Comunidad

D’Artagnan y el Honor Perdido

El polvo de los siglos tiene una forma caprichosa de recordarnos lo que hemos olvidado.

Hace apenas unos días, el hallazgo de lo que parece ser la tumba de Charles de Batz de Castelmore —el hombre de carne y hueso que inspiró la leyenda de D’Artagnan— en la modesta iglesia de Saint-Pierre-aux-Liens, en Gers, Francia, nos obligó a volver la vista a un concepto que hoy parece tan arqueológico como esos restos: el honor.

Mientras en nuestras costas el chapopote ensucia la arena y en las calles el estruendo de la inseguridad intenta robarnos la paz, la noticia del "cuarto mosquetero" nos llega como un eco de una era donde la palabra empeñada valía más que un presupuesto asignado.

Alejandro Dumas no inventó una aventura; inmortalizó una ética.

El célebre "Uno para todos y todos para uno" no era un eslogan de campaña vacío, sino un contrato de lealtad absoluta donde el interés personal se disolvía ante la necesidad del prójimo y la estabilidad del reino.

Trasladar esa mística a nuestra actualidad resulta, por decir lo menos, doloroso.

Al observar el panorama de nuestros servidores públicos y la clase política, la pregunta surge inevitable: ¿Dónde están los mosqueteros de la sociedad? Hoy, la divisa parece haberse invertido a un cínico "todos para uno", donde la estructura del poder se utiliza como un botín de guerra y la lealtad se compra con canonjías, no con convicciones.

La ciudadanía, esa que hoy busca un respiro en las vacaciones de Semana Santa, necesita algo más que promesas de campaña; necesita "mosqueteros" en la administración pública.

Personas que entiendan que el servicio es un acto de nobleza, no un negocio de temporada.

El hallazgo en Francia nos recuerda que el hombre muere, pero el ideal de la amistad, el honor y el sacrificio por el bien común debe ser inmortal si queremos que una sociedad funcione.

En este arranque de vacaciones, mientras el sol de Playa Miramar intenta disipar las sombras de los problemas cotidianos, valdría la pena que quienes ostentan el poder reflexionaran sobre el rastro que dejarán. D’Artagnan no pasó a la historia por su fortuna, sino por su espada puesta al servicio de una causa mayor que él mismo.

Quizás, si nuestros políticos leyeran un poco más a Dumas y un poco menos sus encuestas de popularidad, entenderían que el fin final de su oficio es, simplemente, ayudar a la gente.

La lealtad a la ciudadanía es el único monumento que el tiempo no puede convertir en polvo.


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Víctor Hugo Martínez
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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