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Martes , 23.04.2019 / 09:15 Hoy

El nuevo orden

Firestarter, Luke Perry y adiós a los 90

Wenceslao Bruciaga

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Desconfío de buena parte de esos chilletas a los que supuestamente les pudo el suicidio de Keith Flint, vocalista de The Prodigy, como dejaron ver en sus timelines, inducidos por el síndrome FOMO (Fear Of Missing Out), que por el genuino estremecimiento nostálgico, raver o melómano al menos. Muchos de los que se despedían de Flint en redes sociales eran los mismos tenaces del lenguaje incluyente, militares contra las vocales patriarcales y el humor manchado que ofende a los vulnerables y desprotegidos, porque con Prodigy, Flint fue un desgraciado incorrecto, no tuvo objeciones ideológicas ni miedo al escarnio conservador cuando dio visto bueno al video de “Smack my bitch up”, tercer sencillo del Fat of the land. Dirigido por Jonas Akerlund, la edición mostraba en plano subjetivo a un supuesto mamarracho bravucón, alcohólico y cocainómano en lo que debía ser la noche británica; el personaje va por ahí tomando shots, manoseando mujeres con vulgaridad despreciable, rompiendo tornamesas, vomitando y pateando cabrones por resentida diversión. En algún momento se le ve teniendo sexo con la actriz porno Teresa May.

Algunas feministas pertenecientes a la ola de 1997 acusaron de misógino a Flit por permitir que The Prodigy hiciera apología del maltrato a la mujer, según se veía en los primeros días que MTV rotaba la versión censurada, sobre todo en Ozono, el segmento dedicado a música electrónica conducido por la inolvidable Ruth Infarinato que sabiamente se transmitía los sábados por ahí de las 10 de la noche. Veíamos “Smack my bitch up” en casa de El Cullen asombrados, casi con escalofríos, calentando motores antes del rave con bacachos y éxtasis sin sentirnos culpables por fomentar desigualdad. Cuando al fin pudimos ver el director suncut, nos dimos cuenta que el punto de vista en primera persona, al colocarse frente al espejo, mostraba el torso de una atlética mujer rubia hasta las nubes de droga, violencia y sexo, como solía ser el firmamento rave de Prodigy.

Si los Chemical Brothers hacían de punks del breakbeat, lo de Prodigy era incitar conatos de hardcore tirando a anarcopunk, aunque nunca con el vandalismo de Atari Teenage Riot; con el tiempo, The Prodigy se decantarían por la fanfarronería de estadio y de pronto eran como conciertos de Mötley Crüe a ritmo de rave y no quiero que esto se tome como queja peyorativa, todo lo contrario, de corazón. Si algo me enseñó la crudeza de Flint fue la purificación de las ofensas hasta enseñarle los dientes a las más rudas.

¿Cómo hacen para deconstruir lo que sea mientras lamentan la muerte de Flint y Perry?

Porque fue un lunes triste: apenas leía sobre la muerte de Flint cuando la noticia de Luke Perry, sus 52 años y un derrame cerebral del que nunca regresaría, empezó a correr en paralelo. Los noventa, aquellos tiempos de género obsoleto y sencillo cavando sus propias tumbas. Ahora Perry, el que nunca pudo ser otra cosa que el Dylan de Beverly Hills 90210, otro mamarracho resucitando el copete de James Dean, un hijo de la chingada con Brenda y ojete con Kelly, tan masculinamente tóxico que me encantaba. Creo que los gays adictos al porno preferimos a Dylan por sobre el ñoño de Brandon, muy tierno y comprensivo y doméstico, pero pendejo para besar. Porque sí, yo era un maldito inconsciente despreocupado por el sometimiento del heteropatriarcado que se excitaba con Dylan y Soundgarden; creo estaba hecho bolas planteando los términos de mi homosexualidad, alejado de los consensos desobedientes que no tuve ojos para divisar lo opresivo de la masculinidad que hoy todos advierten y denuncian. Ni modo. Me chingué. Y temo que para siempre.

No obstante, esa malformación me permitía ver otras cosas, como la posibilidad de defenderme contra la homofobia con mis propios puños cuando me ganaba la calentura en espacios no seguros, lo mismo que no aburguesados, cosa que hoy es reprobable según entiendo, aunque la derecha esté emponzoñando todo aquello al margen de lo políticamente correcto y nadie quiere ver, o no quiere, como el debate alrededor de las Organizaciones de la Sociedad Civil volviendo a estigmatizar el VIH, tanto por las mismas OSCs, algunas atrapadas en un bucle de activismo limitado a repartición de condones y fiestas con mala música que despiertan sospechas, como por homofóbicos que nos ven como plaga a exterminar y poco les importará si nos ven orgullosamente afeminados u homonormados reproduciendo patrones de testosterona, van a querer aplastarnos como cucarachas y aquí estamos, haciéndosela de pedo a la RAE por el lenguaje incluyente cuando homofóbicos sin pelos en la lengua se abren paso con candidaturas para la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Y no son ellos, sino el chingo de gente que los apoya: ¿las palabras escritas con e podrán salvarnos?

Si pienso en Chris Cornell, Scott Weiland y los anticipados Shannon Hoon de Blind Melon, Layne Staley de Alice in Chains y el mismo Kurt Cobain, es como si la desilusión del grunge vaticinara las conservadoras contradicciones del futuro y hubieran preferido escapar antes que sobrevivir en esta era indignaciones digitalizadas.


Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com

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