En Brasil, Lula ganó con 51.79% de los votos frente al 48.21% de Flávio Bolsonaro. Las urnas definieron quién gobernará, no a quién le pertenece Brasil.
Las disputas políticas cambiaron la forma de mirar al otro: si piensa distinto, es ignorante, vendido o traidor. Esa lógica persiste tras las urnas.
No me representa la extrema derecha ni la izquierda radical. No por falta de convicciones: un país no puede avanzar dividiéndose entre buenos y malos. La sensatez tampoco es patrimonio exclusivo del centro.
El enojo tiene razones: inseguridad, desigualdad e instituciones que no responden. El centro también falló: confundió la moderación con sostener un sistema fallido y los acuerdos con repartir privilegios.
Defender el pluralismo no exige evitar conflictos ni negociar derechos: permite confrontar ideas sin volvernos enemigos.
Se puede promover el desarrollo económico y exigir políticas sociales eficaces; reclamar seguridad sin renunciar a los derechos humanos; reconocer logros de un gobierno y señalar sus errores.
Una elección otorga poder para gobernar, jamás permiso para excluir. Quienes votaron distinto conservan los mismos derechos. La justicia, las libertades y la dignidad no deberían ser un botín electoral.
Dividir les sirve a los políticos: movilizan a los suyos y culpan al otro de las fallas. Pero ¿qué ganamos las y los ciudadanos al hacer nuestras sus batallas?
Hay corrupción en la izquierda, la derecha y el centro: ninguna bandera la vuelve aceptable. ¿De verdad vale la pena que nos dividamos para defender a esas élites?
Hoy vemos una sucesión de revanchas: importa más derrotar al adversario que resolver los problemas comunes. Cambian gobiernos, siguen las disputas y las soluciones no llegan.
Ahí está el desafío de un país que entiende su pluralidad: escuchar, negociar, ceder cuando corresponde y enfrentar cuando es necesario.
Tal vez el problema nunca fue estar a la izquierda, a la derecha o en el centro, sino creer que solo quienes piensan como nosotros tienen derecho a construir México.
No necesitamos pensar igual, pero sí entender que nuestro futuro será compartido.
Hoy, mientras los estrategas políticos recomiendan polarizar para crecer en las preferencias, yo sigo esperando a quien tenga el valor de convocarnos a todos. No para enfrentar a una mitad contra la otra, sino para construir un país que nos pertenezca por igual.