Política

Las entrañas de Ramiro

Avenida del Trabajo se levanta en la oscuridad helada de la madrugada, lentamente. Los plásticos de colores se asoman tímidamente en esa vía, los diableros comienzan su jornada, llueve, el tránsito a esta hora permite llegar desde el Centro en menos de cinco minutos. Tras una noche de Benny Moré y cervezas ginger ale de Dängo (vocablo otomí que significa “fiesta)”, interesante proyecto autogestivo que funciona como una cooperativa desde 2015, sus preciosos lotes se fabrican en la delegación Venustiano Carranza, la calle se llama Pirotecnia, es literatura pura tan generosa cerveza, aconsejo acompañarla con cualquier cuento de Jack Ritchie, autor que me recomendó la persona que me ha alejado de beber asquerosa cerveza industrial y de viejitos en viaje de ansiolíticos rodando en motocicleta por Paseo de la Reforma creyendo que son los años 60. En mi cabeza suena La culebra en la voz del cantante cubano. Son casi las nueve de la mañana. Ni rastro de resaca, decido romper mi castidad vegana en Tacos Ramiro. Parece que los taxis son mi eterno caronte malvado.

—Uno no es ninguno.

—¿Estás segura?, podrías pedir cinco o seis de cilantro, cebolla y salsa.

El descenso en Rivero. Todavía no abre la cortina, la calle ya huele a vísceras, cebolla, cilantro. Nos sentamos en la banqueta, bebemos las dos últimas cervezas que llevamos en mi universo llamado: bolsa de mano.

—No entiendo a las personas que van a comer a Quintonil, el chef come tacos en los sobrevalorados Cocuyos.

—Eres el rey del pulpo si te dan carbón y una parrilla, aún así pagas el de Rosa Negra.

—¿Y qué? Siempre tengo mesa porque yo no me robo los vasos de Rossetta.

Imposible ganarle, cuando crees que estás a punto de lograrlo, te retuerce. Se lo debemos a su abuelo, un tipo sarcástico que solía decir que el mejor estado de ánimo de las personas era la muerte. Un mar de diablitos serpentea en todo Rivero, lentamente llegan los comerciantes a sus puestos, te dan los buenos días, aquí no se viven las groserías que padecemos en otras calles de la ciudad, persignan su local, lo curan con incienso, ramas ocultas de perejil, otros untan lociones preparadas para la buena fortuna, echan monedas a un frasco con listones rojos y amarillos.

—¿Me dan permiso, manitos?

Estamos invadiendo su puesto que hace unos minutos estaba vacío. Nos levantamos, es un hombre que rebasa los 50 años, lleva una cangurera, su cuerpo es atlético. Está rapado, tenis D&G. Saca de una bolsa interna de su chamarra una bolsa con totomoxtles (hojas del maíz), las saca separando cuidadosamente una, mete un billete de 500 dentro de la hoja, la esconde en su cangurera.

Ora, está bien que por mirar no se cobra, me van a desgastar.

—Soy metiche, perdóname, ¿para qué son las hojas de maíz?

—¿Eres de Puebla o qué transa? Me contaron que allá tragan puro camote.

—Para que veas que la tradición tepiteña se extiende.

—Me agarraste desprevenido.

—Te veo triste.

—Te dicen.

—¿Soplas?

—Comes.

—Muerdes.

—¿El dios más importante y no lo conoces? Se llama maíz, alimentó a toda Tenochtitlán.

El último sorbo a un elíxir de gengibre, lúpulo y cítricos. Sin duda estos cronistas son valiosos, escucharlos es vivir dentro de una historia que mientras alguien esté dispuesto a contarla, no morirá. Este hombre moderno adora dioses antiguos, les pide abundancia y protección para su ciclo comercial. Su mirada juega, no se toma en serio, ese es tal vez el secreto de la vida, tirar los dados sin pensarlo, reírse. El maíz existió antes que el concepto llamado: México. El Popol Vuh (narra la creación del mundo y del hombre en lengua quiché) registra que los hombres nacieron del maíz: de maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Nuestros ancestros organizaron su vida religiosa, social, política alrededor del maíz. Guerra y fertilidad parecen proyectarse en el simbolismo de poner la semilla en la tierra regada por agua, hasta el desprendimiento de sus hojas que se representaba cortando la cabeza del dios. La lluvia antes fina se desgaja en gotas más agresivas, la noche quedó atrás, las voces se elevan, antes de las 11 los gritos de este pasillo recrearán el ritual que sobrevive desde tiempos de los aztecas: el comercio ambulante. El hombre acomoda su puesto de ropa, por un momento intenta ponerse serio: en el mes de junio se sacrificaban hombres en honor a Tláloc, dios de la lluvia. Se ríe mirándonos mientras un diablero casi nos atropella. La cortina se levanta, vamos a comer entrañas y un manjar con más de diez mil años de existencia: la tortilla. Tomamos nuestro lugar en la única pequeña mesa que está afuera, un techo de lámina nos cubre, en el puesto de al lado un hombre de veintitantos carga una niña dormida, grita para vender su mercancía, ropa, ropaaa, ropa fina para la divaaaa, si no me compra no liga. Esperamos un rato mientras se dora la tripa, Rivero 106, Tacos Ramiro, con más de 50 años de existencia. La salsa roja huele delicioso, había olvidado ese olor. Cilantro, limón y cebolla.

Pedimos dos cada quien, clavo los dientes en las entrañas fritas arropadas por el maíz, la tripa está bien dorada, la carne la traen de Tamaulipas, el hombre que despacha los de bistec nos ofrece un platito de plástico.

—Ni Pujol. Definitivo, es el mejor taco de tripa que he probado ¿qué van a saber de algo tan fino?

Son venas de chiles. No me mido, el exceso también es un camino hacia la purificación. Sin poder evitarlo pido una cerveza industrial para calmar la fogata en mi lengua. Un trago profundo, mañana me dolerá la cabeza, escucho una risa burlona, su voz me sugiere pedir una caguama en algún puesto. Pienso en la relación siamesa deliciosa del maíz y chile. Las tortillas están hechas a mano, imagino a las familias que se reúnen ante otro símbolo de adoración: el comal, esperando pacientemente una tortilla caliente que calmará su hambre. El griterío crece. Eso es Tepito: entrañas que alimentan.

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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Susana Iglesias
  • Susana Iglesias
  • Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)
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