M+.- En julio de 1989, el presidente del PRI es Luis Donaldo Colosio. Tras la jornada electoral del día dos, Colosio reconoce, con voz trémula, la derrota de su partido en Baja California. Es un cambio sísmico. Los resultados confirman que Ernesto Ruffo Appel será el primer gobernador de oposición en el país en 70 años.
“Ninguno de los cambios introducidos hasta ahora por el presidente Salinas tiene tanto alcance histórico como el ocurrido esta semana”, escribió Antonio Caño, entonces corresponsal de El País en México.
Con ese antecedente, las imágenes de MILENIO que circularon desde antier del exgobernador, esposado y detenido por su presunta participación en una red de contrabando de combustible, parecen de otra dimensión; o, mejor dicho, propias de la política mexicana, donde los héroes de ayer suelen convertirse en los villanos de mañana.
Mientras el proceso judicial siga en curso, corresponde preservar la presunción de inocencia hasta que las autoridades determinen su responsabilidad o la descarten. De cualquier manera, la acusación representa un golpe para uno de los símbolos de la transición democrática y un recordatorio de que, en ese proceso, los verdaderos protagonistas fueron menos los líderes que los ciudadanos que salieron a votar.
El contexto político del surgimiento de Ruffo
En julio de 1989, Carlos Salinas de Gortari llevaba apenas unos meses en el poder. Había ganado las elecciones de 1988, marcadas por la llamada “caída del sistema”: la interrupción del sistema de cómputo de la Comisión Federal Electoral durante el conteo de votos de la elección presidencial del 6 de julio, justo cuando la oposición de izquierda mostraba un avance inesperado. Sobre su gobierno pesaba una sombra de ilegitimidad. Por eso, aceptar el triunfo del PAN en Baja California parecía clave para disminuir la presión nacional e internacional sobre su administración y fortalecer su imagen como un presidente reformista.
Sin embargo, conviene recordar que ese reconocimiento de los triunfos de la oposición fue selectivo. Ese mismo 2 de julio hubo elecciones en cinco estados. Como escribió Jorge Castañeda en Los Angeles Times:
“El presidente nacional del PRI, Luis Donaldo Colosio, en el mismo discurso en el que reconoció la derrota en Baja California, afirmó que el PRI había obtenido 10 de los 18 escaños del Congreso de Michoacán, pese a que las cifras del PRD mostraban que ese partido había ganado 15 de los 18, con más del 52 por ciento de los votos”.
¿Cómo obtuvo Ruffo la gubernatura?
Parecía que Salinas no tenía problema en reconocer la victoria del PAN, un partido que coincidía, en lo esencial, con su programa de reformas económicas.
En cualquier caso, el triunfo de Ruffo no fue una concesión gratuita. El PAN local y el propio candidato habían luchado con intensidad para conseguirlo. Ruffo era contador y trabajaba en una empresa de mariscos. En 1986 había sido elegido alcalde de Ensenada. Durante los tres días posteriores a la elección, el ambiente político en Baja California estuvo marcado por la incertidumbre y la confrontación.
Tanto el PRI como el PAN se declaraban vencedores mientras el conteo oficial arrojaba resultados contradictorios. Ante el temor de un fraude, Acción Nacional preparó una estrategia de presión sin precedentes: amenazó con bloquear la frontera norte si no se reconocía el triunfo de Ruffo y anunció que acompañaría a Carlos Salinas en una gira internacional para denunciar la falta de democracia en México. El episodio evidenció la enorme presión política que precedió al reconocimiento oficial de la victoria panista.
En el recuento final, Ruffo obtuvo el 52.4 por ciento de los votos, frente al 41.9 por cient de la candidata del PRI, Margarita Ortega Villaseñor, una socióloga de 38 años elegida por el propio Salinas para contender por la gubernatura.
El periodista estadounidense William Branigin, otro testigo de la época, escribió:
“Los expertos atribuyeron su elección a varios factores, incluyendo la selección de candidatos débiles del PRI para gobernador y alcalde de Tijuana, pero una razón principal destacó: los votantes emitieron su voto en protesta por lo que consideraban un liderazgo corrupto e ineficiente del PRI. Ruffo ha llegado a personificar una alternativa al partido que ha gobernado México durante seis décadas, brindando estabilidad política, pero, a ojos de los críticos, poco espacio para el dinamismo o nuevas ideas”.
Cómo será recordado Ruffo: entre el ayer y hoy
Ruffo pudo haber pasado a la historia como el primer gobernador de oposición reconocido en la historia contemporánea de México. Su administración buscó modernizar el gobierno estatal, fortalecer la autonomía de los municipios y promover una gestión más transparente y cercana al sector empresarial.
Aunque enfrentó desafíos como la creciente migración y el auge de la industria maquiladora impulsado por el Tratado de Libre Comercio (así como el asesinato del candidato del PRI Luis Donaldo Colosio en Tijuana en 1994), quizá su mayor legado fue político: demostrar cómo un partido distinto del PRI podía gobernar con estabilidad. Su experiencia abrió el camino para nuevas alternancias estatales, con sus luces y sus sombras, y contribuyó a consolidar la transición democrática mexicana.
Hoy, sin embargo, enfrenta cargos por presuntas operaciones de contrabando de combustible a través de la empresa Ingemar S.A. de C.V., fundada por él.
La acusación surge en un panorama político complejo. La propia gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, atraviesa su propia tormenta. El año pasado enfrentó una fuerte crisis política tras la revocación de su visa estadounidense y la de su entonces esposo, Carlos Torres. El gobierno de Estados Unidos nunca explicó las razones, lo que alimentó especulaciones sobre posibles investigaciones por corrupción o vínculos con el crimen organizado, aunque no existen cargos públicos en su contra. Recientemente se difundieron audios, cuya autenticidad ella misma reconoció, en los que buscaba recuperar su visa mediante contactos en Estados Unidos. Ávila afirmó haber sido víctima de una trampa política organizada por el exgobernador Jaime Bonilla.
La historia de Ernesto Ruffo y los escándalos que hoy rodean a la actual gobernadora obligan a preguntarse qué quedó de las expectativas que despertó la transición democrática.
En 1989, millones de mexicanos creyeron, por primera vez, que la alternancia transformaría la política nacional; que el simple relevo de los partidos traería gobiernos más honestos, transparentes y eficaces. Tres décadas después, la experiencia ha demostrado que la democracia era una condición necesaria, pero no suficiente. Los viejos vicios —la corrupción, la opacidad y el uso político de la justicia— sobrevivieron al cambio de siglas y encontraron nuevas formas de reproducirse.
AH
