Tuvieron que pasar tantas cosas tan ridículas para que por fin pudiéramos decir: “Coyote vs. Acme se estrena en cines el próximo 27 de agosto”, que esas mismas circunstancias merecen ser narradas en una cinta aparte. Desde que Warner decidió que nadie vería la cinta a cambio de volverla una deducción de impuestos, hasta manifestaciones en la calle con botargas de coyote afuera de los estudios, y protestas emotivas y contundentes por parte de sus realizadores parecían ser el fin de la historia.
El ruido y la indignación de fans ¿quien no es fan del coyote vs. el correcaminos? y de la industria permitió a Ketchup Entertainment (En México llega gracias a Zimmat) por fin lograr que la historia donde el tan accidentado canino por fin se da cuenta de que nunca va a alcanzar al correcaminos por usar esos productos del –y deténganse conmigo para gozar de esta delicia de ironía– “el monopolio de la compañía Acme para venderle todo lo que podría necesitar para su único fin en la vida”.
Acabo de ver la película y reí como niña. Me emocionaron los cameos de Looney Tunes más que los de cualquier cinta de Avengers y conecté con la adolescente que pensaba que Roger Rabbit era la mejor película de todos los tiempos por unos cuantos meses de mi vida temprana. Acme –por si se preguntan– era como el “plus” o el “max” de las compañías que querían denotar que eran las mejores en lo suyo a principios del siglo pasado y de ahí el chiste recurrente en la eterna persecución del correcaminos. Lo que no esperaba era que habría uno que otro momento que me conmoviera bien bonito. Que me hiciera pensar en lo importante de nuestra misión de la vida y que además, me emocionara porque sentí que estaban resolviendo cosas que las caricaturas de nuestra infancia simplemente no consideraban. Pero ante todo me quedo con esto: no hay nadie mejor que nuestros actores de doblaje. Nadie. Hablaremos muchísimo más de ellos. Pero su sentido del humor, sus chistes locales y sus entonaciones que hicieron nuestras infancias tan mágicas siguen presentes hoy, ahora y más que nunca en este estupendo trabajo donde la nostalgia choca frontalmente con la realidad.