Política

Nuevas victorias para antiguas derrotas

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Vivimos el domingo una euforia generalizada: contra todos los pronósticos, y desafiando el sino que parecían imponer los resultados de la primera vuelta, Lula da Silva despuntaba en el balotaje frente a un cada vez más claramente derrotado Flavio Bolsonaro. Los resultados en tiempo real de la elección brasileña pronto se convirtieron en el tema de muchas conversaciones. No es inusual para cierto sector politizado seguir de cerca las elecciones en países latinoamericanos —especialmente las segundas vueltas—, pero el interés que despertó la de Brasil, por ser una contienda tan cerrada y por lo mucho que se jugaba en ella, fue, al menos por su intensidad, inédito.

Los algoritmos, infalibles, comenzaron a hacer lo suyo. Inundaron nuestras pantallas con decenas de videos que mostraban cómo el pueblo brasileño logró la hazaña: adultos mayores cargados en sillas para ser llevados a su lugar de votación; mítines en los que varios jóvenes que se jactan, emocionados hasta las lágrimas, de estudiar medicina en las universidades que fundó Lula. Un video en particular me llamó la atención: en una toma desde lo alto se ve un grupo de unas veinte personas cargando un vehículo. Era un coche  que los bolsonaristas habían colocado para impedir el avance de un autobús lleno de gente que se dirigía a votar. Vistos desde ese ángulo, las personas que cargan el coche parecen un grupo de hormiguitas que se arremolinan en torno de una morona de pan. A diferencia de las hormigas, cuando logran quitar el auto del camino se ponen a dar de brincos, y lo mismo hacen otros que no cargaron nada, pero que seguramente apoyaron dando ánimos. El autobús finalmente pasa y uno se imagina que llega felizmente a su destino. Es inexplicable lo que causa ese video: un enorme orgullo por parecernos tanto a las hormigas y, al mismo tiempo, por ser tan distintos de ellas, tan humanos. Porque lo que se jugó en esta elección, sin exagerar, no eran sólo dos proyectos políticos rivales, sino el freno al ideario deshumanizador que representan las nuevas derechas.

¿Cómo logró Lula remontar su desventaja y sacar a la calle 10.3 millones de votantes más que en la primera vuelta? fue la pregunta que siguió al festejo. Fueron apareciendo las explicaciones: en un par de semanas apenas, un diputado mineiro convertido en estratega digital, André Janones, conformó un canal de WhatsApp, que en pocos días alcanzó a más de 11 millones de personas. “Exército Do Lula”, el canal, era la plataforma desde donde se repartían las consignas y se organizaban las movilizaciones. La herramienta es importante porque dieron la batalla final en el campo que sus rivales creían indisputado: las redes

sociodigitales.

El remonte dramático de la izquierda en una carrera en la que cada minuto contaba nos deja algunas lecciones. La primera, y más obvia, es que a las derechas se les gana usando sus propias herramientas —aunque no necesariamente sus métodos, ni mucho menos sus inexistentes escrúpulos—. La elección del 25 de octubre demostró que las izquierdas no están impedidas para entrar de manera inteligente en los campos que las derechas se han apropiado.

En segundo lugar, nos muestra algo que ya sabíamos, pero que necesitaba mostrarse con contundencia: la supuesta aceptación mayoritaria del discurso de las nuevas derechas es un engaño, un efecto de la multiplicación artificial de opiniones replicadas de manera automática y masiva sin respaldo real —o al menos sin un respaldo tan multitudinario como intentan hacer creer—. Como un billete falso, las opiniones de la derecha que cunden en redes sociales son pensamientos sin un cerebro real detrás. Y aunque, desde luego, la táctica les ha traído algo de apoyo popular, las izquierdas, orgánicas y, en caso de emergencia, organizadas, son capaces de vencer desde la autenticidad a los discursos y proyectos autoritarios reproducidos acríticamente por máquinas.

Lo que trae la gesta brasileña del domingo es una palabra ya muy gastada pero que aún no encuentra un término sustituto: esperanza. Y la esperanza en esta arena no es sólo una palabra conmovedora: es el motor mismo de la acción política.

Antier falleció a los 92 años el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Las horas siguientes han sido un inmenso luto colectivo, y con él, han circulado cientos de recuerdos. Las redes sociales se convirtieron, por estas horas, en un memorial digital de la profunda huella que dejó el ingeniero en nuestras luchas

democráticas.

Digo nuestras porque los testimonios se enuncian casi siempre así, en primera persona, —para mi generación, de hecho, la del ingeniero fue la primera lucha social que sentimos como propia—. Esas imágenes, la voz de sus discursos en los mítines, me recuerdan inevitablemente no sólo hechos y eventos, sino sensaciones: la alegría de salir con las amigas de la primaria a corear su nombre por las calles, la rabia y el descrédito de la elección robada, la decepción y la desesperación de pelear contra un aparato de fraude electoral imposible de vencer por la más contundente voluntad popular. Pero, sobre todas las cosas, el recuerdo del ingeniero revive aquella antigua sensación de esperanza, esa noble terquedad. Por ella, que siempre regresa, es que este pueblo lo despide con unánime agradecimiento.

Especial
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Violeta Vázquez-Rojas
  • Violeta Vázquez-Rojas
  • Lingüista egresada de la ENAH, con doctorado por la Universidad de Nueva York. Profesora-Investigadora, columnista y analista, con interés en las lenguas de México, las ideologías, los discursos y la política.
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