La gente buena deja de serlo cuando se vuelve un peligro para los demás. El asesino, el torturador y el sujeto que le corta una oreja al niño secuestrado fueron muy seguramente inofensivos en algún momento de sus vidas pero con el paso de los años dejaron atrás su posible pureza primigenia para transmutarse en unos canallas de los pies a la cabeza.
Los seres humanos debieran ser rescatables en todo momento pero hay personas, diríamos, que han alcanzado un punto de no retorno en su descarnada crueldad, su escalofriante sadismo y su descomunal indiferencia hacia el dolor de los demás.
Tan pacatos y ceremoniosos como somos los mexicanos a la hora de tener que decir las cosas, a las prisiones no las llamamos así —ni cárceles, ni presidios, ni penitenciarías— sino “Centros de Reinserción Social”, miren ustedes, siendo que no son eso sino unas auténticas escuelas del crimen, por no hablar de las inhumanas condiciones en las que viven los presos (que diga, los “internos”).
El propósito de quienes rebautizaron nuestras galeras con ese encubridor eufemismo era, al parecer, rehabilitar a los ladronzuelos y a los criminales de baja estofa para que, una vez cumplida su condena, pudieran volver al vecindario y llevar vidas de bien. Un proceso de reconstrucción del ser, por llamarlo así, en el que, gracias a ayudas formativas provistas por especialistas, el detenido pudiere recobrar no sólo su dignidad sino adquirir nuevas habilidades y aprender oficios.
La empresa, en su intencionalidad, se hermanaba con la plétora de derechos consagrados en doña Constitución y que en la práctica son letra muerta: los ciudadanos de este país no merecemos siquiera la más esencial de las garantías, a saber, la de vivir en paz y con seguridad. Pero no se puede negar que es muy generoso el empeño de rescatar a seres humanos para abrirles la puerta de una segunda oportunidad y cambiar así unas vidas cuyos destinos estaban irreversiblemente sellados: algunos criminales son excepcionalmente inteligentes y con talentos que, debidamente encauzados, hubieren podido llevarlos a convertirse, digamos, en buenos músicos o renombrados arquitectos
Justamente, el régimen de la 4T pretende apadrinar este ejemplar humanismo al poner la prevención y las políticas sociales por encima del combate directo a la delincuencia. No quiere aparecer como un gobierno represor, encima, en plena concordancia con esa izquierda nuestra que asocia el simple ejercicio del poder del Estado a la brutalidad de las dictaduras milita-
res suramericanas.
Pues sí, pero el gran tema, como decíamos, es que algunos sujetos de la subespecie de los delincuentes han traspasado la frontera de cualquier posible rehabilitación. En el caso de los más sanguinarios ya no hay nada que hacer. Y, por favor, mucho menos ofrecer “abrazos” al asesino de dos compasivos sacerdotes.
Román Revueltas Retesrevueltas@mac.com