Hay un nuevo jefe en el castillo. Bueno, un CEO, porque no hay ejecutivo de Disney que no se refiera —en público, al menos— a Mickey Mouse como su jefe.
El anuncio ante el equipo de Walt Disney Company de que por fin Bob Iger podrá retirarse, después de más de dos décadas marcando el rumbo, y que en su lugar quedará Josh D’Amaro, fue recibido como buena noticia de continuidad, sobre todo en tiempos en los que tantas compañías se venden, compran o desmoronan.
Como buen adulto Disney que soy, puedo decir —por años de entrevistas cubriendo parques— que Josh tiene, sin duda, la energía que la compañía siempre ha buscado proyectar.
La pregunta es si eso basta para equilibrar la mente empresarial con el ADN real de Disney: historias, personajes, relevancia cultural.
D’Amaro ha encabezado la rama más redituable tras la pandemia: las experiencias: parques, cruceros, hoteles. Y tras el fallido intento de sucesión con Bob Chapek, Disney necesitaba estabilidad, y es que Bob Iger no se puede ni quiere quedar para siempre.
No olvidemos que hoy Disney no solo administra parques, compite por rentabilidad en las plataformas de streaming frente a Netflix, Prime Video y HBO, y más complicado aún, enfrenta una guerra cultural en la que cada decisión creativa se vuelve una postura política.
¿Puede un ejecutivo formado en parques liderar esa batalla tecnológica y simbólica? Ahí está el reto. Bob Iger se va a quedar de asesor un rato más y Dana Walden asume como Chief Creative Officer, un contrapeso creativo clave.
Si logran equilibrar ambos frentes podrán venir tiempos muy interesantes para el emporio de entretenimiento más influyente del mundo.