chatbots para apoyo emocional llega a uno de cada cinco.
Una máquina siempre está disponible. No se cansa, no se impacienta y puede responder a las 03:00 horas. Puede convertirse en profesor, corrector, buscador, asesor e incluso confidente.
Pablo reconoce que también le ha pedido consejos a ChatGPT antes que a otras personas. En una ocasión le preguntó sobre algo que había encontrado en la comida y siguió su recomendación. También le ha preguntado por recetas, regalos y decisiones de compra. La IA empieza a intervenir en las decisiones que tomamos.
Y puede democratizar herramientas, facilitar el aprendizaje, ayudar a personas con discapacidades, acelerar procesos creativos y permitir que alguien que no domina una materia encuentre una explicación. Puede ser una excelente herramienta. Pero una herramienta deja de serlo cuando empezamos a depender de ella para hacer aquello que deberíamos saber hacer solos.
Pablo dice que la IA es un arma de doble filo. El verdadero desafío de crecer con esta tecnología es aprender cuándo no usarla. Seguir escribiendo, aunque tengamos una máquina capaz de hacerlo mejor. Seguir buscando, aunque tengamos una respuesta en tres segundos. Seguir leyendo, aunque exista un resumen. Seguir preguntando, dudando y equivocándonos.
HCM