M+.- Las redes sociales tienen una memoria peculiar. Olvidan con rapidez la mayoría de los escándalos, pero eligen a los protagonistas de su propia novela política. No importa cuántas crisis nuevas aparezcan ni cuántos actores entren al escenario: siempre hay un villano que concentra los reflectores. En México, durante julio de 2026, ese papel fue estelarizado por Rubén Rocha Moya.
Paradójicamente, el gobernador de Sinaloa con licencia conserva el liderazgo de la desaprobación digital incluso cuando otro exmandatario, Ernesto Ruffo Appel, enfrenta una denuncia formal y se encuentra en prisión preventiva.
El panista está acusado de contrabando de hidrocarburos, mientras su nombre aparece ligado a investigaciones sobre un modelo de criminalidad llamado huachicol fiscal; sin embargo, el juicio más severo no ocurre en los tribunales, sino en las pantallas de millones de teléfonos celulares.
Un análisis de 78.4 millones de conversaciones sostenidas durante julio en TikTok, Facebook, Instagram, X y YouTube, realizado por MilenIA —la Central de Datos e Inteligencia Artificial de Multimedios—, muestra que el mandatario sinaloense registra una desaprobación de 83 por ciento, la cifra más alta entre los actores políticos que hoy concentran las principales controversias nacionales.
Detrás aparece Ernesto Ruffo Appel con 75 por ciento de rechazo; en tercer lugar se ubica la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, con 71 por ciento, mientras que Marina del Pilar Ávila, mandataria de Baja California, alcanza 66 por ciento de opiniones negativas. El estudio se elaboró mediante modelos de inteligencia artificial para clasificar el sentimiento predominante de cada conversación.
La fotografía política resulta reveladora porque refleja algo más profundo que una sucesión de escándalos. Muestra la forma en que los usuarios construyen narrativas colectivas sobre el poder.
El morenista Rocha Moya ya no aparece únicamente asociado con las investigaciones en torno a la violencia en Sinaloa o las versiones que lo vinculan con el entorno del Cártel de Sinaloa; en la conversación digital se convirtió en un símbolo que resume la desconfianza hacia una parte importante de la clase política.
Las palabras más repetidas alrededor de su nombre son “narcogobernador”, “Mayo Zambada” y “cártel”. Los usuarios no recuerdan la trayectoria académica de Rocha Moya; los ven como un icono de la vinculación entre la política y el crimen organizado, una simbiosis que alimenta la narrativa opositora y apaga los ímpetus de defensa en la 4T.
Los internautas no le están exigiendo a Estados Unidos que presente pruebas de culpabilidad; lo quieren en la hoguera. Y una vez instalada una idea dominante, cada nuevo episodio vuelve a encender el mismo relato.
Ruffo y Maru también encienden los ánimos
Algo parecido ocurre con el panista Ernesto Ruffo. El primer gobernador de oposición en la historia moderna de México vive un desplome político que parecía impensable hace algunos meses. El hombre que simbolizó la transición democrática en Baja California aparece ahora rodeado por términos como “huachicol”, “combustible” y “delincuencia”. Su detención disparó el volumen de menciones, pero todavía no alcanzó para convertirlo en el principal blanco de las conversaciones negativas.
En realidad, Ruffo registra el menor volumen de conversación entre los cuatro personajes analizados. Durante julio acumuló 5.6 millones de conversaciones, muy lejos de los 16.1 millones que giraron alrededor de Rocha Moya. Incluso Maru Campos, con 13.2 millones, y Marina del Pilar Ávila, con 10.8 millones, lograron una presencia digital muy superior.
La diferencia revela que, en internet, la permanencia vence a la novedad. Los “malvados pasajeros” entran y salen de los trending topic con la misma velocidad que una derrota del Toluca es sustituida por un descalabro del Cruz Azul.
Los “villanos permanentes” entran a la cancha, reciben rechiflas, salen a la banca y siguen recibiendo abucheos desde las tribunas. Quienes se mantienen como foco crítico en las conversaciones digitales, están cavando su tumba política. A algunos los entierran a tiempo, a otros cuando el olor a muerte ya es insoportable.
La panista Maru Campos representa otro caso interesante. La gobernadora de Chihuahua permanece atrapada entre las tensiones políticas derivadas de los debates sobre seguridad nacional y las críticas que surgieron tras las controversias relacionadas con el intervencionismo de agencias estadounidenses de inteligencia.
En torno a su nombre predominan palabras como “CIA”, “traición” y “patria”, un vocabulario que refleja cómo la discusión pública dejó de centrarse exclusivamente en la administración estatal para convertirse en un debate sobre soberanía y cooperación internacional.
Sin embargo, Campos también protagoniza una de las mayores caídas en desaprobación durante los últimos meses. En mayo registraba 91 por ciento de rechazo y ahora se ubica en 71 por ciento, una disminución de 20 puntos porcentuales. El descenso no necesariamente significa una mejora sustancial en su imagen; más bien coincide con el desplazamiento del interés público hacia otros escándalos nacionales que absorbieron buena parte de la conversación.
Lo mismo sucede con Rocha Moya. Aunque continúa ocupando el primer lugar de desaprobación, pasó de 93 por ciento en mayo a 83 por ciento en julio, una reducción de 10 puntos. Su reputación digital mejora relativamente, pero no porque haya desaparecido la crítica, sino porque el ecosistema informativo encontró nuevos protagonistas capaces de repartir la atención.
¿Y la visa de Marina?
Entre la “banda de los malos” destaca la morenista Marina del Pilar Ávila. La gobernadora de Baja California enfrenta una conversación marcada por las palabras “visa”, “video” y “Jaime Bonilla”, tres conceptos que sintetizan las controversias políticas y mediáticas que la acompañaron durante las últimas semanas.
Su nivel de desaprobación alcanza 66 por ciento, aunque también conserva la tasa de aceptación más alta del grupo: 34 por ciento, cinco puntos arriba de Maru Campos y nueve por encima de Ernesto Ruffo.
La comparación de los niveles de aprobación confirma que el rechazo digital rara vez es absoluto. Marina del Pilar obtiene la mayor proporción de opiniones positivas entre los cuatro personajes analizados, seguida por Maru Campos con 29 por ciento, Ernesto Ruffo con 25 por ciento y Rocha Moya apenas con 17 por ciento.
Mientras el sinaloense baila dando la espalda a las cámaras –una escena que refuerza su situación de soledad política–, la bajacaliforniana aún cuenta con simpatizantes que dan la cara por ella. El olor a fuego amigo se alimenta de un imaginario donde el petista Jaime Bonilla aparece con un cerillo en la mano.
Los cuatro comparten, además, un universo visual sorprendentemente parecido. Entre los emojis que más acompañan las publicaciones aparecen la torreta luminosa de una patrulla, una bolsa de dinero, la balanza de la justicia y un tache rojo. Es la iconografía de una conversación donde predomina el deseo de que se los lleve la policía, que les confisquen el supuesto dinero robado, que les abran un juicio y que, por lo pronto, enfrentan la llamada “cancelación social”, un símil contemporáneo de rechazo popular.
La política mexicana siempre ha tenido héroes y antagonistas. La diferencia es que ahora esas categorías se construyen minuto a minuto mediante millones de publicaciones, memes, videos y comentarios que alimentan una conversación permanente. Hoy ese relato mantiene a Rubén Rocha Moya como el malvado de la película, aun cuando otros personajes enfrentan escándalos judiciales más recientes.
Porque en la plaza pública digital no basta con protagonizar la noticia del día. Para convertirse en el villano favorito de nuestros tiempos hace falta algo más difícil: permanecer durante meses en el centro de la conversación colectiva. Y, por ahora, nadie ha logrado desbancar a Rocha Moya de ese incómodo trono.
—Con información de Omar Cordero.
Fact checking: JRH
PNMO, FR y JLMR
