Una joven venezolana, relatando sus vivencias en una entrevista televisiva, contó cómo unos agentes de la Guardia Nacional Bolivariana secuestraron a su madre un día antes de que la familia hubiera dispuesto todo para que saliera del país. Enterados los esbirros de sus designios, exigieron un pago en dólares a cambio de su liberación. La chica recurrió a la ayuda de parientes y conocidos en el exterior para juntar la suma demandada y finalmente logró que su progenitora partiera, al igual que los ocho millones de compatriotas suyos que han emigrado de la nación suramericana, una cifra absolutamente alucinante que debiera exhibir, por sí misma y sin lugar a cuestionamiento alguno, la malignidad del régimen chavista-madurista.
Pues bien, esa estructura sigue en pie ahora mismo, con todo y que el supremo caudillo no esté ya al mando al haber implementado los Estados Unidos una operación ejecutada de magistral manera, más allá de las consideraciones sobre el derecho internacional, para capturarlo y llevarlo a que comparezca ante la Corte del Distrito Sur de Nueva York.
El gran tema, en estos momentos, es precisamente ése, el de que las cosas siguen igual en Venezuela —operan a sus anchas los grupos progubernamentales que amedrentan a la población, conocidos como “colectivos”, mandan los militares y el siniestro aparato represivo está intacto— y, a partir de ahí, la muy desalentadora constatación de que todo esto, tan descomunal intervención de una potencia en un territorio extranjero soberano, no haya sido una noble empresa para restaurar el orden democrático sino una calculada acción para servir meramente ciertos intereses geopolíticos.
Y sí, se entiende el propósito de los estadunidenses de contrarrestar la ascendencia en la región del eje Irán-Rusia-Cuba-China, aderezado el club de un toque norcoreano —obviando, por el momento, la cuestión del petróleo, principio y fin de todas las posibles consideraciones— pero la primera preocupación de muchos de nosotros no es el establecimiento o la consolidación de grandes alianzas estratégicas sino la existencia misma de regímenes dictatoriales en los cuales el sufrimiento de los ciudadanos es una realidad tan ominosa como inaceptable.
De eso es de lo que tendríamos que estar hablando ahora, de que los esfuerzos de la primera potencia de este planeta se estuvieran dirigiendo a combatir la opresión, a acabar con la tortura de los opositores en las cárceles, a procurar las libertades y a garantizar plenamente los derechos humanos.
No sabemos, es cierto, cuál será el rumbo que tomarán las cosas y el hecho de que algunos prisioneros políticos comiencen a ser liberados en Venezuela es un signo que le abre las puertas a cierta esperanza, entreviendo ahí que los Estados Unidos pudieren tal vez estar promoviendo cambios sin forzar, por el momento, la salida de los más tenebrosos operadores del régimen bolivariano y sin intentar desmantelar todavía su andamiaje completo.
Ya lo veremos...