La satisfacción personal tendría que ser el primer factor para tomar una decisión el día de las elecciones. Tan sencillo como eso.
¿De qué estamos hablando? Del bienestar que pueda disfrutar un ciudadano según viva en tal o cual comunidad y de las bondades, reflejadas en su existencia diaria, que él mismo les pueda reconocer a los gobernantes en su condición de responsables de la cosa pública.
Una oleada de descontento recorre el mundo, eso ya lo sabemos, y lo más inquietante es que la gente, en su enojo, repudia en bloque a la clase política, desestima los beneficios que asegura la democracia liberal y desconoce que el “sistema”, como tal, es el menor de los males, así sea que no prodigue de manera automática las dichas y venturas esperadas.
El enfado colectivo lleva, a su vez, a que los ciudadanos respondan al canto de sirenas de los caudillos populistas (de izquierdas o de derechas, ya vimos cómo se aprecian los unos a los otros y cómo se entienden entre ellos por encima de sus posibles diferencias ideológicas) y terminen por consagrar, en las urnas, a quienes descollaron en la arena pública a punta de promesas, bravatas y desplantes.
Pues bien, en tanto que esos mentados caciques no hayan logrado desmantelar todavía el entramado institucional de una República (el mismísimo que les permitió en un primer momento acceder al poder) y que se puedan llevar a cabo elecciones abiertas y transparentes, los votantes podrán expresar en las urnas el descontento que se va acumulando, fatalmente, por el simple hecho de que el mandamás de turno lleve ya un buen tiempo apoltronado en el trono presidencial o de que una misma casta de politicastros siga decidiendo sobre los destinos de la nación.
Justamente por eso, por saber ellos del desgaste natural que resulta del ejercicio de la función y por no gustarles nada que el poder que ejercen tenga fecha de caducidad, se dedican, desde que toman las riendas, a restarle atribuciones a los entes del Estado que garantizan los equilibrios que necesita el orden democrático. Y cuando no resultan sus planes y no logran consumar su tarea de demolición, pues entonces lanzan acusaciones y denuncias o, como en el caso de Donald Trump, alientan actos absolutamente inauditos, aparte de subversivos, como el asalto al Capitolio, ni más ni menos que la sede de uno de los Poderes de la Unión.
El tema que importa, sin embargo, es que en un país llamado México, en el que el oficialismo ha decretado ya que todo va a seguir igual y cuya candidata presidencial enarbola dócilmente la bandera de la continuidad, la insatisfacción, real y palmaria, de millones y millones de ciudadanos va a brotar a la superficie el próximo 2 de junio. Se vota para ser más feliz, señoras y señores, no para que siga la violencia, la muerte y el mal gobierno.