Política

Somos civilizados: dosificamos el horror

La guerra, así de terrorífica como pueda parecernos, está meticulosamente reglamentada. Precisamente por ello es que el combate a las organizaciones terroristas y a las mafias criminales es tan complicado: ni los sicarios ni los que colocan bombas en un centro comercial se sujetan a las convenciones dispuestas habitualmente por las partes beligerantes en lo que toca a la actuación de sus fuerzas armadas. El fin último, declaradas las hostilidades, es la aniquilación del enemigo, ya lo sabemos. Pero, en un caso como el de la captura de doce policías federales a varios de los cuales les arrancaron los ojos antes de matarlos (un suceso acontecido en 2009, en este mismísimo país) ¿cuál pudiere ser la respuesta de los cuerpos de seguridad del Estado mexicano? ¿Cortarles la lengua a los asesinos, romperles las piernas, quemarlos vivos…?

Más allá de imaginar situaciones extremas, el proceso de regular las acciones en el campo de batalla es muy extraño en sí mismo. En los hechos, es una sistematización calculada del horror para que tenga lugar en porciones que le resulten más o menos aceptables a las sociedades civilizadas. De tal manera, el científico que diseña bombas de fragmentación no aparece como un monstruo como tampoco el general que ordena un ataque es considerado un salvaje. Ahora bien, cuando un combatiente tiene delante a un civil indefenso —una persona a la que no conocía y que no le ha hecho nada— y le amarra las manos por la espalda para aventarlo a un pozo o descerrajarle un tiro en la cabeza, ahí las cosas cambian. El salvajismo es más directo, por decirlo de alguna manera: no resulta del gesto de pulsar un botón en la cabina de un bombardero o de lanzar un misil hacia un objetivo militar.

Sabemos del instinto de muerte y la historia de nuestra especie no es casi otra cosa que un recuento de atrocidades perpetradas en incontables conquistas, guerras y enfrentamientos. Pero la naturaleza específica de los individuos que torturan o que matan por el perverso impulso de hacerlo no deja de ser un auténtico misterio y la brutalidad, a su vez, es absolutamente perturbadora como un fenómeno humano. Podemos también preguntarnos, justamente en los momentos en que está teniendo lugar una guerra en la que el atacante asesina deliberadamente a la población civil, si el avasallador imperio de un autócrata y su dominio sobre todo un país no es el factor que lleva a que la soldadesca perpetre monstruosas barbaries. Porque, miren ustedes, la crueldad es un subproducto directo de la tiranía: después de todo, los propios súbditos del déspota opresor ya sobrellevan en casa las durezas de vivir sin derechos ciudadanos. ¿Qué otra suerte merecerían entonces los pobladores de una nación invadida?

Si hubiera democracia en Rusia, no seríamos testigos de estos horrores.

Román Revueltas Retes

revueltas@mac.com


Google news logo
Síguenos en
Román Revueltas Retes
  • Román Revueltas Retes
  • revueltas@mac.com
  • Violinista, director de orquesta y escribidor a sueldo. Liberal militante y fanático defensor de la soberanía del individuo. / Escribe martes, jueves y sábado su columna "Política irremediable" y los domingos su columna "Deporte al portador"
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.