Los países no son abstracciones por más que sean visualizados a través de símbolos, prejuicios, convencionalismos y tópicos que no tienen que ver demasiado con la realidad. Hay una idea de lo que es Francia y otra, muy comparable en términos de elaborar una entelequia, de lo que pueden ser los Estados Unidos o, digamos, Japón. Los mexicanos, por nuestra parte, nos hemos fabricado una reputación y casi cualquier habitante del globo, llegado el caso de que el tema de la mexicanidad despierte su atención, podrá recurrir a los estereotipos de siempre y evocar una galería poblada de mariachis, de machos sombrerudos (así van nuestros aficionados al Mundial de futbol, tocados de unos cucuruchos gigantescos que jamás vemos en las calles de estas ciudades), de personajes envueltos en sarapes dormitando en un rincón y, ahora que somos uno de los países más violentos y sanguinarios del mundo, de estremecedoras atrocidades.
No tenemos buena fama, con perdón de los espíritus sensibles y de los patrioteros de pistola, y la mala imagen lleva ya un buen tiempo de haberse asentado en el imaginario colectivo de las demás naciones. El gran tema, sin embargo, no es la percepción que puedan tener terceros de lo que es México, sino una realidad mucho más categórica, a saber, la de que un país no es otra cosa que la suma aritmética de su gente, de sus pobladores, y de que la condición personal de cada uno de ellos termina por determinar la categoría absoluta y generalizada de la nación.
¿Podemos, en este sentido, tomar nota de la brutal algarada de los pobladores que quemaron vivo a un joven abogado en una aldea poblana y de otros tantos horrores acaecidos en el territorio nacional? ¿El salvajismo de esos compatriotas nuestros es parte de lo que somos? ¿Esos vecinos, dispuestos a matar a un ser humano de la manera más cruel y atroz, son nuestros semejantes y tenemos algo en común con ellos? ¿Compartimos con los bárbaros la misma disposición a la crueldad?
Eso es, justamente, un país: su gente.
Nuestro drama es que vivimos en una nación que se mueve a dos velocidades. Peor aún, hay un país que funciona bajo los parámetros de la modernidad y otro, improductivo y violento, que pareciera estar regido por oscuros impulsos medievales. Eso somos…
Román Revueltas Retesrevueltas@mac.com