Alguna vez escuché a alguien decir: “Yo soy el director de la orquesta, y mi trabajo es que todos toquemos la misma melodía”.
Sí, la función del director de la orquesta no es tocar un instrumento, sino dirigir, marcar el ritmo, lograr una conexión emocional y buscar la armonía del grupo.
Pero, ¿qué pasa si el encargado del piano está en el arpa, y el del arpa en el violín, y el del violín en la flauta?
Seguramente el resultado sería sumamente frustrante: un montón de gente tratando de tocar la misma melodía, pero sin la habilidad necesaria para ejecutar correctamente lo mismo por más que se esfuercen.
Exactamente esto sucede en las organizaciones; es común que no se obtengan los resultados, a pesar de la buena voluntad de los directores y los miembros de la organización, porque las personas no están en el lugar correcto.
Para que la orquesta funcione es necesario poner al del piano en el piano, al del arpa en el arpa, y así, a cada miembro en el instrumento correcto acorde a su habilidad.
El liderazgo no solo requiere buena voluntad; es necesario conocer a cada integrante del equipo, saber de qué es, y de qué no es, capaz de hacer cada uno de sus colaboradores, además de desarrollar un poco la intuición para encontrar la química adecuada que favorezca el ambiente de trabajo en la organización.
La correcta selección de cada colaborador del equipo es fundamental para el logro de los objetivos.
Si bien las habilidades técnicas y profesionales son importantes, la experiencia demuestra que, en muchos casos, resulta más valioso integrar personas con valores sólidos, actitud positiva y disposición para aprender, capaces de dejarse orientar y evolucionar progresivamente hacia la autogestión.
El liderazgo requiere amor, pero también confianza, visión y sentido común.
Una vez que tenemos a los miembros indicados en el lugar adecuado, entonces, y solo entonces, podremos intentar tocar la misma melodía una y otra vez hasta que, por fin, surja algo mágico. Con cariño.
victor.elizalde@iberotorreon.mx