Arrancamos la semana con una conversación que me dejó pensando. Una persona me explicaba que estaba considerando dejar de utilizar inteligencia artificial porque, paradójicamente, sentía que desde que podía hacer más cosas también estaba dedicando menos tiempo a aquello en lo que realmente era bueno.
Lo explicaba con una metáfora peculiar: durante años había perseguido una gran zanahoria. Era su especialidad, aquello que sabía hacer, había perfeccionado y finalmente alimentaba su trabajo. Con la llegada de la IA descubrió que también podía perseguir manzanas, melones y sandías. De pronto tenía capacidad para hacer cosas que antes ni siquiera intentaba.
El problema apareció cuando, al término de una jornada de ocho horas frente a la computadora, se preguntó cuánto tiempo había dedicado a su zanahoria. Muy poco.
La inteligencia artificial está ampliando nuestra capacidad profesional. Hoy alguien sin conocimientos avanzados puede diseñar imágenes, crear aplicaciones sencillas, analizar información, investigar mercados, editar videos o automatizar tareas que antes habría delegado a un especialista.
Eso abre oportunidades extraordinarias, pero también introduce un problema del que hablamos poco: tener capacidad para hacer algo no significa necesariamente que valga la pena hacerlo.
Antes muchas actividades quedaban fuera porque no teníamos las habilidades, herramientas o presupuesto para realizarlas. Esa limitación también funcionaba como filtro y nos obligaba a concentrar el tiempo donde nuestra experiencia generaba mayor valor.
La IA está eliminando buena parte de esos filtros.
El problema aparece cuando esa nueva capacidad empieza a competir por nuestro tiempo. Podemos terminar una jornada llena de avances, pruebas, documentos y resultados, con la sensación de haber hecho muchísimo, pero sin dedicar suficiente atención a las actividades que realmente generan negocio.
Podemos caer fácilmente en una especie de productividad periférica: hacer con enorme eficiencia actividades alrededor de nuestro trabajo principal, mientras reducimos el tiempo dedicado a vender, atender clientes, desarrollar un producto o perfeccionar nuestra especialidad.
Aquí aparece una habilidad que probablemente será cada vez más importante conforme la IA pueda hacer más cosas por nosotros: decidir qué no hacer.
El costo de ejecutar una tarea está bajando rápidamente, pero nuestro tiempo sigue siendo limitado. Por eso conviene ponerle un filtro a cada nueva posibilidad que nos ofrece la inteligencia artificial: antes de asumir una tarea porque ahora podemos hacerla, revisemos qué resultado aporta y qué actividad estamos dejando de atender.
Si una nueva tarea consume tiempo que antes dedicábamos a prospectar, atender clientes, preparar una propuesta o cerrar una venta, quizá estamos siendo más productivos en el lugar equivocado.
Porque podemos terminar haciendo muchas más cosas con la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, dedicar cada vez menos tiempo a la zanahoria, aquello que realmente alimenta el negocio: las ventas.