Kelly Clarkson no llegó al mundo de la fama por palancas. No era millonaria, no tenía una disquera detrás cuando audicionó para un programa entonces desconocido llamado American Idol. Tampoco cumplía con los estándares físicos de las estrellas pop de entonces (ni de ahora).
Su fama fue algo por lo que la gente votó. Fue una de las primeras grandes estrellas musicales surgidas de un reality. Después tuvo un talk show que funcionaba porque seguía siendo “the girl next door”, alguien con quien identificarse. Y bueno, su voz, esa voz espectacular.
Hace unos días fue a Art of Play, una tienda de Brooklyn, y aseguró que la trataron como a Julia Roberts en Mujer bonita cuando preguntó por un pájaro autómata de 15 mil dólares. La tienda dice que no estaba a la venta; Kelly lo disputa. Y ahí empezó el verdadero espectáculo.
Tras su queja en redes, miles tomaron partido. Una millonaria usando su poder contra un pequeño negocio, dijeron unos; una clienta con derecho a quejarse, respondieron otros. Y ambas cosas pueden ser ciertas: Kelly puede sentirse maltratada como cualquiera, pero su queja tiene consecuencias que las nuestras jamás tendrían.
Ahora los detectives de internet concentran sus considerables energías en determinar quién mintió sobre el pájaro. Quizá alguno tenga razón, pero no puedo dejar de preguntarme: ¿dónde está la línea del éxito que te permite o te roba el derecho a comportarte como un ser humano normal? ¿Y por qué esto fue tendencia y titular de tantos periódicos todo el fin de semana?
También me pregunto para qué quería un pájaro autómata, pero esa ya es mi sana curiosidad, porque me niego a tomarme nada de esto muy en serio.