Creo que, cuando —hace ya dos décadas— se estrenó El diablo viste a la moda, pocos sabíamos que estábamos frente a un fenómeno que cruzaría generaciones, géneros y, sobre todo, industrias de la manera en la que lo ha hecho. Hubiese sido hermoso —pero impensable— imaginar que la gira mundial de su secuela iniciaría en México con eventos, entrevistas y un desfile de diseñadores nacionales en el Museo Anahuacalli, donde, junto con sus protagonistas, quedó claro que cuando de arte se trata no hay que ir más lejos que este país.
Estas cosas no pasaban así hace veinte años. Tampoco existían redes sociales ni influencers como los conocemos hoy. La frontera entre espectáculo y cultura parecía infranqueable: lo popular contra lo élite. Y seamos honestos: los pobres french poodles eran a los únicos a los que se les acusaba de fifís.
El desfile, la alegría de Meryl y Anne entre fans mexicanos y la experiencia en sí dejan claro que cuando algo deja huella, ni siquiera los cambios sociales pueden borrarla. La película llegará en un mes, pero no hay que esperar para reconocer el impacto que ya provocó. Habrá críticas —como siempre— y las entiendo: como reporteros hemos peleado ese acceso históricamente. Pero algo quedó claro: no existe un solo tipo de fan para esta historia y esa diversidad, lejos de dividirnos, nos une frente a lo que provoca un evento así en nuestra tierra.