Política

El añejísimo club de Toby

  • Me hierve el buche
  • El añejísimo club de Toby
  • Teresa Vilis

El poder económico no suele tener un solo rostro. Lo que hay, casi siempre, son sobremesas y reuniones de señores en las que se generan la mayoría de las ocurrencias.

Se echa de ver en todo aquello que no se fotografía. En las llamadas a deshoras, en el “yo lo arreglo”, en el “déjamelo a mí”, en un “ese es de los nuestros”. Frases que abren puertas sin que nadie pregunte mucho. Es más costumbre que otra cosa. Un microclima de confianza masculina donde el mérito es como un adorno colgado en la pared.

Son grupúsculos. Pequeños, persistentes. Hombres que se conocen desde hace años y se reconocen por señales mínimas. El apretón de manos que dura un segundo extra, el chiste privado, la familiaridad con la que se nombran. Se recomiendan, se colocan, se rescatan. Si uno tropieza, otro lo acomoda. Si uno mete la pata, aparece el coro que relativiza el asunto.

Buena parte de esa confianza no se construye en oficinas sino en sobremesas largas, borracheras, esas comidas donde el whisky afloja la lengua y la camaradería se sella entre risas y palmaditas en la espalda. Ahí se cierran acuerdos, se prometen cargos, se reparten favores.

En este país, muchas empresas siguen llenas de hombrecitos que hacen poco o nada, pero hablan con un poco de seguridad en las juntas. Su discurso suele apoyarse en mujeres que investigan, organizan, corrigen, producen… trabajan. Ellos presentan el resultado, impostan la voz, reciben la felicitación de su propio grupúsculo. Se paran el cuello entre ellos mientras afuera la escena se entiende muy bien.

Es ridículo.

Cuando surge un problema serio, el mecanismo vuelve a funcionar. El grupo se protege, incluso cuando aparecen denuncias de acoso o conductas que cualquier manual corporativo diría que son inadmisibles. Entonces llegan las explicaciones. Que fue un malentendido, que lo exageraron, que es un buen tipo. La lealtad masculina funciona hoy como en ese añejísimo concepto del club de Toby.

Así, mientras los comunicados hablan de inclusión y valores, las reglas reales siguen siendo otras. Compadrazgo, camaradería cerrada, complicidad masculina. El patriarcado disfrazado de ejecutivos.

El próximo domingo será 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Escucharemos otra vez discursos sobre igualdad.

Luego están los números.

En Jalisco 78 por ciento de los hombres participa en la economía, frente a 45 por ciento de las mujeres. No porque nosotras tengamos menos trabajo, sino que una parte enorme del trabajo no se nos paga.

Todavía, las mujeres dedicamos el doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados. También sostenemos la vida cotidiana, esa infraestructura invisible sin la cual nada funciona.

Cuando logramos entrar al mercado laboral, aparece otra constante. Ganamos entre 20 y 30 por ciento menos que los hombres.

Con esas cifras vuelvo a pensar en esos círculos masculinos que siguen decidiendo buena parte de las reglas del juego. Entonces el discurso del progreso suena menos convincente.

Cuando juntamos esas piezas con detenimiento nos damos cuenta de que, aunque hay avances notables, el camino para la verdadera equidad es aún demasiado largo y sinuoso. Me hierve el buche.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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