Política

Del muro a la pantalla: Loco México Mágico y la batalla por la imagen de México en Hollywood

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Hay algo paradójico en hablar de México desde Hollywood en 2026. Mientras la política estadounidense vuelve a colocar la frontera, las deportaciones y el control migratorio en el centro de su relación con México, en Los Ángeles ocurre simultáneamente otro proceso: cada vez más estadounidenses hijos de mexicanos buscan formalizar su ciudadanía mexicana. El Consulado General de México en Los Ángeles pasó de dos a siete ventanillas de registro civil ante el incremento de la demanda. El propio cónsul general, Carlos González Gutiérrez, ha relacionado este fenómeno con la incertidumbre provocada por el endurecimiento de la política migratoria de la administración Trump. Una frontera puede hacerse políticamente más rígida y, al mismo tiempo, las identidades a ambos lados de ella volverse más difíciles de separar.

Pensaba justamente en esa contradicción el 25 de septiembre, mientras veía Loco México Mágico, de Carlos Santos, en la inauguración de la edición 18 del Hola México Film Festival, literalmente en Hollywood. La película utiliza la comedia para contar la historia de un alcalde veracruzano obsesionado con convertir su comunidad en un destino internacional mediante una película. Sin embargo, detrás del absurdo aparece una discusión que trasciende al cine: antes de preguntarnos cómo Estados Unidos mira a México, habría que preguntarnos cómo México decide mirarse a sí mismo. Cuando entrevisté a Carlos Santos después de la función, él insistió precisamente en eso. Me dijo que existen dos tareas diferentes: primero, México debe “comunicarnos a nosotros mismos, los mexicanos”; construir una identidad y un discurso capaz de hablarnos internamente. Después viene la proyección hacia el extranjero. Esa parte de nuestra conversación me pareció mucho más política que cualquier consigna explícita en la película.

La observación resulta pertinente porque México suele discutir su imagen internacional a la defensiva. Reaccionamos a lo que dice un presidente estadounidense, a la última polémica sobre la frontera o a la representación del mexicano en medios extranjeros. Santos propone invertir el orden: primero decidir qué historias queremos contar nosotros. En la entrevista que le realicé, explicó que de poco sirve proyectar una imagen hacia fuera si ésta no tiene una base sólida dentro del propio país. Ésa es precisamente una de las tensiones de Loco México Mágico: sus personajes quieren impresionar al extranjero, pero terminan revelando algo mucho más interesante sobre ellos mismos. El cine es político incluso cuando no habla de presidentes, porque seleccionar quién aparece, quién habla y desde dónde se observa una sociedad ya constituye una decisión sobre poder y representación.

Y la relación México-Estados Unidos difícilmente puede explicarse únicamente mediante el muro. Entre enero y julio de 2026, México recibió alrededor de 36,349 millones de dólares en remesas; tan sólo entre abril y junio, más de 15,672 millones de dólares llegaron desde Estados Unidos. En julio, México exportó aproximadamente 69,751 millones de dólares en bienes hacia Estados Unidos. Son cifras económicas, pero detrás de ellas existen familias, empleos, cadenas productivas y comunidades que desmienten la idea de dos sociedades perfectamente separables por una línea fronteriza.

Carlos Santos me lo planteó de una forma mucho más sencilla durante nuestra entrevista. Me recordó que México y Estados Unidos han sido vecinos durante siglos y seguirán siéndolo, independientemente de la administración de turno. Incluso utilizó la idea de una relación que puede convertirse en un “win-win” para ambos países. Esa perspectiva contrasta con una política bilateral que con demasiada frecuencia es narrada únicamente como competencia, amenaza o contención. Trump puede endurecer la política migratoria; México puede responder diplomáticamente; ambos gobiernos pueden discrepar. Pero debajo de esa coyuntura existe una relación humana que no empieza ni termina en la Casa Blanca.

Ahí encuentro el valor político del Hola México Film Festival. No porque una película vaya a resolver la política migratoria, sino porque rompe con la costumbre de mirar a México exclusivamente desde los problemas que Washington considera prioritarios. Durante unas horas, en pleno Hollywood, el mexicano no era el objeto de una discusión sobre deportaciones. Era quien escribía el guion, producía la película, hacía reír y decidía qué parte de sí mismo mostrar. Santos me dijo en nuestra conversación que lo importante es permitir que el público vea las emociones, los miedos y las ilusiones de los mexicanos, en lugar de reducirlos a personajes construidos desde estereotipos. Ese cambio parece cultural, pero también es profundamente político.

Tal vez por eso la frase más importante de nuestra entrevista no fue sobre Hollywood ni siquiera sobre migración. Carlos me dijo que “quien tiene el micrófono tiene la palabra, cuenta el cuento”. En 2026, la disputa México-Estados Unidos también ocurre ahí: no solamente sobre quién controla la frontera, sino sobre quién controla la explicación de lo que existe detrás de ella.

Loco México Mágico no responde esa pregunta con un discurso solemne. Lo hace con humor. Y quizá ésa sea precisamente su fuerza. En un momento en el que la política insiste en convertir la frontera en el principal lente para observar a México, el cine recuerda algo mucho más incómodo: México nunca ha cabido completamente dentro de ese encuadre.


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Talya Iscan
  • Talya Iscan
  • Especialista de Política y Seguridad Internacional, Académica de la Universidad Autónomo de México
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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