Sociedad

Discriminación y deseo

La discriminación al interior del gueto del arcoíris ha sido una testarudez en este espacio, desde sus inicios. Lo señalaba y lo sigo haciendo como un ejercicio de observación, confrontación y destierro, que es el mejor terreno para ejercer la autocrítica sin ambiciones morales. Porque a menudo me reconozco como parte de los que batean a tipos por culpa del patriarcado y esa colonizadora infancia norteña, los sombreros y las botas vaqueras, las camionetas con olor a caucho y polvo son los culpables de que no me sienta atraído homoeróticamente por los afeminados, aun cuando también joteo, por valemadrismo y no como performance político. Un día me subí al ring y eso terminó de arruinarme.

Es verdad: los homosexuales han labrado una perversa dinámica para humillar a otros homosexuales, empezando por el imaginario de la gente bien, con la misma rabia con la que los homofóbicos nos someten e intimidan –una de las cosas por las que empecé a boxear, la construcción social de la hipermasculinidad me ha servido para defenderme, no depender de vulnerabilidades, reales o engañosas y no esconderme, yo y mi putería–. Desde luego nunca es agradable que te desprecien, por tu color de piel, tu cantidad de triglicéridos o porque tus compactos de los Bad Brains te hacen pasar por un asaltante. En una ocasión, en la esquina de una orgía, un bato de buen cuerpo pero con cabeza de juguete y un peinado que me recordaba a los Garibaldi en decadencia, me gritó ¡pinche feo! Fuerte y altanero, el cabrón se pavoneaba; yo estaba tan pedo, con la sensibilidad en forma de gingivitis, que me quedé sin autoestima, le di un cabezazo en su nariz: ni con toda su masa muscular pudo preservar su soberbia mamey. Me sacaron y tiraron junto a un árbol con el cinturón como desparramándose sobre el pavimento, como serpiente asustada. Alguien me susurró al oído: qué bueno que pusiste en su lugar a ese mamón, o quizás aluciné tales palabras. Estaba hasta las nubes.

Es la única ocasión en que he hecho algo tan ruin, solo porque no le gusté a un desconocido en calzones. Me juré nunca caer tan bajo. No tengo jeta para exigir que no me rechacen simplemente porque les da la gana. Soy de esos que en los perfiles de las apps describo lo que no me prende, sin denostar (o al menos lo intento), pero tajante. Ser honesto con mis fetiches me da un poco de responsabilidad, no es cualquier cosa pues soy muy irresponsable. Y si algo me ha enseñado el Charlie Brown que llevo tatuado en el brazo, es que se puede ser feliz en la libertad del rechazado.

Leí hace poco, en un par de textos y comentarios digitales, que decir lo que no te excita es también un acto discriminatorio. No gordos, no afeminados, no güeros, no morenos, no flacos, no zurdos, no daltónicos, no pogonofóbicos… Básicamente sugerían la autocensura del deseo para no fomentar la exclusión. ¿Cómo decir lo que no te prende sin discriminar y herir inseguridades? Entiendo la necesidad de no acuchillarnos, pero tal sugerencia me parece que no combate la discriminación entre homosexuales, hay algo de venganza, de un chantajista entendimiento de la autoestima, de encajar como requisito indispensable para alcanzar eso que llaman realización. Sobre todo cuando siempre existe la opción de abrazar una sana misantropía.

Quizás ese instinto de saberte rechazado por tu condición homosexual en un mundo de placeres vigilados por el instinto de la reproducción humana, es lo que de pronto detona ataques de perfección en algunos gays; de pronto y de vez en cuando, queremos ser los más mamados, los más cotizados, los que no se pierden ni una sola fiesta circuit pues sienten que el desastre se les ancla en el alma; los más solidarios con las mujeres, los que jotean según esto como mecanismo de desafío contra el machismo, aunque a veces terminen reducidos a una caricatura de sus buenas intenciones y en su involuntaria farsa condenan la normalización del patriarcado, normalizar el lugar común de la indignación también indigesta; los más conscientes de las buenas causas y los más capacitados para hablar de rechazo y discriminación. Los más hipermasculinos también.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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