Los ladronzuelos y los estafadores no son gente tan peligrosa como los otros individuos del boyante sector de la delincuencia en este país, es cierto, pero no debieran merecer en automático los beneficios de una amnistía por su supuesta mansedumbre porque, caramba, lo más seguro es que van a volver a hacer de las suyas apenas hayan puesto un pie en la calle. Pues, miren, los congresistas de la 4T, en contubernio con algunos representantes de nuestra blandengue oposición, acaban de aprobar la correspondiente ley perdonadora luego de organizar una sesión parlamentaria en plena arremetida del nuevo coronavirus. Ellos, los mismísimos que se recetan largas temporadas de asueto y que calendarizan exiguos períodos para no fatigarse demasiado en la tarea de legislar, resulta que se arrejuntaron todos hace unos días en la Cámara Alta para oficializar tan magnánima disposición. Para que no les quede duda alguna a ustedes de cuáles son las prioridades de nuestros tribunos en estos momentos y de cuáles son los temas que realmente les preocupan.
Las cárceles de México están sobrepobladas, desde luego, y los presos (se dice “internos”, en el agobiante lenguaje dictado por la reinante corrección política, pero yo vengo de otros tiempos, señoras y señores) son un grupo particularmente expuesto al contagio, paradójicamente, por estar confinados (pero, hay que decirlo, en condiciones de antihigiénico hacinamiento). Así que, ante la amenaza de que el Covid-19 pudiere diezmar la población carcelaria, se acaba de promulgar la antedicha ordenanza para amnistiar a miles de reclusos (otro término no enteramente elegante, pero menos tosco que el anterior) y que puedan entonces recluirse ellos mismos en sus casas en espera de que la economía les permita volver a sus oficios de siempre. Tan descarnada constatación acerca del porvenir de estos individuos de la especie no resulta de un prejuicio ni pretende ser una cruda predicción sino que se deriva de la incontestable realidad de las cárceles que tenemos en estos pagos, que no reeducan ni rehabilitan ni reinsertan ni redimen ni rescatan a nadie sino que son meramente infiernos terrenales en un universo nacional de escandalosas injusticias. Pero, en fin…
Sigue siendo México el privilegiado territorio de los más agudos contrastes: por un lado, el paternalismo benévolo ataviado de vocación social que han practicado desde siempre nuestros gobernantes y, por el otro, la flagrante ausencia de garantías tan elementales como la justicia o la salud. El ciudadano, aquí, afronta cotidianamente las más escandalosas arbitrariedades y no se beneficia en manera alguna de la condición de individuo soberano con derechos reales; pero el Estado, al mismo tiempo, va de humanista compasivo, de perdonavidas y de dadivoso. No le cuesta demasiado este papel de filántropo de fin de semana, hay que decirlo: mucho más complicado le resultaría instaurar un sólido sistema judicial, proteger a los mexicanos de verdad, proporcionarles buena salud y una educación pública de calidad.
Y, pues sí… les urgía a los legisladores soltar a los pequeños delincuentes.
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