La reciente intensificación de las tensiones en el Medio Oriente, marcada por las operaciones Furia Épica y León Rugiente, ha provocado un acalorado debate sobre la legalidad y legitimidad de las acciones militares de Estados Unidos e Israel contra Irán. Estas operaciones violan claramente el artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas y constituyen un crimen internacional de agresión. Sin embargo, Estados Unidos ha presentado un argumento altamente peligroso para justificarlas: aunque estas acciones puedan ser ilegales, son consideradas legítimas porque los “regímenes villanos”, como el de la República Islámica de Irán, incluido por el expresidente George Bush en el “Eje del Mal” (“Axis of Evil”), deben ser sancionados, incluso si eso significa transgredir la ley, dado que estos regímenes ya la infringen. Desde la óptica estadunidense, se posicionan como héroes al estilo de Robin Hood en el Medio Oriente, que, aun violando la ley internacional, actúan con causas legítimas, como derrocar a un gobierno villano que también ha incurrido en ilegalidades. En otras palabras, para Estados Unidos, “quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón”.
La idea de que el uso de la fuerza en violación de la Carta de la ONU podría ser “ilegal, pero legítimo” se originó con la campaña aérea de la OTAN en 1999 contra la entonces República Federativa de Yugoslavia. Aunque controversial, la argumentación era que una operación destinada a prevenir atrocidades y limpieza étnica en Kosovo podría ser legítima, pese a transgredir el artículo 2-4 de la Carta. Esto se sumó al fracaso de la comunidad internacional para detener el genocidio en Ruanda, catalizando el esfuerzo por definir bajo qué condiciones un Estado puede legítimamente violar el derecho internacional para detener graves violaciones de normas fundamentales, como la protección de los derechos humanos y la prevención de atrocidades.
Este razonamiento ha encontrado eco en algunos líderes europeos en el contexto actual de la guerra de Irán. El ministro de Asuntos Exteriores de los Países Bajos, Tom Berendsen, señaló que “el derecho internacional no es el único marco aplicable” y que “hay que ser realista, considerando el carácter asesino del régimen iraní”. Asimismo, el Ministro de Relaciones Exteriores de Bélgica, Maxime Prévot, reconoció que si bien la operación no cumple con las normas internacionales, debe sopesarse contra el “principio de realidad”, destacando que Irán no es un ejemplo de cumplimiento del derecho internacional, y que las acciones de Estados Unidos e Israel pueden estar justificadas por la seguridad global.
Estas perspectivas se suman a las preocupaciones de larga data sobre la represión política y graves violaciones de derechos humanos en Irán, sus esfuerzos por adquirir armas nucleares, financiar terrorismo y promover abiertamente el genocidio contra los judíos, sosteniendo que Israel debe ser borrado del mapa mundi. El problema no es si Irán ha violado las normas internacionales, que claramente lo ha hecho, sino la idea de que estas violaciones justificarían que un “héroe” pueda violar otras normas internacionales o interpretarlas de manera flexible para detener las acciones del “villano”.
Este argumento enfrenta serios desafíos: en derecho, se permite la desobediencia legítima frente a leyes injustas. Dentro de un marco iusnaturalista, algo legal no es necesariamente justo. Se puede elegir romper la ley por consideraciones superiores de moralidad y justicia, asumiendo las consecuencias de tal decisión. Un ejemplo clásico es el cumplimiento del derecho nazi, que se consideraba legal pero moralmente incorrecto. La prohibición de la guerra en el artículo 2(4) de la Carta de la ONU no es una ley injusta; es un pilar fundamental del orden jurídico internacional, adoptado tras las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, que “indujeron sufrimientos indecibles a la humanidad”. La guerra no resuelve conflictos de manera permanente ni garantiza derechos humanos violados por regímenes opresivos, ya que priva del más fundamental de todos: el derecho a la vida. Muerte, destrucción y caos no son soluciones eficaces a atrocidades masivas.
Otro problema del argumento “ilegal, pero legítimo” es la credibilidad de quien lo plantea. No se puede esperar que quienes violan continuamente el derecho internacional aleguen motivos legítimos para hacerlo nuevamente. En palabras de la sabiduría popular, “el ladrón grita ladrón”. Para ser considerado un héroe, primero no se debe actuar como villano. Resulta difícil creer que Donald Trump o Benjamin Netanyahu estén realmente preocupados por las violaciones del ayatolá Ali Jameneí. La verdadera amenaza al derecho internacional no está en sus incumplimientos ocasionales, sino en su desprecio constante por parte de quienes ostentan poder. Trump expresó al New York Times: “No necesito el derecho internacional”, argumentando que la única limitación a su poder es “mi propia moralidad, mi propia mente”.
En Derecho, aunque la moralidad personal pueda justificar en la mente de alguien acciones ilegales, generalmente no exime a esa persona de las consecuencias jurídicas de sus actos ilícitos. En Psicología, los villanos que se ven como héroes —a menudo llamados villanos justicieros o anti-villanos— son impulsados por un propósito superior percibido, justificando acciones inmorales como necesarias para un bien mayor. Esta mentalidad puede surgir de la gestión de disonancia cognitiva, complejos narcisistas de salvador o un absoluto moral rígido, creyendo que están salvando al mundo, cuando en realidad pueden estar llevándolo hacia la catástrofe.