Acostumbrados por años a enaltecer a los narcos a través de series, corridos y el mito del “buen bandido”, se estrenó este fin de semana en México la película La captura, que cuenta el otro lado de la historia. La crónica basada en hechos reales de la detención de Joaquín El Chapo Guzmán se centra en los dos policías federales que pusieron a prueba sus principios y valores para hacer lo que les tocaba: hacer bien su trabajo.
Es una película imperdible, que recomiendo ver con los hijos adolescentes y adultos, por el mensaje que deja y la reflexión que puede provocar. Aparte de bien hecha, que no es algo común en México para el género de acción, cuenta la versión del policía, ciudadano y papá común y corriente que se enfrenta al poderoso, al que todo lo puede con dinero, violencia y poder.
El desenlace de todos sabido, la captura de El Chapo en Los Mochis, Sinaloa, el 8 de enero del 2016, no es la trama principal, sino todo lo que sucedió en el proceso. Y lo que considero más valioso resaltar es contar estas historias en nuestro país, tan influenciado por la apología del delito a través de artistas, medios de comunicación, series y redes. Las nuevas generaciones crecieron viendo normal o incluso como antihéroe aspiracional al narcotraficante, justificándolo por resolver la pobreza o la falta de Estado en las zonas rurales.
Una de las escenas más poderosas es el diálogo con el que se enfrentan el policía y el narco más temido, donde se da lo esperado: el soborno, la tentación ante la oferta que cambiará su vida y a la vez el miedo de que toda su vida está en peligro. Y el policía dice una de estas frases que seguro muchos hemos querido hacer universal: “Nada justifica lo que hacen, pues matan y envenenan para buscar hacer su bien”.
Necesitamos contar más historias de personas que en servicio público hagan lo correcto. No es ingenuo pensar que se puede hacer el bien, incluso en estas situaciones. Nos puede ganar la desesperanza de saber lo que se mueve detrás del poder y las instituciones, y desconfiar, pero también sabemos que cada acción bien hecha del común y corriente tiene su impacto, y en ocasiones cambia el curso de la historia.