Quien lidera un equipo creativo aprende que una propuesta nunca llega a una mesa vacía. Alrededor hay empresarios, directivos, gerentes y colaboradores que conocen la marca desde ángulos distintos. Cada uno aporta experiencia, intuición y gustos personales.
Ese criterio importa. El problema comienza cuando confundimos una preferencia con una justificación.
En un proceso creativo aparecen dos reacciones. La primera es contundente: “No me gusta ninguna”. Aunque frustra, obliga a preguntar, revisar el planteamiento, identificar lo que falta y explorar otros caminos.
La segunda parece más favorable: “A mí me gusta esta”. Escucharla produce tranquilidad. Ya existe una opción aprobada, sentimos que encontramos una dirección y podemos avanzar. Sin embargo, esa sensación también puede cerrar demasiado pronto la conversación.
Cuando una propuesta gusta, pocas veces preguntamos qué la hace adecuada, qué objetivo cumple o qué evidencia permite pensar que funcionará. La aprobación nos da paz, pero no necesariamente razones.
Parte de mi trabajo consiste en presentar, explicar y justificar proyectos en los que convergen muchas opiniones. No se trata de ignorarlas ni de imponer una idea porque viene de un equipo creativo. Se trata de ordenarlas y convertirlas en un criterio que pueda sostenerse frente al cliente final o consumidor.
Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido. Hacemos una pregunta y recibimos una respuesta clara y lógica. Nos proporciona el mismo alivio que escuchar “me gusta esta”: creemos que ya encontramos el camino y dejamos de buscar, contrastar y comprobar.
Pero una respuesta convincente puede ser la primera que coincide con nuestras expectativas, confirma lo que ya pensábamos o está expresada con suficiente seguridad para que dejemos de cuestionarla.
Tanto en un proceso creativo como al utilizar inteligencia artificial, la responsabilidad no termina cuando aparece una respuesta satisfactoria. Ahí comienza el trabajo más importante: revisar los argumentos, contrastar alternativas y comprobar si la decisión tiene sentido en la realidad.
Porque una marca, un producto o una campaña no tienen que convencer únicamente al director, al gerente o al grupo presente en la reunión. Deben ser comprendidos, valorados y elegidos por el cliente que quiere conquistar.
Lo peligroso no es que una respuesta te guste. Lo peligroso es que te guste tanto que dejes de cuestionarla.
Por eso, cuando alguien diga “a mí me gusta”, no tomes la frase como una aprobación definitiva. Considérala el inicio de una evaluación que necesita argumentos y evidencia.
Haz lo mismo con la inteligencia artificial. Que una respuesta coincida con lo que esperabas no significa que debas convertirla en la decisión final. Revísala, contrástala, confirma sus fuentes y comprueba si resiste preguntas.
Ni el gusto del dueño, ni la aprobación del equipo, ni la seguridad con la que responde una IA sustituyen la responsabilidad de pensar.
Y antes de decir “esta me gusta”, quizá convenga hacernos tres preguntas más importantes: ¿A quién le sirve?
¿Qué problema resuelve? ¿Qué la diferencia lo suficiente para que el cliente decida comprar, contratar o rentar nuestro producto o servicio?