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Domingo , 24.03.2019 / 12:45 Hoy

Política Irremediable

La sociedad del embrutecimiento

Román Revueltas Retes

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¿Se han dado cuenta, estimados lectores, de que es ya imposible entablar una conversación en una boda? La música suena tan desmesuradamente fuerte que no hay manera de escuchar lo que dice el comensal de al lado. O sea, que nadie habla. Cada quien permanece en su sitio, obligado a una experiencia de aislamiento e incomunicación. Algunos hijos de mis amigos dicen que les zumban los oídos a lo largo de todo el día, luego de la acostumbrada salida de fin de semana a la discoteca. No sólo es imposible charlar ahí, sino que el sonido es criminalmente estruendoso. De hecho, es totalmente dañino para el oído y las lesiones son irreversibles. Me permito afirmar que en este país estamos fabricando generaciones enteras de sordos. Solo es cuestión de tiempo. Pero, entonces, ¿por qué las autoridades de Salud no reglamentan la intensidad de la música (es un decir) en los locales frecuentados por los jóvenes? Y, más allá de que tuvieran lugar intervenciones y acciones oficiales para proteger los oídos de la población, ¿por qué demonios hemos sido tomados como rehenes de esos malditos grupos musicales que amenizan las reuniones sociales? ¿Quién diablos decidió, y en qué momento, que la música debía imponerse a punta de decibeles y alcanzar niveles totalmente desagradables, agresivos, estúpidos y perjudiciales? ¿Es una moda? Pues, ¿de dónde viene, por qué se implantó y qué propósito tiene?

Casi parece una conspiración, un complot para que los individuos no podamos comunicarnos y experimentemos un estado de inevitable embrutecimiento. Digo, si los sonidos que vomitan las bocinas del antro son tan fuertes que los sientes en las membranas del abdomen, ¿entonces qué espacio queda para ejercer un mínimo juicio sobre las cosas, para descifrar la realidad del mundo y apreciar las posibles bondades del entorno?

Un paseo por el bosque es una experiencia que te serena y te conforta. Pero, ya en algunos parques se han instalado bocinas para que no exista el silencio, ese bien cada vez más escaso, y que los paseantes no puedan tener el más fugaz instante de introspección. Por lo visto, necesitamos estar estimulados todo el tiempo, sin pausa alguna, para no afrontar ni un instante de posible aburrimiento, como si fuéramos todos niños malcriados a los que hay que tener entretenidos en permanencia. Pero, por favor, esto no es distracción. Es brutalidad pura.

revueltas@mac.com

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