Los que somos parte de la última generación que soñaba con regresar a la Luna, aquellos a quienes las teorías de conspiración —ciertas o falsas— no nos robaban la capacidad de maravillarnos, creo que antier tuvimos un momento muy especial. Y debo decir —en mi caso— inesperado.
La generación X nació poco después de Apolo 11; nos sabíamos el nombre de Neil Armstrong y lo mejor que nos podían regalar era un modelo del Columbia. Creo que también fuimos la generación a quienes se nos rompió el corazón colectivamente el 28 de enero de 1986, cuando vimos explotar en el cielo —73 segundos después de su despegue— el Challenger. Así, con la misión de Artemis, sé que fuimos esa generación que se emocionó mucho, pero moderamos nuestros sentimientos, porque con esa emoción había mucho nervio. Temor de ver algo tan bello volverse una tragedia nuevamente.
Con el tiempo nos hemos desacostumbrado a unirnos y sentir alegría con los logros de la humanidad, sin duda como método de autoprotección. Pero ayer —con esas palabras tan del espacio, Godspeed, desde la NASA— muchos respiramos colectivamente y volvimos a ver hacia arriba. Fue sorprendentemente conmovedor.
Escribo esto sabiendo que millones de personas prefieren creer que jamás se ha llegado a la Luna. Entiendo la razón. Hasta ahora hay más preguntas que respuestas, empezando con: “¿Por qué nunca volvimos?”.
Esas respuestas claramente no las tenemos la gran mayoría de las personas y, sin duda, había una deuda de tantas promesas de la Guerra Fría que se enfriaron, así como nuestras emociones con el cinismo que nos trae el simplemente poder navegar esta vida.
Pero el pasado miércoles —por un momento—, escuchando ese conteo, creo que muchos fuimos transportados a esos momentos en los que aún había capacidad de maravillarnos y el futuro era mucho más que puras devastadoras predicciones para toda la humanidad.