Política

Adiós, oxitocina

  • Me hierve el buche
  • Adiós, oxitocina
  • Teresa Vilis

Hay conceptos que llegan cuando menos los esperabas o, peor, cuando explican demasiado bien lo que ya se había entendido sin palabras. Oxitocina es uno de ellos. Esa hormona a la que le adjudican el apego, el cuidado, la necesidad casi biológica de permanecer. La hormona del “quédate”, del “entiende”, del “no seas tan dura”. La hormona que, vista con distancia, es una gran coartada.

Dicen los que saben que después de los cuarenta esa sustancia baja. Que con la caída de los estrógenos también se va debilitando ese impulso despiadado por sostener vínculos a cualquier precio. No sé si lo dicen desde la ciencia o desde esa pedagogía masculina que siempre intenta explicarnos por qué sentimos lo que sentimos. No domino la ciencia, solo tengo experiencia. Últimamente tengo una certeza inusual: algo se apagó. Qué alivio.

Durante años confundí el apego con una forma superior del amor. Creí que cuidar era una virtud en sí misma, aun cuando implicara aguantar desplantes, silencios, maltratos pequeños y constantes. Maternar a quien, según yo, lo necesitara. Poner el cuerpo, la escucha, la paciencia infinita. Traducir emociones ajenas. Justificar lo injustificable. No porque me lo pidieran, sino porque yo estaba entrenada para hacerlo. Culturalmente, emocionalmente, químicamente. No sé.

Ahora no.

No me volví fría. Me volví “exacta”. Hay una diferencia enorme. Antes me quedaba para no romper. Hoy me voy para no romperme. Antes entendía todo. Hoy entiendo, pero no acepto. Antes creía que el cariño era aguantar. Hoy sé que muchas veces es costumbre, miedo o una enseñanza muy bien plantada.

El fin de año viene siempre cargado de balances que no dicen nada nuevo y abrazos obligatorios. Yo hago otro ejercicio: observo. Veo quién estuvo cuando no era cómodo. Quién apareció sin que yo lo llamara. Quién cuidó sin que yo lo pidiera. Y, sobre todo, quién solo estuvo mientras yo sostuve todo. La oxitocina, esa señora diligente, me empujaba a seguir. A dar una oportunidad más. A pensar que el problema era mío por cansarme.

Ya no.

No quiero vínculos que se alimenten de mi desgaste. No quiero relaciones sostenidas por mi paciencia. No quiero afectos que solo existen por el buen recuerdo de lo que fue. Si eso implica menos gente, bienvenida la soledad selectiva. Si eso implica despedidas, que así sea. Hay pérdidas que no son pérdidas.

Tal vez sea hormonal. Tal vez sea político. Tal vez sea simplemente el paso del tiempo haciendo su trabajo sucio y necesario. Lo cierto es que el apego que me gobernó durante años ya no manda aquí.

Ahora mando yo.

Así que sí: adiós, oxitocina. Gracias por los cuidados, por los excesos, por las lealtades mal entendidas. En esta etapa solo me quedo donde hay reciprocidad. Todo lo demás, que siga su camino. Si a alguien le incomoda esta versión mía, lo siento poco. Hoy me hierve menos el buche. Y eso, a estas alturas, es más triunfo que cualquier otra conspiración.


Google news logo
Síguenos en
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.