Mientras los pacientes conectados a un respirador mueren por falta de electricidad en los hospitales cubanos, podemos imaginar que don Díaz-Canel y los pretorianos de su ralea disfrutan opíparos desayunos cada mañana del Señor, en las fastuosas mansiones que decomisaron a los ricos de antes, de cuando el satanizado Fulgencio Batista mandaba en la isla, debidamente restauradas y renovadas y modernizadas para deleite de la reinante casta revolucionaria.
Siguiendo con la evocación del glamoroso escenario, es altamente probable que las viandas del mentado almuerzo las aderecen de las consabidas mimosas, a saber, esos cocteles de champán y jugo de naranja servidos en las flautas de rigor aunque, vistos los tiempos que corren y entreviendo que obligan a una mínima austeridad, a lo mejor ya no es un espumoso de Reims o Épernay el que llena las copas sino algún vino blanco más modesto, digamos, un prosecco del Véneto.
En fin, hasta ahí el impacto de sanciones, bloqueos y embargos en la cúpula gobernante de la sufrida nación caribeña. Y sí, los castigos que una potencia o un grupo de países le puedan infligir a un régimen afectan, en primerísimo lugar, al pueblo. Pero, además, ocurre que a los autócratas que llevan las riendas del poder les tiene realmente sin cuidado el infortunio colectivo de su gente: ellos, los de arriba, siguen en lo suyo sin inmutarse demasiado, aferrados a sus privilegios y colosalmente indiferentes al dolor humano.
Un opositor iraní le envió un mensaje a Donald Trump intentando darle a entender que la destrucción de infraestructura —el bombardeo de puentes, de plantas generadoras de energía, de carreteras o de instalaciones portuarias— tendría un catastrófico impacto en la edificación de una sociedad democrática en Irán, si es que llegara a tener lugar. El tema es que unos y otros, el atacante estadounidense-israelí y los clérigos que avasallan a los pobladores de la República Islámica, parecen dispuestos a que no quede piedra sobre piedra en el paisaje del antiguo reino de Persia.
El sufrimiento ajeno —el de los cubanos de a pie, el de los libaneses sepultados por las bombas, el de las niñas iraníes muertas en el colegio y el de los propios combatientes— no toca el corazón de los tiranuelos ni de quienes desatan la barbarie bélica en este mundo. La sangre y la muerte corren por cuenta del pueblo, sí señor…