Policía

De acompañantes a sicarias: el rol de las mujeres en el narco crece entre armas y violencia

Esta es la historia de figuras femeninas que marcaron un antes y un después en el entono criminal del estado de Tamaulipas.

El crimen organizado en Tamaulipas suele narrarse como un mundo exclusivamente masculino, pero Sara Aldrete, vinculada a Los Narcosatánicos de Matamoros; La Flaca, sicaria; y la influencer La Chuky, en Reynosa, muestran otra realidad: las mujeres ocupan roles estratégicos y violentos dentro de estos grupos.

Entre la historia de Aldrete, pieza clave del caso que estremeció a México a finales de los años ochenta, y La Chuky, cuya muerte se viralizó tras un enfrentamiento con la Guardia Estatal, transcurrieron más de tres décadas. Son dos épocas distintas, pero igual de reveladoras, pues evidencian que el rostro femenino del narco en la frontera es una constante.

El grupo de Las Flacas ofrece otra prueba de esta participación. En Tamaulipas, su existencia pasó desapercibida para la opinión pública hasta que el cuerpo desmembrado de Joselyn Alejandra Niño apareció dentro de una hielera, en un camión abandonado en el estacionamiento de un centro comercial de Matamoros. Por el apellido tatuado en el brazo, fue identificada como una asesina a sueldo del Cártel del Golfo.

Sara y los narcosatánicos

A los 22 años, la estudiante Sara Aldrete Villarreal comenzó a relacionarse con el cubano-estadunidense Adolfo de Jesús Constanzo, El Padrino, líder de una secta ligada al narcotráfico.

En Matamoros, ciudad fronteriza con Brownsville, Texas, Los Narcosatánicos fueron acusados de realizar sacrificios humanos como parte de un culto vinculado a sus actividades ilícitas. En 1989, la desaparición del spring breaker estadunidense Mark Kilroy provocó una investigación binacional que destapó la red criminal, tras descubrirse su cadáver junto con otros restos humanos mutilados en el rancho Santa Elena.

Mientras El Padrino murió en la Ciudad de México durante un operativo para capturarlo —abatido por uno de sus colaboradores, a quien ordenó dispararle—, Sara fue detenida y condenada a 62 años de prisión por el homicidio de 13 personas, delitos contra la salud, inhumación, profanación de cadáveres y asociación delictuosa, pena que posteriormente se redujo a 50 años.

Actualmente, sigue purgando su condena en el Centro Femenil de Reinserción Social de Tepepan, donde ha solicitado libertad condicional por buen comportamiento. Ella ha dicho que fue la curiosidad lo que la atrapó, pero asegura que no es ni víctima ni victimaria.

“Las Flacas”: la historia de Joselyn Niño

En enero de 2015 comenzó a circular en redes sociales la fotografía de una joven de complexión muy delgada que posaba sonriente mientras sostenía un rifle de asalto. Portaba un chaleco antibalas, una cadena de oro y gafas de sol.

La mujer fue vinculada a un grupo criminal con presencia en Río Bravo, y su imagen desató una fuerte conmoción pública, reavivando el debate sobre la participación del género y de la juventud en células delictivas de Tamaulipas.

El 13 de abril de ese año, su cuerpo fue hallado dentro de una hielera en el estacionamiento de un centro comercial en Matamoros. Se trataba de Joselyn Alejandra Niño, La Flaca, cuya identidad fue difundida originalmente por el blog Valor por Tamaulipas, un colectivo digital que alertaba sobre situaciones de riesgo.

También conocida como La Niña Sicaria, murió en el contexto de una disputa entre facciones del Cártel del Golfo. Tras su fallecimiento, se supo que al menos otras dos mujeres, en Nuevo León y el Estado de México, apodadas también La Flaca, operaban para distintos grupos delictivos y fueron encarceladas.

Con una imagen discreta buscaban pasar desapercibidas ante grupos rivales y las propias autoridades. Joselyn tenía alrededor de 20 años y, en el lugar donde fue hallado su cuerpo desmembrado, también se encontraban una mujer en las mismas condiciones y un hombre decapitado.

Así es el papel de las mujeres que han empezado a introducirse en el mundo del narcotráfico del estado de Tamaulipas
La mujer fue vinculada a un grupo criminal con presencia en Río Bravo.

La Chuky, influencer y producto de la narcocultura

Karina 'N', La Chuky, era integrante del Cártel del Golfo en Reynosa y solía exhibir en redes sociales su vida vinculada al narcotráfico, mostrando armas, equipo táctico y vehículos de lujo.

Todo terminó el 7 de noviembre pasado, cuando fue abatida durante un enfrentamiento con la Guardia Estatal de Tamaulipas, luego de que policías intentaron inspeccionar la camioneta con reporte de robo en la que se desplazaba con otros hombres. La persecución concluyó con un choque en la brecha Santo Domingo.

En el tiroteo murieron cinco presuntos sicarios, incluida La Chuky, y se aseguraron armas largas, equipo táctico, cargadores, radiocomunicaciones, ponchallantas y la unidad reportada como robada.

El exhibicionismo y la belleza física de Karina 'N' llamaban la atención, por lo que llegó a considerársele una especie de narcoinfluencer, al encajar en una lógica de proyección digital que utilizaba de manera constante las redes sociales como escenario de poder.

Así es el papel de las mujeres que han empezado a introducirse en el mundo del narcotráfico del estado de Tamaulipas
Llegó a considerársele una especie de narcoinfluencer.

Cárteles no solo reclutan hombres

El narcomundo es un sistema patriarcal por naturaleza, donde las mujeres han incursionado poco a poco hasta alcanzar algunos espacios y desempeñar casi todo tipo de roles, aunque con grandes dificultades, afirma Óscar Misael Hernández Hernández, profesor-investigador del Colegio de la Frontera Norte en Matamoros.

“Todavía no han alcanzado posiciones de poder lo suficientemente relevantes, y eso ha ocasionado que terminen asesinadas o en la cárcel; pero muy posiblemente ellas van a seguir escalando”, refiere el sociólogo y antropólogo social.

Menciona que el papel de Aldrete fue incipiente, emocional y más bien de acompañamiento dentro de la organización sectaria criminal de Adolfo Constanzo, muy distinto al caso de La Chuky, que ya se inscribe en cuadros de sicariato femenino, añade el miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Comenta que, en la época de Sara, no existían redes sociales, mientras que para La Chuky estas fueron su plataforma, lo que hizo visible su imagen y viralizó su muerte. No obstante, señala que también están los casos de Las Flacas, quienes aportaron servicios directos como sicarias.

Estas últimas, dice, representan algunos de los ejemplos más visibles de participación femenina en roles de violencia directa dentro del crimen organizado, demostrando que no solo se recluta a hombres.

“Las Flacas ofrecían una especie de proveeduría externa; son grupos que actúan como franquicias criminales y contratan a terceros. Ellas funcionaban así y su perfil era de narcoestética: delgadas, atractivas y adiestradas en el manejo de armas”.

Las describe como mujeres con capital erótico, pero también bélico y con gran sangre fría. Su apariencia inofensiva les permitía operar con mayor sigilo que sus homólogos masculinos y ejecutar encargos que incluían tortura y asesinato.

“Las Flacas no formaban un cártel en sí mismas; eran un grupo proveedor de servicios. Hubo otros casos similares en distintos estados, porque la marca se popularizó y otras mujeres se apropiaron del nombre”, expone.

Urgen soluciones integrales al fenómeno

Valentina Carbonell Galicia, politóloga y especialista en temas de seguridad y justicia, documentó en una investigación académica la creciente participación de las mujeres en el crimen organizado en México, explorando las motivaciones que las llevan a involucrarse de manera voluntaria.

A través de un enfoque cualitativo y el análisis de 22 entrevistas narrativas realizadas a mujeres privadas de la libertad en distintos centros penitenciarios del país, profundizó en las causas de este incremento.

Los hallazgos sugieren una creciente demanda de “mano de obra” femenina ante la pérdida de hombres en enfrentamientos y capturas, vacíos que son ocupados por mujeres y menores de edad. A ello se suman las ventajas de género para pasar desapercibidas y el atractivo de la narcocultura.

Se debe observar la capacidad de decisión y agencia de las mujeres”, sostiene Carbonell, licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

Participación femenina se dispara

Mediante una solicitud de transparencia a la Secretaría de la Defensa Nacional, la especialista estableció que en el año 2000 el Ejército detuvo a 77 mujeres presuntamente implicadas en actividades delictivas, mientras que en 2023 la cifra ascendió a 1,184, un aumento de 437%, frente a un 386% registrado en los hombres.

Señala que, en algunos casos, las mujeres son enviadas primero por las organizaciones criminales para enfrentar a la autoridad. En las últimas dos décadas, académicas han documentado un cambio cuantitativo y cualitativo en su participación, con roles cada vez más protagónicos y violentos.

Advierte que esta tendencia contribuye a prolongar la crisis de inseguridad, pues también impacta a las nuevas generaciones.

Deterioro del tejido social y falsa idea del feminismo

El psicólogo Gabriel Rubio Badillo considera que la participación femenina en el crimen organizado refleja el deterioro del tejido social y una interpretación errónea del feminismo.

Afirma que la desintegración familiar, la normalización de la violencia y la influencia de redes sociales generan condiciones propicias para la captación de niñas y jóvenes.

“El decir somos iguales a los hombres se aplicó de manera extrema; la idea era respeto y validación, no replicar las peores conductas”, señala.

Concluye que, si no se atienden las causas de fondo, el panorama seguirá siendo oscuro.

El caso de Sara Aldrete rompió el estereotipo de la mujer como simple acompañante del narco. Con La Flaca y La Chuky se consolidó una realidad incómoda: las mujeres no solo son víctimas de la violencia criminal, también pueden ejercerla, y su presencia en estas estructuras sigue en aumento.

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Cristina Gómez
  • Cristina Gómez
  • Con más de tres décadas en el periodismo, escribir es mi pasión. Buscadora de verdades ocultas, de convertir cifras en relatos y de tejer reportajes que dejen huella en la memoria colectiva, porque todo dato encierra un rostro, una vida, una historia. Orgullosamente panuquense y tampiqueña por adopción.
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