Política
  • El dron israelí que surca el cielo de Líbano en el rodaje de una película de amor

  • Entre bombardeos, amores y familias, el terco cine libanés ha sustituido a los libros de historia y motiva una pregunta: ¿quedarse o irse de un país en constante guerra?
Festival de Cine Libanés | Adlemi Romero/ Milenio
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DOMINGA.– Un dron israelí surca el cielo del Líbano mientras se filma una escena de Un mundo frágil y maravilloso (2025), de Cyril Aris, cineasta libanés. En dicha secuencia un padre le muestra a su hija, con un paisaje idílico de fondo, en medio de montañas reverdecidas, el terreno en el que construirá su casa. Con piedras delimita los espacios: las recámaras, la cocina, la estancia y el baño. Imaginan un futuro, a pesar del sonido del dron que representa el asedio y la guerra del Estado de Israel.

Es sábado 22 de agosto. En el auditorio del Centro Libanés, la secuencia forma parte de la clase magistral de Cyril Aris durante la tercera edición del Festival de Cine Libanés, que reunió durante tres días a más de mil 800 personas, muchas de ellas integrantes de la comunidad mexicolibanesa.

Sombra de un hombre en el anuncio del Festival de Cine Libanés |
Anuncio del Festival de Cine Libanés | Erick Baena


Cyril está frente al público. Es joven, de cabeza a rape, y de vez en cuando interrumpe para indicar a la producción en qué momento detener la proyección. Pide reproducir dos veces la misma escena: primero sin sonido; después, con él.

“Aquí hay dos sonidos: el de la naturaleza y el que escucharon, un dron israelí. Ha sido la banda sonora del sur del Líbano durante los últimos años”, dice.

Y eso ha sido debido a la política de guerra encabezada por Benjamín Netanyahu. En noviembre de 2024, Israel y el Líbano alcanzaron un cese de hostilidades que preveía la retirada israelí. Pero Israel incumplió el plazo y mantuvo tropas en cinco posiciones dentro de ese país. Fue en agosto de 2025, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU denunció las continuas violaciones del acuerdo, incluidos ataques aéreos y con drones, y exigió la retirada israelí.

Continúa Cyril: “La imagen muestra algo hermoso, pero el sonido nos dice otra cosa. Es interesante observar cómo reaccionan los personajes”.

Se refiere a que el padre y la hija siguen jugando mientras la madre, alejada, al fondo, es la única que parece escuchar el dron y ese ruido la altera. “Una representación precisa de cómo lidiamos con los drones israelíes que están constantemente sobre nuestras cabezas. Algunas personas siguen con su vida como si nada ocurriera; a otras les provoca mucha ansiedad. Yo he vivido ambas reacciones”.

Un mundo frágil y maravilloso, una comedia dramática, cuenta una historia de amor en un país marcado por guerras y crisis sucesivas.

Nino y Yasmina nacen el mismo día, en un hospital de Beirut, mientras las bombas caen sobre la ciudad. Sus vidas se cruzan por tres décadas. Cuando se reencuentran siendo adultos, él administra un restaurante y quiere permanecer en el país; ella trabaja como consultora y piensa en irse. Formar una familia en Beirut o buscar lejos de casa una vida más segura: esa es la decisión que los atraviesa.

El director y escritor  Cyril Aris en un estrado durante un evento donde habla de su película
El director Cyril Aris durante un evento | Fernando Gómez


De acuerdo con Unicef, en marzo de 2026, casi 700 mil personas, entre ellas unos 200 mil niños, habían sido obligadas a abandonar sus hogares debido a la escalada de la violencia y los ataques en la región. En la ofensiva actual, las tropas israelíes penetraron más de diez kilómetros en territorio libanés, la incursión más profunda desde la retirada del año 2000. La invasión y los bombardeos israelíes han dejado más de 4 mil 362 muertos, según el Ministerio de Salud del Líbano.

Al cierre de esta edición, los acuerdos de alto al fuego impulsados por Estados Unidos en los últimos meses han reducido la intensidad de la guerra entre Israel y Hezbolá. Sin embargo, las tropas israelíes mantienen ocupados 600 kilómetros cuadrados del sur del Líbano, cerca del 6% del territorio nacional, y sus ataques se extienden al norte de esa franja. Para los civiles en la región devastada, la tregua todavía no permite recuperar la vida cotidiana. Las negociaciones para consolidarla están estancadas y alrededor de 340 mil personas siguen desplazadas por la fuerza.

Con ello, los libaneses viven una especie de eterno retorno: atrapados en un bucle donde las treguas son temporales y los conflictos resurgen una y otra vez.

Los cineastas libaneses también disputan la representación que hace Occidente, sobre todo Hollywood, del mundo árabe. En entrevista con DOMINGA, Cyril vuelve sobre la vida cotidiana del Líbano que rara vez aparece en las noticias.

–¿Qué piensas de proyectar la película justo ahora, cuando el país enfrenta una escalada de bombardeos por parte del ejército israelí?

–Creo que es muy oportuno porque también muestra la realidad de lo que sucede sobre el terreno en el Líbano. Cuando todo se reduce a las noticias, ocurre esto: si estoy fuera del país presentando la película y digo que soy del Líbano, la gente responde: Uf, ¿es peligroso ahora? ¿Están bien?. Y yo pienso: Bueno, seguimos viviendo. Al ver la película, el público se sorprende: Ah, de acuerdo, todavía hay algo de vida. Por supuesto que prospera en tiempos de crisis y caos, el amor también.

Aquella escena del dron se filmó en el verano de 2024, cuando los ataques se concentraban en el sur del país. Pocas semanas después de que terminara el rodaje, la guerra escaló y Beirut fue bombardeada.

–En esas condiciones, nos habría resultado imposible filmar –dice.

–¿Te has hecho la pregunta que tus personajes: me quedo o me voy?

–Sí, vivo con ese conflicto. El Líbano es mi cultura, mi familia y mi fuente de inspiración. El Líbano es todo para mí. Pero, al mismo tiempo, mi destino ha hecho que no pase todo mi tiempo allí. Si viviera allí –y lo veo también entre mis amigos–, la pregunta constante sería: “¿Nos vamos?, ¿debemos irnos?”. Depende mucho de lo que esté sucediendo. Cuando no hay guerras ni conflictos, es un lugar maravilloso; no existe razón para marcharse. Pero, de vez en cuando, ocurre algo que te recuerda: “Aquí no puedes construir nada, tarde o temprano, el país destruirá eso que amas”.

Quedarse o irse. Esa es la cuestión.

¿Qué puede hacer una película frente a una guerra?


–Cuando proyectas una película frente a un público, si logras tocar la mente o el corazón de una sola persona, hacer que se cuestione y que surjan preguntas en su cabeza, esas se convertirán después en conversaciones con otras personas –dice Doris Saba, cineasta, guionista, actriz y productora libanesa.

La actriz Doris Saba durante una conferencia
Doris Saba, cineasta, guionista, actriz y productora libanesa| Fernando Gómez


Y eso es importante porque Líbano, afirma, es un país que no ha logrado un consenso sobre su propia historia, lo que ha propiciado que los cineastas formulen preguntas que la sociedad ha convertido en tabú.

En los 10 mil 452 kilómetros cuadrados de ese país –un territorio equivalente a la mitad del Estado de México– conviven dieciocho comunidades religiosas. Uno de los países más pequeños del mundo es también un mosaico de credos, identidades y lealtades, apretado contra el Mediterráneo y sostenido por un Estado fragmentado.

Por ejemplo, uno de los hechos más terribles de su historia no está consignado en los libros de texto: el 13 de abril de 1975 un ataque contra un autobús que transportaba palestinos por Beirut encendió la mecha que desencadenaría una guerra civil que se prolongó durante quince años, que dejó unos 150 mil muertos y una capital partida por fronteras sectarias y amplias zonas del país reducidas a escombros. En ese sentido, sostiene Doris, el cine reemplazó a los libros de historia.

Durante la clase magistral que impartió, Doris puso de ejemplo a Zeina Daccache, actriz, directora de teatro y cine, y terapeuta dramática libanesa. En 2009, estrenó el documental 12 Angry Lebanese, que registró el proceso en el que 45 personas privadas de la libertad en la prisión de máxima seguridad de Roumieh (al noreste de Beirut) adaptaron la famosa obra teatral 12 Angry Men. Daccache invitó a las funciones, dentro de la cárcel, a funcionarios, jueces y legisladores, mientras la personas privadas de la libertad visibilizaban la Ley 463, aprobada en 2002 pero aún sin aplicarse, que regulaba la reducción de condenas por buena conducta.

Dos meses después de la última función y de la difusión del proyecto, el gobierno libanés puso finalmente en vigor la ley en 2009. Ese caso le permite a Doris precisar los alcances de su oficio:

–El cine puede documentar un cambio, inspirarlo y, algunas veces, formar parte del mecanismo que lo produce. ¿Es algo seguro? No. ¿Es siempre nuestro objetivo? No. Pero intentamos darle una oportunidad.

En el auditorio había estudiantes de cine. Antes de concluir, Doris los provocó con dos preguntas que les pidió que hicieran antes, incluso, de escribir un guion: “¿Qué verdad estoy tratando de proteger y qué verdad estoy tratando de perturbar?”.

La actriz Doris Saba durante un evento
Doris Saba, cineasta, guionista, actriz y productora libanesa| Fernando Gómez


Esas preguntas encuentran eco en algunos cortometrajes exhibidos en el marco del Festival de Cine Libanés. Por ejemplo, el corto There Are Rumors That We Left, de Joyce Oska: en medio de la guerra, una joven madre soltera intenta poner a salvo a su hija después de que un atentado destruyera un autobús escolar cercano. Una prohibición de viaje deja atrapada a la niña de ocho años. Para recuperarla, la madre tendrá que cruzar con ella, a escondidas, la frontera entre Siria y Líbano.

–¿Qué complejidad humana existe detrás de elegir entre abandonar el lugar que uno ama o permanecer en un país que muchas veces parece expulsar a sus habitantes? –le pregunto a Doris.

–Como cineastas, elegimos quedarnos porque contamos las historias de nuestra nación: las historias dolorosas de nuestras madres y nuestros padres; las esperanzas y los sueños de nuestros hijos. Elegimos quedarnos porque esto es Líbano.

¿Qué puede hacer una película frente a una guerra?

¿Qué necesitamos saber de lo que ocurre en el Líbano?


Domingo 6 de septiembre de 2026. Mientras escribo esta crónica, una bomba israelí cae sobre un edificio residencial en la localidad de Arab Salim, en el sur del Líbano. Y pienso en What If They Bomb Here Tonight?, el corto de ficción que vi en el Festival, que sigue a una pareja libanesa que pasa la noche en vela ante el temor de que un bombardeo israelí alcance su casa y haga estallar sus ventanales.

La realidad supera a la ficción: El ataque aéreo del ejército israelí en Arab Salim dejó un saldo de dos mujeres fallecidas y seis personas heridas.

Busco a Shadi Rohana, profesor de lengua árabe, de origen palestino, y traductor literario en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, a quien escuché semanas atrás en el conversatorio “Realidades fracturadas”, que se llevó a cabo en el marco del Festival, para tratar de entender mejor esa realidad y las representaciones del cine libanés (que él, me aclara, “prefiere abarcar como una región, porque Medio Oriente y el norte de África es una zona que comparte dinámicas sociales, políticas y económicas”).

Shadi advierte que la llamada guerra contra el terrorismo reforzó prejuicios y estigmas que ya circulaban antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center de Nueva York. En su lectura, los medios de comunicación norteamericanos han contribuido a difundir en América Latina una representación del mundo árabe y del mundo islámico dominada por el terrorismo y la opresión de las mujeres, con escaso espacio para su diversidad religiosa e histórica.

–Se enfoca en una vertiente del islam que tiene que ver con grupos como Al-Qaeda o, ahora, el Estado Islámico, cuando estamos hablando de una región, de todo un territorio con una historia milenaria –agrega.

Para Shadi, esas representaciones condicionan la manera de acercarse a este tipo de obras, sean literarias o cinematográficas. De ahí la importancia de su labor: la traducción, que puede ayudar a reconocer experiencias compartidas y a revisar los prejuicios con los que se lee una obra. “Al final estamos viendo a personas iguales que nosotros, que están viviendo esta vida, buscando la manera de vivirla y de encontrar su lugar en este mundo. Tanto allá como acá”.

Él sitúa el conflicto entre Israel y el Líbano dentro de un proceso regional: la intervención británica y francesa después de la Primera Guerra Mundial, la influencia posterior de Estados Unidos y la creación del Estado de Israel. Esa historia permite entender las disputas territoriales y las vidas interrumpidas por el desplazamiento. “Hay que tomar en cuenta el aspecto histórico de este conflicto: el antagonismo entre el colonialismo y las poblaciones locales”.

Refiere la “Nakba” (catástrofe en árabe): el desplazamiento forzado, el despojo de tierras y la expulsión de más de 750 mil palestinos en 1948 durante la creación del Estado de Israel. Muchas de esas familias expulsadas buscaron refugio en el Líbano, Siria y Jordania, además de la Franja de Gaza y Cisjordania, convirtiéndose en refugiados sin derecho a regresar a su tierra.

“Y a pesar de eso hubo invasiones a finales de los años setenta, luego en 1982, lo que llevó a una ocupación de facto, por parte de Israel, de un vasto territorio en el sur del Líbano. Lo mantuvieron ocupado hasta el año 2000, con incursiones constantes contra palestinos y libaneses por parte del Estado israelí”.

Esa sucesión de hechos forma parte del contexto desde el que busca mirar el cine libanés. También habla de las fronteras que interrumpen la comunicación entre las poblaciones de la región. Algo que refleja el corto ‘There Are Rumors That We Left’. “La frontera entre Israel y el Líbano, por ejemplo, no es una frontera transitada: los palestinos no pueden ir libremente al Líbano, ni los libaneses al territorio palestino”. Algunas de esas experiencias tienden vasos comunicantes con México.

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Shadi ha experimentado la violencia del Estado de Israel y su maquinaria de guerra contra la población palestina. No obstante, sostiene que la condena debe dirigirse al Estado de Israel. “El hecho de que Israel sea un Estado judío no es relevante; puede ser cualquier otra religión, cualquier otra razón de ser de ese Estado. Estamos en contra del genocidio que están perpetrando”.

Ve fines políticos en la asociación entre solidaridad con Palestina y el antisemitismo. Y para muestra, menciona la supuesta marcha a favor de la causa Palestina que se llevó a cabo en Polanco, sobre Masaryk, el 11 de septiembre pasado: “A mí no me queda claro cuántas personas estaban, quién hizo la convocatoria, quién está detrás de esto”, se pregunta. Detalla que ha participado en marchas de solidaridad con Palestina y conoce a sus organizadores. Entre las personas de su entorno con quienes ha hablado, afirma, nadie reconoce a quienes aparecen en los videos de Polanco. Shadi sostiene que la discusión pública ha servido para desacreditar al movimiento de solidaridad con Palestina y asociarlo con el odio hacia los judíos.

Por eso, concluye, es importante seguir impulsando iniciativas como el Festival de Cine Libanés, que permitan al público pensar, dialogar y reflexionar sobre el mundo árabe, sin estigmas ni estereotipos.

Disputar la representación hegemónica de Medio Oriente


El día que su hijo nació, Cyril estaba filmando las estrellas y no sabía si alguna de esas luces podía ser un dron israelí. Pensó: la belleza se abre paso aún en medio de la barbarie y el horror cotidiano. Cuenta que su película, ‘Un mundo frágil y maravilloso’, recorre tres décadas de la historia del Líbano porque la historia de amor de los personajes comienza en la infancia.

“Como son el primer amor uno del otro, ese vínculo los acompaña durante toda la vida. También quería hablar de distintos periodos del Líbano: no limitarme a un país social y políticamente convulso, atravesado por guerras, crisis o tragedias, sino mostrar también un Líbano más próspero, pacífico y vibrante, para que entendamos por qué están tan apegados a él.”

En ese sentido, Cyril trata de disputar la representación hegemónica que se construye en los centros de poder occidentales sobre su país y recordar que existe un país mucho más complejo detrás de esas imágenes.

En su película el humor también se abre paso. Al respecto, Cyril me dice: “La belleza y el humor no contradicen la tragedia”.

Los cineastas Giselle Karam y Cyril Aris presentarán sus películas en el Centro Libanés.
El encuentro busca acercar al público narrativas alejadas de los estereotipos con los que habitualmente se representa al Medio Oriente | Especial


Durante su conferencia magistral, Cyril mencionó a uno de sus maestros: el cineasta iraní Abbas Kiarostami. Pienso en El sabor de las cerezas (1997), la historia de un hombre que recorre en auto las colinas de Teherán en busca de alguien dispuesto a enterrarlo después de su suicidio. En el camino conversa con desconocidos y la película avanza dejando preguntas sin resolver. Esa forma de confiar en lo que queda fuera de cuadro aparece también en el cine de Cyril: prefiere abrir espacios, zonas limítrofes que cada espectador pueda llenar desde su propia sensibilidad.

Me animo a atentar contra esa convicción porque tengo una duda. Volví a ver el final de la película y no tengo claro el desenlace, así que me atrevo a escribirle un mensaje en su cuenta de Instagram.

–¿Al final de la película, los personajes mueren, se quedan o se van?

Imagino a Cyril sopesando la respuesta, con ese gesto que lo hace llevarse el dedo índice a la barbilla:

–No importa si se van o se quedan, siempre y cuando estén juntos. Después puedes interpretarlo como quieras. Pero el plano final es una toma del Líbano…

GSC

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Erick Baena Crespo
  • Erick Baena Crespo
  • Reportero, editor y guionista. Ganó el Premio Nacional de Periodismo Gonzo (2020) y fue finalista del Premio Bengala (2018) y del Nacional de Periodismo (2021). Es autor del libro 'El relámpago y la bala'.
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